La Constitución del Régimen del 78: hasta que la muerte nos separe

  • Las voces críticas que surgen hoy entre las filas de la izquierda parten de un grave error de análisis al decir que la Constitución está “agotada”
  • Yo voté "no" a esa Constitución, la Constitución que dio la espalda a la sangre derramada

Alberto Arregui es miembro de la Coordinadora Federal de IU

Era julio de 1978. El día 8, la misma policía que había defendido la sangrienta dictadura de
Franco, arrasó Pamplona, saqueó Rentería y se cubrió con el oprobio de la sangre de dos
jóvenes militantes revolucionarios. Eso es importante, no eran simples “demócratas”, esa
Constitución que se estaba debatiendo no era la suya. Ellos querían, como yo, como tantos,
conquistar el socialismo.

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Martín Villa era el ministro del Interior, falangista. Como Suárez, el presidente, también
falangista. Y ambos, albaceas testamentarios de Franco y guardianes de la monarquía
instaurada por ese viejo decrépito, que se despidió de la vida arrancando vidas en un mensaje
macabro de impotencia ponzoñosa. Ellos, falangistas, presentaron un informe en el Congreso
de los Diputados, recién estrenado, dando por buena la barbarie policial de los grises, dejando
impunes los crímenes.

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Todos los diputados de la izquierda, por tanto, todos los del PSOE y todos los del PCE, menos
uno que mantuvo la honestidad, se hundieron ese día en un lupanar respaldando el informe
de Martín Villa.

Las vidas de unos jóvenes, la represión, el salvajismo de sus “fuerzas del orden” no iban a
estropear su Constitución. Yo voté “no” a esa Constitución, la Constitución que dio la espalda a
la sangre derramada. Era “su Constitución”, la de los dirigentes políticos que estaban
dispuestos a traicionar todas nuestras esperanzas.

Paradójicamente, resulta más sencillo explicar hoy esa negativa a entrar en la transacción
continuista del aparato del Estado franquista que en aquel momento, en que la dirección del
PCE y del PSOE pusieron todo su prestigio al servicio de la monarquía reinstaurada por Franco.
Las voces críticas que surgen hoy entre las filas de la izquierda, incluido el partido que fue uno
de sus apoyos esenciales, parten a mi juicio de un grave error de análisis al decir que la
Constitución está “agotada”, transmitiendo así dos ideas falsas por el precio de una: que era
un buen texto cuando fue aprobada y que ellos, sus mayores, hicieron bien en sustentar esa
Constitución, la bandera, la monarquía, el olvido ante los miles de cadáveres en las cunetas, la
negación del derecho de los pueblos a decidir su destino… ¡cualquier cosa para no reconocer
sencilla y llanamente que nos dieron gato por liebre!

El gobierno reformista de Suárez ya había ganado la partida a la izquierda en el terreno de las
maniobras con el referéndum sobre la Reforma Política de diciembre de 1976, y remató la
faena con unas elecciones generales amañadas en junio de 1977 a Cortes Constituyentes.
Pero esas dos maniobras exitosas, ante unos dirigentes que ya habían pactado la continuidad
del Estado franquista a espaldas de la militancia y del pueblo, también mostraron qué falsa era
la afirmación de entonces que aún mantienen quienes no quieren aprender de la historia:
“Todo venía en un mismo pack, había que aceptar la monarquía, y todo lo demás, para evitar
un golpe de estado”.

En el referéndum del 76 se dio una participación del 77,4% del censo, a pesar de un tímido
llamamiento a la abstención por parte de la oposición, y el voto “sí” obtuvo el 94,2% ¿Dónde
estaba el peligro de “involución”?

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La misma ausencia de base social para la reacción se mostró en las elecciones del 77. Los
partidos que defendían la dictadura de Franco obtuvieron en conjunto poco más del 1% de los
votos, y el partido de Fraga, que se presentaba como reformador y demócrata se quedó en un
estruendoso fracaso con un 8,3% ¿Dónde estaba el fundamento del miedo a una involución?
Sólo en las mentes de los dirigentes del PCE y del PSOE.

Mientras la izquierda hablaba de “reacción”, la derecha hablaba de revolución. De los cientos
de citas de ese momento, veamos una muy significativa; el Rey cuando destituye a Arias
Navarro se dirige a Areilza diciéndole: “Esto no puede seguir así so pena de perderlo todo”.
Adolfo Suárez, hablando de La Transición, diría más tarde: “Frente al dilema conservadurismo o
revolución, optamos por un programa de cambios sociales y económicos audaces que
permitiera el arraigo auténtico de la democracia”.

Tras las elecciones del 77, el PCE quería a toda costa un “gobierno de concentración nacional”,
cosa que no consiguió, pero esa actitud y la penosa “reconciliación nacional”, le llevaron a ser
el mayor paladín de los Pactos de la Moncloa propuestos por Fuentes Quintana. Pactos,
suscritos por PSOE y PCE, que suponían una renuncia también a defender los derechos
laborales de la clase obrera. CCOO los respaldó desde el inicio y la UGT se opuso, y tuvo que
llevar a cabo una fuerte purga interna para cambiar de posición.

Engels explicaba que las constituciones son el reflejo de un cambio en la correlación de fuerzas
en la sociedad, y vemos como en la historia suelen ser consecuencia de una revolución, de una
guerra de independencia… La constitución a partir de la Revolución Francesa o la independencia americana son buenos ejemplos.

Pero también puede ser la consecuencia de un conflicto no resuelto, de una especie de
empate, donde se redacta una Constitución que tendrá una interpretación distinta según
quien la desarrolle en el futuro. Eso sí, dejando a salvo lo esencial del sistema: el aparato del
Estado incluida la monarquía, el poder económico (y por tanto político), la “unidad sagrada de
la patria”.

Y podremos entonces recordar el magnífico análisis de Karl Marx en unas de las páginas más
brillantes que jamás se han escrito:

“Por tanto, la Constitución se remite constantemente a futuras leyes orgánicas, que han de
precisar y poner en práctica aquellas reservas y regular el disfrute de estas libertades
ilimitadas, de modo que no choquen entre sí, ni con la seguridad pública. Y estas leyes
orgánicas fueron promulgadas más tarde por los amigos del orden, y todas esas libertades
reguladas de modo que la burguesía no chocase en su disfrute con los derechos iguales de las
otras clases. Allí donde veda completamente «a los otros» estas libertades, o consiente su
disfrute bajo condiciones que son otras tantas celadas policíacas, lo hace siempre, pura y
exclusivamente, en interés de la «seguridad pública», es decir, de la seguridad de la burguesía,
tal y como lo ordena la Constitución. En lo sucesivo, ambas partes invocan, por tanto, con pleno
derecho, la Constitución: los amigos del orden al anular todas esas libertades, y los
demócratas, al reivindicarlas todas. Cada artículo de la Constitución contiene, en efecto, su
propia antítesis, su propia cámara alta y su propia cámara baja. En la frase general, la libertad;
en el comentario adicional, la anulación de la libertad”.

La Constitución de 1978 no se ha agotado, nació envuelta en la claudicación, en el olvido de
las cunetas y, sobre todo, nació para no poder ser reformada en lo esencial. Está blindada para
impedir su reforma, es prácticamente imposible reunir una mayoría de izquierda que permita
reformar la constitución tal como está previsto en su texto. Como en la vieja fórmula
matrimonial nos acompañará hasta que la muerte nos separe.

Sólo cambiando la correlación de fuerzas en la sociedad podríamos abordar un nuevo proceso
constituyente, esa es la tarea. Y siempre podremos evocar lo que consagró una de las
constituciones más revolucionarias de la historia, la que dio a luz la Revolución Francesa:
“Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el pueblo y para
cada una de sus porciones, el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los
deberes”.