Puigdemont Superstar. La ópera rock

Puigdemont Superstar
Intervención por videoconferencia del expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, durante un mitin de Junts per Catalunya. / Efe

Los españoles llevaban semanas intercambiando por WhatsApp imágenes, viñetas y GIFs burlándose de Puigdemont, con tupidas pelucas asomando de coches, maletas y cajas de Amazon en las que estaría oculto el expresidente catalán, cuando llegó la noticia bomba de que el reportero Luis Navarro y su cámara Fernando Hernández ―del ‘Programa de AR’ de Ana Rosa Quintana― habían logrado grabar en Lovaina el móvil de Toni Comín ―extitular catalán de Sanidad― mientras recibía mensajes del líder fugado a Bélgica. Al leer la apocalíptica frase de Puigdemont “Esto se ha acabado: los nuestros nos han sacrificado”, matizada con un “Soy humano y a veces dudo”, venía a la cabeza el musical de 1971 Jesucristo Superstar de Andrew Lloyd Weber, donde María Magdalena definía entre lágrimas al incomprendido protagonista como “un hombre, solo un ser humano”.

Presentada como una ópera rock, la obra narraba los últimos seis días de Jesucristo desde la perspectiva de Judas y tuvo tal éxito en Broadway que Norman Jewison dirigió dos años después la versión cinematográfica. El espectáculo de Lloyd Weber no era una apología de la misión de Jesús al estilo de La pasión de Cristo de Mel Gibson. Jesucristo Superstar pone en tela de juicio el personaje del carismático judío que desesperaba con su ‘revolución mística’ al prefecto romano Poncio Pilato en la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 de la era cristiana. El tono mesiánico de Puigdemont en los susodichos mensajes telefónicos ―”No sé lo que me queda de vida. Espero que mucha”― parece apuntar a un autorretrato del fracasado líder independentista como un mártir de la causa nacionalista.

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«El compañerismo del encarcelado ex vicepresidente Oriol Junqueras no se ha visto correspondido desde Bélgica, donde Puigdemont ha alquilado una casa por 4.400 euros mensuales»

El tema central del musical de Lloyd Weber, titulado “Jesucristo Superstar” como la propia obra, es una enmienda general de Judas a toda la operación de su amigo, el autodenominado mesías.  “Cada vez que te veo, no entiendo nada. ¿Cómo has perdido tanto el control?”, pregunta el ‘apóstol traidor’. “Dime, ¿qué otros amigos tienes en las alturas? Cuéntame, ¿quién más, aparte de ti, es tan excelso?”, le recrimina el incrédulo Judas. La contención de Oriol Junqueras al difundirse los mensajes de Puigdemont ha sido memorable. A las siete menos cuarto de la tarde del miércoles puso un lacónico tuit recordando el tiempo que llevan en la cárcel tanto él como el ex presidente de la ANC Jordi Sànchez y el ex presidente de Òmnium Cultural Jordi Cuixart: “90 noches en Estremera. 107 noches en Soto”. Posteriormente Junqueras sugeriría un Puigdemont “presidente simbólico” que coexistiera con el “presidente efectivo”, es decir, con un político funcional que pudiera ir al parlamento catalán y tener un despacho al que acudir a trabajar todos los días. El compañerismo del encarcelado ex vicepresidente no se vio correspondido desde Bélgica, donde el diario L’Echo asegura que Josep María Matamala, un íntimo amigo de Puigdemont, habría firmado un contrato de alquiler en Waterloo, a 20 kilómetros al sur de Bruselas, por una casa de 500 metros cuadrados a 4.400 euros mensuales, para que se instale el ex líder catalán con su esposa Marcela Topor y sus dos hijos.

«Convencido de que su carrera inacabada de Filología y su francés bastarían para que el mundo le recibiera de brazos abiertos, Puigdemont se ha visto rechazado de plano»

Recordemos que Puigdemont, lejos de lograr la independencia, ha dejado a Cataluña sin una autonomía privilegiada. Convencido de que su carrera inacabada de Filología y sus idiomas ―francés, básicamente― bastarían para que el mundo le recibiera de brazos abiertos, fuera de España Puigdemont se ha visto rechazado de plano o, en el mejor de los casos, ha recibido una reprimenda antológica como la de la catedrática Marlene Wind en la Universidad de Copenhague. Criado en la burbuja solipsista que es hoy Cataluña, Puigdemont ha cometido el grave error de considerarse el mesías cosmopolita de una causa libertaria que sería inmediatamente aceptada en Occidente. “Cataluña es la región más rica de España, un país más descentralizado incluso que Alemania. ¿De dónde viene esta ansia separatista?”, le increpó Wind en la universidad danesa donde el Mesías catalán acudió a difundir su dogma secesionista.

El coro del Jesucristo Superstar de Andrew Lloyd Weber entona una retahíla de preguntas acusatorias que bien pudieran ser el mantra que repite por la noche el ex vicepresidente catalán Oriol Junqueras antes de dormirse en la cárcel: “¿Quién eres y qué has sacrificado tú? ¿Crees ser realmente quien dicen que eres?” El tono mesiánico de los mensajes de Puigdemont a Toni Comín es, una y otra vez, el de una ópera rock milennial: “Yo ya estoy sacrificado. Me han hecho mucho daño con calumnias, rumores y mentiras”. En La última tentación de Cristo ―que Martin Scorsese convirtió en una de sus películas más inquietantes―, el novelista griego Nikos Kazantzakis retrata a un Jesús desprovisto de toda divinidad y paranoico, que sufre delirios de grandeza mística. “La tentación más fuerte que puede sufrir un hombre es la de ser un hombre común”, escribe Kazantzakis. Cristo la venció, añade. Nuestro Puigdemont, en cambio, ha sucumbido a ella.