La tecnología está cambiando la naturaleza y las leyes de la guerra

En julio pasado, la marina estadounidense mostraba en acción al X-47B, un avión no tripulado capaz de despegar y aterrizar desde un portaaviones. / Navy.mil
En julio pasado, la marina estadounidense mostraba en acción al X-47B, un avión no tripulado capaz de despegar y aterrizar en un portaaviones. / Navy.mil

Es una de esas grandes paradojas: la guerra es tan humana como capaz de deshumanizar. Pero a lo largo del tiempo se ha ido creando un conjunto de normas que, en particular en el siglo pasado, han acotado sus límites. Algunas son de validez universal, como la distinción entre combatientes y civiles o el principio de proporcionalidad. Otras son más políticas y, como la noción de guerra justa, dependen del poder de quien la alegue. Pero ahora el acelerado, complejo y total cambio tecnológico está socavando aquellas leyes y hasta la propia naturaleza de la guerra.

La tecnología y la guerra forman una estable pareja de baile desde el origen de los tiempos. Los carros y el temple del hierro levantaron el Imperio Hitita. Una innovación tan simple como el estribo permitió a los hunos de Atila llegar hasta las puertas de Roma. Y el arcabuz de los tercios españoles infundía el terror por media Europa. La historia se repitió con la bomba atómica y la Guerra Fría. En estos primeros años del siglo XXI no se está produciendo una gran innovación, sino muchas y en muy poco tiempo.

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Expertos en tecnología militar repasan algunas de esas innovaciones y su impacto no sólo en el terreno militar sino también en el legal, cultural y social en un especial del Bulletin of the Atomic Scientist. Sistemas no tripulados, robots con capacidad para matar, virus informáticos, armas de energía dirigida o soldados convertidos en superhombres. Parece el casting de una película de ciencia ficción distópica pero es el futuro más previsible para los ejércitos más avanzados y también para aquellos que quieren recortar su desventaja.

Estados Unidos es la primera potencia en fuerzas convencionales y quiere seguir siéndolo en las no convencionales. En el artículo dedicado a las tecnologías militares que están llegando, el profesor de la universidad de Pennsylvania  Michael C. Horowitz destaca que, a pesar de los recortes presupuestarios, el ejército estadounidenses apostará con fuerza por una serie de armas y sistemas en los próximos 10 años que le permitan mantener su supremacía.

Quizás el de los sistemas no tripulados sea el elemento más evidente y avanzado. Desde que en 2001, un dron diseñado para labores de vigilancia realizara su primer ataque guiado en Afganistán por un operador desde una base en suelo estadounidense, se podría decir que vivimos la era de los drones. Tanto que varios países, en particular China e Irán, están desarrollando sistemas diseñados específicamente para combatirlos. Pero, como cuenta Horowitz, los estadounidenses ya están en una segunda fase. Además del despliegue de drones en otros escenarios en tierra o en el mar, en el futuro, un sólo operador podrá manejar decenas de aviones no tripulados que actuaran como un enjambre.

Otra de las tecnología que está por llegar es la de los sistemas de armas autónomos o robots capaces de matar sin intervención humana. Ya hay países como Israel, Corea del Sur y los propios Estados Unidos que tiene algunos sistemas de interceptación que se activan sin recibir órdenes expresas. Pero se dedican a derribar algún misil. Su endiablada lógica reside en que en la guerra moderna la velocidad es tal que esperar a la confirmación de un humano podría ser desastroso. Pero disparar a un humano es todo un salto cualitativo. Por eso, en otro de los artículosMark Gubrud, miembro del Comité Internacional para el Control de Armas Robóticas apela a la sociedad civil para que estos robots nunca sean fabricados.

La impresión 3D también está en la agenda de los militares. La Marina de Estados Unidos está desplegando impresoras 3D en sus bases para experimentar con piezas de mantenimiento y los fabricantes Boeing y Lockheed ya usan piezas impresas en los cazas. En el futuro, las impresoras 3D y los materiales básicos a imprimir sustituirán a buena parte de los convoyes de suministros. Pero son las armas de energía dirigida las que más de ciencia ficción parecen y, sin embargo, ya hay algunas activas. Mientras el ejército de tierra estadounidense cuenta con un sistema (ADS) que emite radiación capaz de generar una dolorosa sensación de quemazón en la piel, la marina de ese país ensaya con pulso electromagnéticos y rayo láser para destruir objetivos.

Con tanta tecnología a su disposición, las exigencias para el soldado del futuro también serán mayores. Clark GlymourKenneth Ford, dos expertos en interacción hombre-máquina, exploran los posibles desarrollos para convertir a un soldado en casi un superhombre. Descartan la intervención genética por razones éticas pero sí consideran inevitable que los combatientes se parezcan cada vez más a un cíborg, con exoesqueletos para aumentar su potencia física o sensores para recibir y emitir datos sobre el terreno. E irán posiblemente dopados. Sustancias como el modafinil están siendo testados por los militares estadounidense para comprobar su capacidad para mantener despiertos y en estado de alerta a los soldados sin mermar su frescura mental.

Estos son los elementos que van a dar forma al ejército de Estados Unidos, pero también a los de otros países. Desde la óptica militar, parece la solución perfecta. Una guerra casi de máquinas contra máquinas con pocos efectivos humanos sobre el terreno que puedan caer en el combate. Y nadie protestará en las calles por un dron derribado o un robot despanzurrado. Sin embargo, la realidad puede ser bien diferente. Dada la superioridad tecnológica de países como Estados Unidos, a sus enemigos no les queda otra que la guerra asimétrica. En parte, el yihadismo islamista actual ya actúa así. Evita la confrontación directa y opta por los métodos terroristas.

Pero el mayor impacto de estas tecnologías será en la propia guerra y sus escasas leyes. El despliegue y alcance casi global de los drones rompe con los límites tradicionales del campo de batalla. Por mucha inteligencia artificial que tengan, los robots autónomos no tendrán la empatía necesaria para no apretar el gatillo en una situación compleja. La guerra entre máquinas puede degenerar en una carrera de armamentos que reinstaure el miedo de la Guerra Fría. Si un país usa servidores alojados en otro país para atacar a un tercero, ¿éste podrá considerar a aquél como enemigo? Es más, como escribe Braden Allenby, experto en tecnología militar y seguridad, ¿Google o Microsoft podrían ser consideradas «entidades colaboradoras en la guerra equivalentes a una fábrica de municiones y, por lo tanto, objetivos legítimos?»

Para Allenby, «el impacto de las tecnologías emergentes en las leyes de la guerra puede ser visto como un caso de estudio y una gran oportunidad de aprendizaje para la humanidad en su lucha por adaptarse a la complejidad que ha creado pero que aún no ha aprendido a manejar».