Morir en Zaragoza por unos tirantes con los colores de la bandera española

Rodrigo Lanza
Rodrigo Lanza. / Izquierdadiario.es (Youtube)

Un hombre ha muerto en Zaragoza a consecuencia de una fuerte contusión seguida de una paliza. Al parecer, los colores de sus tirantes, que coinciden con los de la bandera de España, provocaron la ira de su letal atacante: un hombre joven identificado con el movimiento okupa, que no pudo soportar semejante atrevimiento de la víctima sin verse obligado a romperle el cráneo con una barra de hierro o algo similar. El agresor se llama Rodrigo Lanza. Un pacifista cargado de ira, digamos.

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Hace casi dos años escribí un articulo sobre unos sucesos recogidos en un documental, Ciutat Morta, que pretendía aclarar una injusticia cometida sobre unos okupas en Barcelona. En los altercados con la guardia urbana, uno de esos okupas dejó tetrapléjico de una certera pedrada a un guardia. Y otra okupa se suicidó en la cárcel. El agresor se llamaba Rodrigo Lanza.

Entonces, el halo romántico del suicidio de la joven, poeta, por más señas, más mi prejuicio personal de considerar que la guardia urbana tiende a ser borde y brutal, unido a la buena factura del documental, me colocaron del lado de los supuestos buenos. No detecté en aquella ocasión que hubiera infiltrado un pacifista violento entre ellos.

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Escribo esto para resarcir al probable lector del efecto que hubiera podido causarle mis osadas presuposiciones de inocencia e injusticia

Escribo esto para resarcir al probable lector del efecto que hubiera podido causarle mis osadas presuposiciones de inocencia e injusticia vertidas en el artículo en cuestión. Y también para compartir con esa lectora mía el desasosiego que me producen noticias de la violencia causada por ideologías. No resulta disparatado pensar que más que ideologías parecen creencias religiosas de las que sabemos histórica y actualmente de lo que son capaces.

Un hombre que porta un aspecto peculiar, con pendientes afilados en la nariz,  cabeza medio rapada combinada con melena de rastas y pulsera de pinchos en la muñeca no tolera que otro hombre lleve a su vez el peculiar aspecto de sujetar sus pantalones con unos tirantes que remedan la bandera española.

Y en muchas ocasiones, viceversa. Los que frecuentan twitter están hartos de leer las barbaridades, propias de gente sin alma, que sueltan los presuntos pacifistas independentistas contra los candidadatos constitucionalistas, sean éstos Iceta, Arrimadas o García Albiol. Se sabe de pocas réplicas del estilo en sentido contrario. Las elecciones catalanas muestran, como pocas, el guerracivilismo de la sociedad española, incluida, por supuesto, la catalana. Aquí no hay  “hecho diferencial” que valga.

El delito de odio, de reciente tipificación, es una vieja constante de la sociedad española. Al proverbial problema de escuela que descansa en el fondo de los problemas de España, se añade, en mi opinión, la ausencia de un verdadero debate sobre la guerra civil española, sobre las causas que la provocaron, sobre la situación de la República, sobre los pistoleros en las calles; un debate erudito y argumentado sin pasión, con el deseo de saber qué pasó exactamente, por qué se produjo aquella desgracia y lo que vino después. Un debate con alma, también; con capacidad de contemplar los hechos y sus protagonistas con compasión, no tanto por ellos cuanto por los que estamos aquí ahora y los que nos seguirán a nosotros.

Muchas veces en la historia nuestro país ha querido levantar cabeza y siempre se la ha hundido en el fango “una de las dos Españas”. Más nos vale prestar atención a los que se afanan, con argumentos y con preparación, en agrandar “la España del cincel y de la maza” para combatir con éxito y por siempre jamás, como en los cuentos de final feliz, a las Españas que hielan corazones. El nada fascista Antonio Machado dixit.

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