¿Vox fortalece o debilita a la derecha?

  • El sentido común de la democracia española está hecho de centrismo, europeísmo y reformismo.
  • El pacto para la formación de gobierno en Andalucía aleja a la derecha (a las derechas, mejor) de esos tres pilares.

Javier Franzé, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, y Julián Melo, profesor de la Universidad Nacional de San Martín, Argentina. 

¿Por qué no pensar que Vox está debilitando a la derecha más que fortalecerla? El sentido común de la democracia española está hecho de centrismo, europeísmo y reformismo. El pacto para la formación de gobierno en Andalucía aleja a la derecha (a las derechas, mejor) de esos tres pilares. Por su contenido y, sobre todo, por lo que connota: la normalización de la extrema derecha (Vox). La elección de los candidatos del PP para las elecciones del Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid va en la misma dirección.

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Sin embargo, algunos análisis están interpretando la emergencia de Vox en general y el pacto andaluz en particular como un factor que ha cohesionado a la derecha en posiciones reaccionarias. Nuestra perspectiva indica que lo que hay por ahora es un intento de Vox de hacer pivotar el espacio de la derecha alrededor de demandas reaccionarias para forzar al PP y a Cs a derechizarse. Este intento de Vox de imponer una agenda ultra a la derecha es lo que puede ser pensado más bien como causa de debilitamiento y no de cohesión de ese campo político. Por lo tanto, de producción de “derechas”, más que de un frente reaccionario trifronte.

Lo que plantea Vox es una disputa en el terreno de la derecha que todavía no está saldada ni tiene un resultado claro o previsible. El propio proceso del pacto de gobierno andaluz no ha sido sencillo, como lo hubiera sido si fuera resultado de una unificación ya dada. No sólo por el recorte de las pretensiones de Vox, que no obstante ha sido capaz de generar un acuerdo fuertemente conservador y neoliberal, sino sobre todo porque ha suscitado grietas en el Partido Popular y en Ciudadanos. También ha merecido la crítica de periodistas y medios masivos hegemónicos, identificados con la Transición. No han sido críticas cualesquiera, precisamente porque afectan a aquellos tres pilares del discurso de la Transición. En efecto, el centrismo, el europeísmo y el reformismo han sido erosionados de un solo golpe por la crítica del partido de Macron —cuyo capital simbólico tecnocrático ha sido clave para el discurso “constitucionalista” a la hora de enfrentar a lo que gusta llamar “populismo”— a Ciudadanos por aliarse con la extrema derecha, así como por algunas columnas y editoriales de medios hegemónicos que identifican a Vox con una suerte de trumpismo español. También por la distancia que importantes dirigentes del PP (barones territoriales y figuras relevantes y presidenciables como Ana Pastor o Alberto Núñez Feijóo) han tomado de las exigencias de Vox, calificadas como poco serias, confusas y demagógicas.

Las fuerzas progresistas también han reaccionado rápidamente: basta ver las más de cien manifestaciones feministas del pasado martes 15 en todo el país, que se iniciaron en Sevilla frente al parlamento andaluz. El feminismo es quizá el movimiento que mejor representa el límite que la sociedad civil le puede poner ya no a Vox, sino a los partidos tentados de blanquearlo, pues simboliza como ninguno la transversalidad ideológica, social y etaria en pos de la igualdad y la democracia. La candidatura conjunta de Carmena y Errejón en Madrid también puede entenderse como un relanzamiento de las fuerzas transformadoras ante el desafío de Vox y del nuevo gobierno andaluz desde una posición eminentemente democratizante, no defensiva, que es lo que busca Vox con su táctica de sorprender a sus interlocutores con demandas extemporáneas por reaccionarias, dejándolos encallados en la pregunta “¿cómo puede ser?”.

Todas estas respuestas que de inmediato ha generado la formación del gobierno andaluz vendrían a poner en cuestión que esa unidad de las derechas ya está constituida en torno a un horizonte, una cultura política y unos think tanks comunes que la amalgaman. En todo caso, ésa es la apuesta de Vox, pero su resultado tiene que ver con un proceso político que todavía no ha ocurrido y que, además, tiene algunas características que cabe tomar en cuenta. Por lo pronto, porque se da en una comunidad autónoma con características específicas, tanto como que es la única gobernada por el mismo partido —que además es el PSOE— desde la Transición y con asuntos fácilmente resignificables como “problemas” para la derecha (corrupción, inmigración, clientelismo). Su proyección nacional no es, en ese sentido, obvia ni mecánica.

La apuesta de Vox de llevar a PP y Cs a un terreno ultra tiene, además, otro problema para la hegemonía constitucionalista: cuestiona la promesa institucionalista —en el sentido de Laclau— del discurso de la Transición de que todas las demandas serias, prudentes y racionales tiene lugar y serán más tarde o más temprano atendidas. La noción de “retroceso” —propia de lo reaccionario— con la que se está calificando el acuerdo andaluz desmiente tal promesa, clave para una política cupular —como la de la Transición— basada en la desmovilización. Y esto nos muestra el otro pilar del discurso de la democracia española que Vox obliga a abandonar al PP y a Cs: la despolitización. En efecto, Vox politiza el orden existente, señalando enemigos y prometiendo una reorganización radical del mismo, produciendo así otro encontronazo con la cultura consensualista de la Transición.

Toda decisión política pone en juego inevitablemente el capital de legitimidad que se posee. No hay apuesta sin riesgo. En ese sentido, el intento de Vox de empujar al PP y Cs a la derecha extrema tiene una dificultad específica. Si toda identidad es la construcción simultánea de un Nosotros opuesto a un Ellos, la articulación de un campo común por parte de Vox, PP y Cs tiene si acaso más sencillo determinar ese Ellos (los que cuestionan la idea monárquico-castellana de España) que tramitar y estabilizar la identidad del Nosotros, precisamente por todos los rasgos del discurso de la Transición que para ello debe poner en riesgo. Pero también porque el propio Vox comienza a jugarse su prestigio: ya ha pactado sin demasiadas dificultades, cediendo muchos puntos característicos de su programa, con esa “derechita” acomplejada a la que anteayer señalaba en Vistalegre y tras acordar ha tenido escaramuzas con Cs sobre el contenido del pacto.

Toda hegemonía exige un trabajo político de reproducción, no es la repetición mecánica de lo igual a sí mismo, como sugiere el último Laclau con su idea del institucionalismo como “muerte de la política”. Esa reproducción obliga a cambiar, resignificar, incorporar, porque la política es una película, no una foto. No hay muerte posible de lo que está en movimiento continuo. Y todo cambio supone abrir el juego de la lucha por el sentido, poner los significantes en danza, echarlos al tablero de la disputa. Esa disputa por la significación no queda acabadamente representada por una confrontación binaria entre espacios homogéneos, como también sugiere Laclau al asimilar populismo a política y a hegemonía. Tiene más bien la forma de un archipiélago, con su solidez relativa de capas discontinuas pero trabadas, entremezcladas en un terreno que no es definitivamente de nadie. La política es antagonismo, pero éste no adquiere siempre la nitidez de la forma bélica.

La posibilidad de que la reproducción de hegemonía del discurso de la Transición por parte de las autodenominadas “fuerzas constitucionalistas” deba hacerse ahora al precio de ser empujadas a un relato reaccionario no hace más que poner en contradicción dos símbolos que tales fuerzas habían asimilado como inseparables: Constitución del 78 y democracia. Si el poder es lo que el otro cree que uno tiene, sobrevalorar el poder del oponente es un síntoma de debilidad. La escisión que Vox plantea entre democracia y constitución del ‘78 y está invitando al PP y a Cs a compartir no debería darse por hecha ni por amortizada, pues abre un sendero para la resignificación de la democracia española en clave de igualdad.