¿De verdad queremos ver el Gran Premio de Fórmula 1 en Bahréin?

En el aeropuerto de Bahréin dos imágenes tapizan los muros: el rostro del rey Hamad bin Issa al Khalifa, representante de una dinastía suní que lleva más de 200 años manejando los designios de un país mayoritariamente chií, y pósteres de las pistas locales de Fórmula 1, la joya de la corona de este archipiélago del Golfo. Un signo de que los Khalifa no están dispuestos a renunciar a albergar de nuevo el Gran Campeonato, aplazado el 13 de marzo en plena insurrección social pero no anulado pese a los sangrantes informes sobre las violaciones de los Derechos Humanos que se llevan emitiendo desde entonces.

Las autoridades del reino pedirán hoy en Barcelona a la Federación Internacional de Automovilismo que vuelva a programar el Gran Premio de la Formula 1 en Bahréin para el próximo otoño. «Sentimos que estamos en posición de volver a albergar el acontecimiento», ha afirmado Zayed Rashid al Zayani, presidente del Circuito Internacional de Bahréin. «Las cosas se han calmado de forma tremenda. La vida ha vuelto a la normalidad. Estamos felices de poder celebrar la carrera en cualquier momento».

En Barcelona debería analizarse de forma independiente en qué consiste la «tremenda calma» de Bahrein, oficialmente explicada por el levantamiento del estado de emergencia, que como estaba previsto terminó el 1 de junio. Porque pocas horas después del fin de la ley marcial, no se vivió tal calma en ciudades como Diraz, Bani Jamrah y Karzakan, donde nuevas protestas sociales se encontraron con los gases lacrimógenos y los golpes de la policía. Los carros de combate del Consejo de Cooperación del Golfo, la agrupación que une a los países suníes, no abandonarán su ocupación militar del reino a petición de los Hamad y los juicios sumarios contra activistas, humanitarios, abogados y líderes políticos siguen su curso pese a las denuncias internacionales sobre la falta de garantías jurídicas. Todos los chiíes y los suníes sospechosos de haberse opuesto al régimen dictatorial son presuntos traidores de la patria.

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Tampoco ha habido mucha calma en la institución que dirige el propio Al Zayani. Casi un 25% de sus empleados -29 personas de 108- fueron arrestados en abril y han sido cesados y expulsados. Sólo cinco han sido liberados.  Todos ellos, sobra decirlo, son chiíes: dos son altos cargos del Circuito Internacional de Bahréin. Uno de ellos explicó al Financial Times el trato que recibió en comisaría. «Me abofeteaban y pateaban mientras me llevaban por el pasillo (…) El [policía] puso mi cabeza entre sus piernas, me tiró al suelo y fue entonces cuando los golpes comenzaron en serio», denunciaba el testigo, que presentaba según la publicación marcas de golpes en la espalda y los riñones.

Digamos que la comunidad chií -un 70% de la población- por completo, así como muchos suníes conscientes de la gravedad de la represión, no está en calma. La vasta represión contra todo aquel implicado directa o indirectamente en las manifestaciones de febrero -desde médicos y enfermeros que atendieron heridos hasta periodistas que informaron sobre las protestas-, el largo millar de detenciones, las torturas y las condenas a muerte alimentan el rencor de buena parte de los bahreiníes hacia su régimen autoritario, y si ellos no están contentos -a diferencia de Al Zayani- Bahréin no lo está. Como no lo debería estar la región en general ni la olvidadiza comunidad internacional, que ante el apagón informativo aplicado a Bahréin -imposible competir con la moda siria o libia, donde los malos son archienemigos recurrentes- cierra convenientemente los ojos y deja al régimen –nuestro régimen, el mismo que acoge la V Flota norteamericana en sus aguas territoriales– postularse al Gran Premio y optar así a unos 500 millones de dólares en concepto de ganancias.

El patrón de la Fórmula 1, Bernie Ecclestone, ha sido el primero en mostrarse interesado en devolver la cita a su socio bahreiní. Lo que hace pensar que los informes de las ONG volverán a ser archivados en la papelera, como sucede habitualmente. Human Rights Watch ha enviado una carta a la Federación Internacional de Automovilismo y a la Asociación de Equipos de Fórmula 1 donde se informa que «tristemente, serias violaciones como arrestos arbitrarios, aislamientos y presuntas torturas por parte de las autoridades de Bahréin han precedido la imposición de la ley marcial a mediados de marzo. Hay pocas razones para pensar que el final de la ley marcial marcará la diferencia en el clima amenazante para los Derechos Humanos que vive Bahréin«.

«La Fórmula 1 ha sido siempre un momento en el que Bahréin se muestra al mundo no como un escenario del deporte, sino como una sociedad, la comunidad que ofrecemos como nación. La Fórmula 1 puede devolver la alegría al país», insiste Al Zayani. No sé por qué, me temo que la inmensa mayoría de los bahreiníes sólo recobraría la felicidad si vieran cómo su régimen emprende las reformas democráticas que el pueblo pide en las calles. Si la dictadura sustituyese las torturas, las amenazas y el sectarismo por una voluntad real de convivencia intersectaria en igualdad y progreso. Mientras el resto de la comunidad de naciones e instituciones como la FIA ignoren las violaciones de derechos humanos en pos del negocio, hay pocas posibilidades de que Bahréin sea un país alegre y que viva en calma. El resto seremos cómplices necesarios mientras vemos la Fórmula 1 desde nuestras cómodas democracias.