Revoluciones 1, Sectarismo 1

Un grupo de cristianos coptos se enfrenta a las Fuerzas de Seguridad durante las protestas llevadas a cabo frente al edificio de la radiotelevisión en El Cairo (Egipto), el pasado día 9. / Abdelhamid Eid (Efe)

“La fitna (guerra civil) está dormida. Maldito sea quien la despierte”. Escuché por primera vez la frase, atribuida al profeta Mahoma, de labios de Abu Mohamed al Baghdadi, comandante del sector sur de Bagdad de las Brigadas de la Revolución del 20, en el desconchado hotel iraquí donde me recibió. Corría abril de 2006 y la guerra civil era una realidad. Sólo dos meses antes, la explosión contra la Mezquita Al Asqari de Samarra, un templo sagrado para los chiíes en una ciudad suní, había confirmado el enfrentamiento sectario en Irak sobrevenido tras la invasión anglo-americana. La administración provisional norteamericana de Irak había allanado el camino con una política que premiaba a los chiíes y estigmatizaba a la comunidad suní, y los atentados indiscriminados contra una y otra comunidad -de autoría dudosa- abocaban a lo peor. Pocos querían admitir que el enésimo episodio de la guerra fría entre suníes y chiíes estaba teniendo lugar en la antigua Mesopotamia, y muy pocos podían anticipar que se trataba de una espita que expandería las diferencias sectarias en toda la región.

Ocho años más tarde, las revoluciones sociales árabes han cambiado el escenario político de varios países -Túnez, Egipto, Libia, Siria y Yemen no volverán a ser los mismos- pero se ven amenazadas por las diferencias sectarias de sus comunidades en un difícil juego de equilibrios que, de ser manejado por intereses falaces, pueden derivar en una explosión. Ese parece ser el objetivo de los dictadores que aún se tambalean, el sirio Bashar Assad, y el yemení Ali Abdullah Saleh, aparentemente dispuestos a sembrar el caos interno o incluso promover un conflicto sectario antes que ceder el poder. Y también de algunos regímenes con más control militar sobre sus poblaciones, como el iraní y el saudí, que no dejan de agitar fantasmas sectarios para reforzar su poder a nivel regional.

El enfrentamiento entre Irán y Arabia Saudí a costa del supuesto complot para asesinar al embajador wahabi en Estados Unidos es el último episodio de esta maldición que rodea al Islam desde la misma muerte del profeta, cuando sus allegados se dividieron sobre quién debía sucederle dando lugar así a las dos corrientes mayoritarias, suníes y chiíes. El cruce de acusaciones y las amenazas -Riad afirma que Teherán debe “pagar el precio” del proyecto de atentado- es mero colofón de las tensiones que siempre han existido si bien nunca habían estado tan acusadas como ahora.

Pero, ¿las diferencias son insuperables para la población o son instrumentalizadas por los políticos para su propio beneficio? La brutal represión militar egipcia de una marcha cristiana copta fue presentada por los medios locales de comunicación como un incidente sectario, hasta el punto de que la televisión estatal llamó a los egipcios “honestos”, en referencia a los musulmanes, a ayudar a los soldados que estaban siendo supuestamente atacados por los coptos. Muchos comentaristas han criticado duramente el servilismo de la televisión hacia el estamento militar, hasta el punto de dimitir de sus cargos en el ente público, y han resaltado la irresponsabilidad de invocar el espectro del sectarismo en un país con un 10% de población cristiana copta.

Ahdaf Soueif. / ahdafsoueif.com

Ahdaf Soueif, novelista y analista egipcia, escribía en The Guardian un contundente artículo titulado El ataque contra los cristianos egipcios no fue sectario donde responsabilizaba al Ejército de la masacre de ciudadanos y apuntaba a una intencionalidad política. “Todos sabemos que la masacre previa, el atentado de la Iglesia de los Dos Mártires en Alejandría, en diciembre, en el que 21 personas murieron, fue obra del Ministerio del Interior de Mubarak. Resulta más que repugnante que un Gobierno asesine a sus ciudadanos para poner a unos en contra de otros, pero los musulmanes acudieron junto a los cristianos a la Misa de Navidad. Los asesinatos del domingo tampoco fueron violencia sectaria: el Ejército asesinó a 25 ciudadanos, y parece claro que creían estar siendo atacados por manifestantes cristianos. También está claro que les hicieron creer eso. La televisión estatal llamó a los musulmanes a proteger el Ejército. ¿Quién está detrás de esa política?

¿Sectarismo teledirigido para servir intereses políticos? En el Líbano es un hábito, y en Siria ocurre a diario. Desde el inicio de la revuelta popular, el régimen alauí (una escisión del chiísmo) ha acusado a los salafistas -versión radical del sunismo, profesada por una mínima parte de la población siria, pero que en este contexto de confrontación suele servir para describir a toda la comunidad suní- de estar tras los acontecimientos para provocar un golpe de Estado. Es el mejor argumento para que las minorías alauí, cristiana, chií, drusa y otras pequeñas comunidades religiosas, que constituyen una importante parte de la población en este país árabe, recelen de la insurrección y prefieran refugiarse en un régimen dictatorial pero laico, dado que los salafistas son raramente tolerantes con cualquier otra fe que no sea la suya.

No sólo eso. Los kurdos, que componen el 10% de la población, han apoyado desde el principio las protestas contra Assad: no en vano ha sido una comunidad fuertemente discriminada desde los orígenes de la dictadura baazista. Hace pocos días, el asesinato de Mashal Tammo a manos de un grupo de hombres armados sublevaba aún más a la comunidad kurda pero también despertaba alarmas sectarias. Entre muchos opositores sirios existe la convición de que el régimen ordenó el crimen para elevar la tensión inter comunitaria. Los asesinatos de varios reconocidos profesionales en Homs a manos de escuadrones de la muerte al más puro estilo iraquí lleva a pensar que, de estallar, la guerra fraticida siria empezaría en Homs.

Para muchos analistas sirios, el conflicto sectario es a estas alturas inevitable. Los testimonios de los refugiados recabados por cuartopoder.es en la frontera norte del Líbano va en ese sentido. El rencor se ha apoderado de los suníes sirios, pese a que hace un año mantenían una relación con los alauíes completamente normal. “Ellos han empezado, ahora que asuman las consecuencias”, decía sombríamente una refugiada en referencia a la comunidad alauí. La oposición culpa a los alauies -sin distinción- de nutrir los shabiha -milicias a sueldo del régimen- a quienes responsabiliza de saqueos y violaciones de suníes: la receta ideal para una guerra civil.

Arabia Saudí y Turquía, dos grandes potencias suníes en Oriente Próximo, son los países que más abiertamente denuncian la represión siria: también son los más interesados en una caída de la dictadura alauí que ceda el poder a los suníes reforzándoles en la región. El mismo motivo estaría tras la desaforada protección saudí del dictador yemení, Ali Abdullah Saleh, que se niega a dimitir pese al movimiento social que ha llevado a millones a las calles y ha empujado a la deserción a sus principales aliados religiosos y políticos y también a una división del Ejército, encabezada por su primo el general Ali Mohsen. En el norte de Yemen, las tribus houthis -chiíes- se han aliado con los revolucionarios, como han hecho los independentistas del sur, y lo último que conviene a Arabia Saudí es que sus enemigos chiíes se hagan fuertes en sus fronteras, máxime cuando la minoría chií saudí está cada vez más concienciada de sus posibilidades de salir a las calles e intentar cambiar el estatus quo del reino wahabi, que les oprime en silencio desde hace décadas.

Miles de yemeníes rezan durante una protesta contra el presidente Ali Abdullah Saleh, este viernes, en Saná. / Y. Arhab (Efe)

Los oscuros incidentes de Al-Awamiyah, situada en la provincia de mayoría chií Qatif, al este de Arabia Saudí la pasada semana explican el nerviosismo de la dictadura de los Saud. Disturbios callejeros protagonizados por residentes chiíes y las fuerzas de Seguridad se saldaron con 14 agentes heridos, lo que da un índice de la gravedad de unos altercados que el régimen se empeña en no calificar de sectarios al tiempo que culpa a Irán de promoverlos, fomentando así el odio interreligioso. Con este panorama regional, en Kuwait, los diputados y activistas chiíes se sienten más legitimados -representan a un 30% de la población- para protagonizar pequeñas marchas de protesta.

Bahréin se ha convertido en el país mártir de la comunidad chií: el 70% de la población, chií y gobernada por la dictadura suní de los Al Khalifa, padece una discriminación global -que afecta a su acceso a puestos de empleo y a la vivienda- que se ha multiplicado tras las manifestaciones pro democráticas: docenas de templos chiíes han sido destruidos por las autoridades, profesionales de esta confesión musulmana han sido arrestados y expulsados de sus trabajos, deportistas de élite han sido juzgados por mostrar simpatía a los manifestantes, la oposición chií ha desaparecido de los escasos órganos electos, a los universitarios les exigen firmar un documento por el cual expresan su lealtad al régimen… Irán y su socio libanés Hizbulá denuncian en público y privado el ataque contra los chiíes al tiempo que no dedican ni una palabra a la matanza de suníes sirios. Bahréin, por su parte, culpa a los chiíes desde hace décadas de pretender desestabilizar el diminuto país del Golfo -sede de la V Flota norteamericana y por tanto intocable para Occidente- y acusa a Irán de fomentar la revuelta. Y Teherán amenaza con responder: el 26 de abril, el responsable de los Basij –fuerza paramilitar iraní- Mohamed Reza Naqdi, afirmaba que “si la actual situación no nos permite implicarnos directamente en el campo de batalla, debemos cambiar las condiciones y jugar un papel protagonista en la escena”.

Para los iraníes es prioritaria la defensa del régimen sirio -junto a Irak y el grupo libanés Hizbulá, su único aliado regional- y de los manifestantes de Bahréin mientras que los saudíes intentan sostener a sus aliados por todos sus medios -incluidos los militares, como demuestra el envío de tropas del Consejo de Cooperación del Golfo a Bahréin para apoyar la represión de la dictadura suní- y afianzar sus vínculos con socios ya no tan seguros, lo que explicaría el reciente encuentro entre los muftíes egipcio y saudí en la Universidad Al Azhar de Cairo para estrechar lazos suníes.

Pero, ¿existe socialmente la brecha suní-chií o es un instrumento de los políticos para defender y acaparar poder? Durante la dictadura -Irak, Egipto y Siria son buen ejemplo- es un hecho que las poblaciones de diferentes sectas conviven en paz sin mayores problemas, y son habituales los matrimonios mixtos. En Líbano, que padeció un conflicto civil con un fuerte componente religioso entre 1975 y 1990, la convivencia no es ideal pero sigue siendo ejemplar . Muchos consideran que la unión de ciudadanos de todas las sectas religiosas durante las protestas democráticas -el mejor ejemplo fue la plaza cairota de Tahrir- demuestra que son los políticos los que amenazan la paz social azuzando de las diferencias religiosas. “Es un sólido argumento (pensar que el Consejo Militar egipcio extiende la confrontación sectaria para permanecer en el poder)”, explica Nabil Abdel Fatah, analista del Centro de Estudios Políticos y Estratégicos Al Ahram. “Hasta ahora, la seguridad del país se está deteriorando de forma incomprensible para muchos. Tengo la certeza de que el Ejército explotará ese deterioro para quedarse en el poder durante mucho tiempo”.