Hemos asesinado a Víctor Laínez

Víctor Laínez
Minuto de silencio este miércoles frente al Ayuntamiento de Zaragoza tras la muerte de Víctor Laínez. / Efe

¿En qué nación occidental te pueden matar a palos en plena calle por vestir una prenda con los colores de la bandera de tu país? La respuesta es sencilla. En ninguna. La excepción es España, donde a Víctor Laínez le han reventado la cabeza con una barra de hierro por osar tomar una caña en un bar de Zaragoza llevando unos tirantes rojos y amarillos. La traumática relación de España con sus símbolos nacionales es tal que periodistas y escritores como Juan Luis Cebrián ―vía su hermana Belén en El País con la columna “¿Y ahora quién retira las banderas?”―, Soledad Gallego-Díaz (“Minimizar daños” en ‘Hoy por Hoy’ de La Ser) y Javier Marías (“Lo fácil que es engañar”, en El País), por citar solo algunos, han escrito recientemente artículos en los que alertaban sobre el reciente protagonismo de la bandera nacional en España. Como es sabido, la erupción otoñal del secesionismo catalán ha logrado que el resto del país se engalane de rojigualdas, cosa que tiene preocupadísimos a decenas de prescriptores de la vieja guardia. Imaginar a periodistas o escritores estadounidenses, británicos y franceses alarmados por la exhibición pública de las Barras y Estrellas, la Union Jack o la tricolore es una pérdida de tiempo. Sencillamente no sucede nada parecido en estas tres veteranas democracias. En Estados Unidos ondea la bandera nacional en cientos de miles de casas de votantes del Partido Demócrata y del Partido Republicano. En Reino Unido la parafernalia patriotera ―desde vajillas hasta sábanas― con la bandera nacional es una de las grandes industrias del país, generando millones de libras anuales en ventas. En cuanto al chovinismo bleu-blanc-rouge de Francia, basta ver la puesta en escena de cualquier acto gubernamental, tanto del conservador Sarkozy, como del socialista Hollande o el transversal Macron.

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«La paradoja del secesionista Puigdemont es que sea precisamente él quien ha logrado resucitar la bandera nacional, que al fin se exhibe sin complejos»

En una entrevista reciente el pintor madrileño Eduardo Arroyo ―provecto enfant terrible y gochista de manual― aludía al trauma nacional de la bandera española, explicando en El Mundo que la paradoja del secesionista Puigdemont es que sea precisamente él quien ha logrado resucitar la bandera nacional, que al fin se exhibe sin complejos. “En este momento está limpia”, aseguraba Arroyo, aludiendo a la despolitización de la bandera. “No siempre ha sido así”, apostilla el artista madrileño, confesando que en tiempos no tan lejanos la simple visión de la rojigualda le ponía nervioso. ¿Y por qué los franceses, los británicos y los estadounidenses aman su bandera como un símbolo que representa los valores de su país? Detengámonos en Estados Unidos, cuya bandera es un icono tan eficaz, por así decirlo, que millones de personas en el mundo la reconocen como alegoría de una de las grandes democracias occidentales.

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En Estados Unidos, la educación pública subvencionada con una parte sustancial del presupuesto federal se basa en la noción de que la democracia se protege educando bien a los niños que serán el electorado del mañana, de modo que cuando alcancen la mayoría de edad comprendan la responsabilidad que adquieren al votar libremente. Dado que Estados Unidos es un país cuya población procede de un aluvión étnico formado por emigrantes procedentes del mundo entero, se considera esencial impartir una educación cívica sobre el funcionamiento de la democracia y los esfuerzos comunes de los estadounidenses por obtenerla y defenderla. Como parte de esta educación cívica, desde finales del siglo XIX se incluyó en la actividad escolar de los centros escolares públicos ―y privados― un pequeño ritual con el que comienza el día. Guiados por el profesor correspondiente (o por un alumno), antes de comenzar las clases los colegiales se ponen en pie con la mano derecha sobre el corazón y mirando a la pequeña bandera estadounidense que hay en cada aula junto a la pizarra, todos recitan el “Juramento de Lealtad”. Sin ser obligatorio hacerlo por ley, esta costumbre se extendió orgánicamente por Estados Unidos desde 1892, de modo que todos los niños del país, tanto los oriundos como los hijos de emigrantes recién llegados, crecían ―y crecen― sabiendo de memoria el parrafillo en cuestión, que dice así: “Prometo lealtad a la bandera de los Estados Unidos de América y a la República que representa, una nación, indivisible, con libertad y justicia para todos”.

«El hombre que ideó en EEUU el ritual del juramento como recordatorio diario de quién se es y de dónde se está fue el almirante George Balch»

¿Y a quién se debe esta tradición que ha durado un siglo y medio? El hombre que ideó el ritual del juramento como recordatorio diario de quién se es y de dónde se está fue el almirante George Balch, veterano de la Guerra Civil estadounidense y auditor del Consejo de Educación de Nueva York. Consciente del peligro superado tras la contienda nacional que había partido el país en canal, veintidós años después de acabar el conflicto Balch escribía una pequeña arenga sobre el pendón de las Barras y Estrellas que la guerra civil había afianzado como símbolo de una unión fraternal. En su resumida versión final, la proclama de George Balch era: “Entregamos nuestra cabeza y nuestro corazón: ¡un país, un idioma, una bandera!”. Cinco años después el sacerdote baptista y socialista Francis Bellamy escribió en 1892 la versión actual, incorporando la recitación a la ceremonia de aquel año del “Día Nacional de Cristóbal Colón” (el 12 de octubre es también una fiesta nacional en Estados Unidos). En 1954, a comienzos de la Guerra Fría ―a fin de definir con más nitidez la identidad estadounidense frente al comunismo soviético―, se incluyeron en el “Juramento de Lealtad” dos palabras que siguen generando polémica hoy: ‘Bajo Dios’ (en referencia a un ser superior no específico, aunque se sobrentiende que se trata del dios cristiano que comparten las denominaciones protestantes y católicas que coexisten pacíficamente en Estados Unidos). Huelga decir que si los progenitores o tutores de un alumno lo solicitan por escrito, el centro escolar excusará al alumno de recitar el juramento de lealtad a la bandera.

«A este lado del Atlántico, la intelligentsia española pierde horas de sueño porque ver banderas de su país por las calles les deja insomnes»

Entre tanto, a este lado del Atlántico la intelligentsia española pierde horas de sueño porque ver banderas de su país por las calles les deja insomnes. En vez de educar a los jóvenes para que sepan quiénes son y en qué país viven, les insultamos ferozmente por haber nacido a finales del siglo XX o principios del siglo XXI, llamándoles vagos, imbéciles y gilipollas, por citar algunos de los epítetos catalogados alegremente como “incorrección política”. En vez de intentar dar a los españoles futuros unos rudimentos cívicos que les hagan conscientes de su identidad, los guerracivilistas españoles adobamos día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto, el magma político envenenado en el que un día de diciembre un hombre sale a tomar una cerveza con unos tirantes con los colores de la bandera de su país y muere salvajemente apaleado en la calle. Víctor Laínez no va a celebrar la Navidad este año. La culpa la tenemos todos. Y conscientes de nuestro asesinato en masa, buscaremos un enemigo expiatorio que nos permita tomar las uvas sin remordimientos. En enero seguiremos insultando, fieramente existiendo, ciegamente afirmando, como un pulso que golpea las tinieblas.

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