Caza de brujos

Me Too
La presentador de televisión Oprah Winfrey durante la ceremonia de los Globos de Oro 2018. / Youtube

Poco parece haber sorprendido, a este lado del Atlántico, la versatilidad espiritual con la que la cultura española ha pasado en un par de décadas del “¡Muera el imperialismo yanqui!” a la emulación de todo lo estadounidense. En la ceremonia de los Premios Goya 2018 se ha plagiado la campaña feminista del ‘Me Too’ nacida tras publicarse el 5 de octubre de 2017 ―en el New York Times― datos sobre el acoso sexual de Harvey Weinstein a decenas de actrices y empleadas durante décadas. La Asociación de Mujeres Cineastas (CIMA) encabezaba, en esta edición 32ª de los Goya, la campaña ‘Más Mujeres’, que repartió más de mil abanicos rojos para reclamar una mayor presencia femenina en el cine español. En Estados Unidos el eslogan ‘Me Too’ [‘Yo También’], lo popularizó en Twitter la actriz estadounidense Alyssa Milano, convirtiéndolo en un hashtag viral de solidaridad con las víctimas del acoso sexual. Recordemos que a las 24 horas de hacerse público el escándalo sobre el fundador de la productora de cine Miramax, un tercio del consejo directivo ―tres de nueve, todos hombres― dimitió.

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«Netflix ha cambiado en apenas cinco años los hábitos de consumo cultural de Estados Unidos, con Kevin Spacey como pieza principal del engranaje»

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Pero la cosa no había hecho más que empezar. A finales de octubre, tres semanas después de publicarse el artículo del New York Times que acabó en cuestión de horas con la carrera del poderoso productor Harvey Weinstein ―responsable de las carreras internacionales de Pedro Almodóvar, Javier Bardem, Penélope Cruz y Antonio Banderas―, el hasta entonces desconocido actor Anthony Rapp aseguraba en una entrevista en Buzzfeed News que el actor y productor Kevin Spacey le había acosado sexualmente en una fiesta cuando él tenía solo 14 años. En una espiral mediática tan veloz como la de Weinstein, Netflix cancelaba la sexta temporada de su serie House of Cards, protagonizada/coproducida por Spacey y seña de identidad de la empresa. Recordemos que con su distribución digital de contenido multimedia, Netflix ha cambiado en apenas cinco años (House of Cards empezó a emitirse en 2013) los hábitos de consumo cultural de Estados Unidos, con Kevin Spacey como pieza principal de un engranaje que hoy emite en 190 países del planeta.

«En la lista de depurados o ‘weinsteinizados’ hay un largo inventario de políticos, empresarios, artistas, intelectuales y periodistas. Todos ellos hombres»

Finiquitadas las carreras de Harvey Weinstein y de Kevin Spacey, resurgió el viejo escándalo de Woody Allen, que en 1992 fue acusado de acosar sexualmente a su hija adoptiva Dylan Farrow cuando ella tenía siete años, pero quedó absuelto de los cargos. Un cuarto de siglo después, renacen los fantasmas del pasado del director estadounidense, con el agravante de que es Ronan Farrow, su único hijo biológico, quien ha firmado en New Yorker varios artículos contra Harvey Weinstein. En el país cuyo actual presidente Donald Trump alardea de que “Cuando eres famoso, las mujeres te dejan hacer lo que quieras. Puedes hacer lo que te dé la gana, hasta agarrarlas por el coño”, el escándalo Weinstein ha generado una cascada de dimisiones o despidos relacionados con el acoso sexual, 70 según una página del New York Times que se actualiza casi a diario desde el ya célebre 5 de octubre, el ‘jueves Weinstein’. En esta lista de depurados o ‘weinsteinizados’ están el magnate Steven Wynn, el corresponsal de Fox James Rosen, el director artístico de la Royal Philarmonic Orchestra Charles Dutoit, el congresista republicano por Pennsylvania Patrick Meehan, el periodista de NBC Matt Lauer y el periodista de CBS Charlie Rose, por citar algunos del largo inventario de políticos, empresarios, artistas, intelectuales y periodistas. Todos ellos son hombres. No hay una sola mujer.

«La todopoderosa estrella mediática Oprah Winfrey usó el eslogan ‘Me Too’ para honrar a las mujeres acosadas del mundo entero, “cuyos nombres no sabremos jamás”»

El sismo tectónico parece imparable. El 7 de enero, en la ceremonia de entrega de los Globos de Oro en Beverly Hills, California, la todopoderosa estrella mediática Oprah Winfrey usó el eslogan ‘Me Too’ para honrar a las mujeres acosadas del mundo entero, “cuyos nombres no sabremos jamás”, provocando la veloz respuesta el 9 de enero de un grupo de feministas francesas capitaneadas por Catherine Deneuve, que tachaba a las feministas estadounidenses de puritanas. “Si fuera un hombre, me encerraría en mi estudio a ver pelis porno, porque no me arriesgaría a ver destruida mi carrera por ligarme a una mujer real”, reflexiona la escritora estadounidense Lionel Shriver, que habla de distopia feminista al referirse al movimiento ‘Me Too’. En esta línea, el periodista estadounidense Bill Mayer ―izquierdista poco sospechoso de machismo―, ha dejado caer varias veces la palabra macartismo en relación con el movimiento ‘Me Too’.

Las preguntas que surgen son múltiples. ¿Basta la palabra de una mujer para que las demás ‘hermanas’ de la sororidad femenina la apoyen unánimemente si acusa a un hombre de acoso sexual? Dado que las mujeres occidentales tienen en general las leyes y la corrección política a su favor, ¿puede desencadenarse una ‘caza de brujos’ de magnitud y consecuencias incalculables? Y ante todo, ¿puede llamarse feminismo al revanchismo de esta agresiva hermandad o podríamos catalogarlo de macartismo milenial?