Hakkari: entre el cielo y el infierno

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Imagen de la zona "Entre el cielo y el infierno" de los montes Cilo durante la primavera. / Dogán

Al entrar en el Ayuntamiento de Hakkari, una fotografía de grandes dimensiones muestra dos impresionantes montañas desafiándose, cara a cara, como gigantescos colosos; en medio, un estrecho desfiladero que parece descender “del cielo al infierno”, que es como llaman aquí a este rincón del extremo más oriental de Turquía. En otras imágenes se pueden ver paisajes alpinos semejantes, como los montes Cilo, Sat y Berçalán, macizos con cumbres que superan los 4.000 metros de altura justo donde la frontera se abraza con las de Irán e Irak.

Realmente, en toda Turquía, no hay un sistema orográfico tan hermoso como el de Hakkari; las antiguas guías de trekking señalan numerosas rutas de acampada en lugares paradisíacos, junto a lagos glaciares y nieves permanentes. Según explica el alcalde, Fadil Bedirmanoglu, los habitantes de Hakkari podrían nadar en la abundancia solo explotando su privilegiada potencialidad turística o si el Gobierno de Erdogán les permitiera, como vienen reclamando desde hace años, abrir dos nuevas aduanas con sus vecinos iraquíes.

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“Hay pocos sitios en el mundo donde haya tanta nieve y tantas flores al mismo tiempo en primavera. Podríamos vivir del turismo internacional pero ni siquiera hay turismo interior. Nosotros mismos nos tenemos que consolar viendo estas hermosas fotos en los despachos”, se queja Fadil. ¿Por qué? Hakkari es una de las provincias más calientes en esa guerra no declarada contra el PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), que exige, igual que el partido del alcalde, autonomía local y regional para administrar y explotar los recursos naturales propios.

El centro de Hakkari con las montañas que le rodean; a la izquierda, la estatua de Ataturk. / Manuel Martorell

Pero nada de eso es posible. Siguiendo con la metáfora de los dos picos enfrentados, Hakkari podría estar en el cielo pero vive un infierno. La ciudad está ocupada militarmente y nadie puede hacer una actividad económica con libertad, sea turística, comercial o ganadera. Enclavada en una hondonada rodeada de montañas, con una única salida por carretera, Hakkari está circundada por un perímetro de bases militares que la vigilan permanentemente.

“Dicen que están por nuestra seguridad, para protegernos y que han ocupado las alturas por las necesidades de la guerra antiaérea, pero no tienen armas antiaéreas; en realidad están ahí para protegerse de nosotros y desde las alturas nos vigilan con potentes prismáticos que penetran hasta en las habitaciones”. Como explica gráficamente este alcalde del Partido de la Paz y la Democracia (BDP), viven “como en una prisión de tercer grado”, en la que sus habitantes pueden salir de paseo durante el día para volver a encerrarse en sus celdas por la noche.

Algo parecido ocurre en el resto de esta conflictiva provincia, cuya economía siempre se ha basado en la ganadería de vacas, ovejas y cabras por la calidad de sus pastos. Sin embargo, debido a la “seguridad” y a las operaciones militares constantes, los pastores no pueden ir con sus rebaños a los prados de las montañas y terminan vendiéndolo todo y marchándose a otro sitio a vivir.

Cientos de aldeas, según cuenta Fadil, han quedado abandonadas desde los años 90 y sus habitantes se han asentado en la ciudad de Hakkari o han emigrado a Van o a otras metrópolis turcas. Para demostrar con datos las consecuencias demográficas de la guerra, dice que en 1990 el municipio tenía 30.000 habitantes y que, entonces, se calculaba que en el año 2022 duplicaría la población. Hoy, doce años antes de esa previsión, Hakkari ya supera las 65.000 almas. “Solo en Van –explica Fadil- vive más gente de aquí que en la propia Hakkari”.

Fadil, el alcalde, muestra la flor de Hakkari en la bandera de la localidad. / M. M.

“Ha desaparecido la agricultura, la ganadería, no hay industria y las cifras oficiales sitúan el paro por encima del 40 por ciento. Aquí solo hay dos tipos de trabajo: funcionario o pequeño comerciante; los demás están en paro. No se produce nada, solo se consume, con el agravante de que muchos consumidores no pueden consumir porque no tienen medios para ello. ¿Resulta dramático, no? En Hakkari hay hambre; el Ejército ha destruido nuestra economía”, concluye Bedirmanoglu.

Hay quien arriesga su vida haciendo contrabando con Irán e Irak, sobre todo pasando gasolina en pequeños bidones sobre en mulos y caballos. “Solo en los tres últimos años, cien personas han perdido la vida al ser tiroteados por policías y soldados en la frontera. Hay días en que mueren siete y ocho personas por este motivo. Se han dado casos en que, tras matar a los contrabandistas, han quemado con la propia gasolina sus caballos”.

Fadil Bedirmanoglu también tiene en su despacho fotografías y objetos que representan los tesoros de esta tierra oculta al mundo por la guerra. Enmarcada en la pared, hay una edelweiss, la aterciopelada flor de las nieves. Estampada en la bandera local, la flor de Hakkari, una especie de tulipán que, de acuerdo con una tradición ancestral, inclinó la cabeza cuando Jesucristo pereció en la cruz y ya no la ha vuelto a levantar. Presidiendo el despacho, otro gran mural  con un paisaje cubierto de nieve y flores.

La zona de Berçalan, con nieves permanentes, este mismo mes de agosto. / M. M.

“Ningún pueblo merece esta barbarie. Llevamos –dice refiriéndose al pueblo kurdo- miles de años viviendo en estas tierras y somos esclavos en nuestra propia ciudad, en nuestras aldeas, en nuestras propias casas. Hasta los presos tienen derecho a utilizar su idioma pero nosotros no podemos. Quieren convertirnos en mendigos pidiendo limosna a las puertas del Estado”, dice Fadil sin esconder su acritud por la posición de gobiernos europeos, que como el de España, apoyan a Turquía.

“Los dirigentes europeos tienen un suspenso en la asignatura de derechos humanos y, en especial, en los derechos del pueblo kurdo. Los Estados europeos cierran los ojos a lo que ocurre aquí, a esta barbarie diaria, a la tortura… Ni siquiera nos reconocen como personas. Esta actitud refuerza al Estado turco. Europa debiera pedir a Turquía, como mínimo, que reconozca la existencia de 20 millones de kurdos, su identidad  y derechos básicos. Pero los gobiernos europeos basan su relación con Turquía en intereses internacionales y por eso aceptan como si fuera verdad todo lo que dice Turquía. Ni los pueblos de Europa, que son pueblos civilizados, se merecen tales gobiernos”. “Espero –termina dirigiéndose al periodista de cuartopoder.es y a su intérprete- que no compartan la opinión de sus gobiernos”.

3 Comments
  1. Viajero says

    Yo he estado ya dos veces en Hakkari capital y en un par de pueblos de la provincia. Diría que lo que cuenta el Sr. Martorell se ajusta, en general, a la realidad según yo la he conocido. No hubiera estado mal, de todos modos, acudir a alguna fuente más de información además del alcalde. Eso, o bien redactar el artículo con el formato de una entrevista con preguntas y respuestas hubiera ajustado, en mi opinión, aún más el texto a la realidad.

  2. Manuel Martorell says

    A VIAJERO: Obviamente, el artículo es el resultado no solo de la entrevista mantenida con el alcalde sino también de conversaciones con otras personas que viven o han vivido en Hakkari y cuyos nombres, por razones de seguridad, no se pueden transcribir. Ciertamente, el formato entrevista es una alternativa pero priva, precísamente, de la riqueza y amplitud que da el reportaje, sobre todo cuando, en estos medios digitales, impera la brevedad del texto y la concisión de ideas. Me alegro, de todas formas, que «un viajero» se haya atrevido a conocer esa cruda y desconocida realidad.

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