La riqueza de los padres puede más que el mito del sueño americano

El presidente de Estados Unidos, de origen humilde, ha sido presentado como el mejor ejemplo del sueño americano de la movilidad social. / Wikipedia

Aunque Michelle Obama pusiera a su marido como ejemplo del sueño americano durante la pasada convención demócrata, el ascenso social en Estados Unidos del hijo de una mujer de clase media y un estudiante keniata de origen humilde es una excepción. En aquél país, como ocurre en Europa, el estatus de uno depende en gran medida de la riqueza de los padres. Un amplio estudio revela que no se trata sólo de que el dinero permite vivir en los mejores barrios y dar la mejor educación a los hijos. Una cuenta corriente saneada crea una red de seguridad social y psicológica que favorece la herencia del éxito. Cuanto más ricos son los padres, mejores resultados escolares y laborales tienen los niños.

La Universidad de Michigan (Estados Unidos) celebró un congreso sobre la desigualdad intergeneracional la semana pasada. En ella investigadores suecos y estadounidenses presentaron los resultados de un estudio que relaciona la riqueza parental con la movilidad social en tres países bien diferentes: Alemania, Estados Unidos y Suecia. Las tres naciones tienen desarrollados estados de bienestar, pero su estructura social, laboral y sistemas educativos son bien diferentes.

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Los investigadores analizaron la evolución de varios miles de niños desde mediados de los años 80 hasta la actualidad, cuando ya están entre los 26 y 40 años e insertados en el mercado laboral. Como punto de partida tuvieron en cuenta el nivel educativo de los padres, su trabajo, ingresos y lo que ellos denominan riqueza (ahorros, acciones, propiedades…).

Lo primero que midieron fue el impacto de estos cuatro factores en los logros educativos de los hijos. Tuvieron en cuenta los diferentes sistemas educativos de cada país. Mientras en Suecia, los recursos educativos presentan una distribución muy igualitaria, con ayudas y becas al estudio, en el otro extremo está Estados Unidos. Allí, las escuelas son mantenidas por medio de tasas municipales sobre la propiedad. Eso significa que los barrios pobres cuentan con peores colegios. Por su parte, la universidad es tan cara que para la mayoría sigue siendo un lujo obtener una licenciatura. Alemania tiene la particularidad de que los chavales tienen que elegir muy pronto la ruta educativa que seguir y que una vez tomada casi no hay camino de vuelta.

Comprobaron que en los tres casos, había una relación directa entre la formación académica de los padres y el nivel educativo alcanzado por los hijos. Pero el segundo factor en importancia fue el de la riqueza en Suecia y Alemania y el primero, empatado con los estudios parentales, en Estados Unidos. Para los investigadores, las políticas de igualdad de oportunidades en el acceso a la educación en los dos primeros países ayudan a explicar esta diferencia.

De hecho, se produce un fenómeno bien diferenciado. En una segunda fase del estudio, analizaron el trabajo e ingresos de la muestra. Mientras que en Estados Unidos, la riqueza parental tiene un efecto directo sobre los logros laborales de los hijos, en Alemania parece haberse impuesto la meritocracia. Aunque el dinero es clave para la mejor educación, son los estudios terminados los que determinan el actual estatus laboral. Incluso, en Suecia, los ingresos parentales tienen un efecto negativo sobre el trabajo que al final desarrollan los hijos.

«En Estados Unidos especialmente, la gente subestima el grado en el que su destino está vinculado a su origen. La investigación muestra que en realidad es un mito que Estados Unidos sea una tierra de una movilidad social excepcional», explicaba en una nota el sociólogo y coautor del trabajo, Fabian Pfeffer, de la universidad de Michigan.

Entre las opciones que proponen los investigadores para desmontar este mecanismo de herencia del estatus están la de otorgar mayor flexibilidad al sistema educativo para permitir segundas oportunidades y reforzar el papel del Estado en la educación. Hay una tercera opción que también incluyen: reducir la desigualdad en el reparto de la riqueza.