¿Dónde está Pilar Bardem?

La pegatina que se convirtió en el icono contra la última guerra de Irak.

«¿Dónde está ahora Pilar Bardem?» Me preguntaba uno de esos amigos que tengo, fieles a las fuentes de los canales de la TDT donde la opinión del día siempre tiene algo que ver con José Luis Rodríguez Zapatero. En cierta medida, la alusión a la madre del gran actor era una indirecta a mi propia postura respecto a la intervención bélica en Libia. Mi respuesta fue que, si pudiese, estoy seguro que mucha gente estaría pegando tiros junto a la población libia que busca liberarse del yugo de la dictadura de un sátrapa completamente evadido de la realidad. No sé si la actriz sería de esos, pero a mí no me faltan ganas. También comenté que, en mi opinión, si se hubiese actuado antes es probable que ahora mismo no existiesen tantas familias en aquel país que lloran la muerte de sus seres queridos. Quizás es el precio que hay que pagar por mantener un orden legal internacional, evitando las guerras promovidas para garantizarnos petróleo y alentadas por la industria armamentistica, que cada cierto tiempo necesita que los países vacíen sus arsenales en algún desierto lejano. Además le dije que si la comunidad internacional que ahora actúa para evitar un genocidio se hubiese dado la misma prisa en Bosnia, Ruanda o en nuestra propia guerra civil, por poner tres ejemplos, probablemente el resultado de esos conflictos no tendría ahora tantos cadáveres sin desenterrar en las fosas comunes que son el testimonio de la barbarie, para vergüenza de los promotores de la democracia en el mundo. Cada vez que las potencias miran para otro lado, los criminales viven su particular acción de gracias.

Pero no sólo mi amigo devoto de José María Aznar y la foto de las Azores me señala. Hay una izquierda timorata, que se cree garante de esencias nunca formuladas negro sobre blanco y parece sentirse incómoda porque nuestras fuerzas armadas participen en una intervención avalada por la ONU para decirle a Gadafi que se ha terminado la fiesta. Para delimitar con una línea muy clara que el genocidio es historia en este planeta, aunque haya que trazarla con las estelas de aviones de combate y misiles crucero. Volver a sacar ahora las pegatinas del no a la guerra parece más un esfuerzo táctico por apropiarse de las palabras, que una opinión racional sobre lo que ocurre en Libia.

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Observar cómo los que dieron palmas al trío Bush, Blair, Aznar para una guerra ilegal se llevan ahora esas mismas manos a la cabeza, y a la izquierda de siempre cogérsela con papel de fumar cuando en el horizonte se intuye un uniforme, lleva a una reflexión sobre nuestra capacidad para progresar como sociedad. En un país donde los estereotipos se cumplen entre olés y ovaciones, resulta complicado saber donde encontramos fuerzas para terminar avanzando. Siempre. Supongo que están en toda esa gente silenciosa, que no grita en los bares ni señala con el dedo. En los que de verdad comprenden y analizan las situaciones, viendo esas particularidades de cada coyuntura para formarse una idea propia y no buscar la publicada. Por eso, querido amigo, muchos hemos respirado aliviados al ver los aviones de la coalición internacional sobrevolar Bengasi. Esperanzados, igual que esos ciudadanos, junto a su bandera y el primer arma que encontraron a mano, lanzándose a pecho descubierto contra los tanques del dictador para luchar por la libertad. Como pasó en España y en tantos otros lugares que, pese a los esfuerzos de muchos, siempre estarán presentes en nuestra memoria colectiva.