"O estás con el régimen o estás contra él"

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Los cadáveres de Ghazi Zeib y Raja Baqquer, durante la autopsia. / Mónica G. Prieto

HOMS (SIRIA).– En la casa de Iyad al Zeib, una habitación ha sido improvisada como morgue para sus padres. Abu Suleiman se afana limpiando los cadáveres de los dos ancianos acribillados, para determinar qué heridas causaron sus muertes. En el cuerpo inerte de Ghazi Zeib, de 63 años, ha contabilizado cinco disparos de kalashnikov, tres en el de su esposa Raja Baqquer, de 68 años. Pero el doctor que realiza la autopsia considera que la causa de la muerte de Ghazi fue una contusión en el cráneo que le ha dejado una notable fractura.

El olor de los cadáveres, que tardaron tres días en ser recuperados de la casa donde se produjo el crimen, en su villa de las granjas que rodean Baba Amr, provoca el vómito de uno de sus hijos, que asiste al médico forense, pero el hombre se recupera y vuelve al lado del doctor. Todo con tal de poder celebrar el entierro cuanto antes.

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La muerte de esta familia de notables, de las más importante de Baba Amr, no es una más de las 44 que se ha cobrado la terrible ofensiva lanzada entre el viernes y el domingo en el barrio de Homs. Tampoco fue, a diferencia del resto, un ataque indiscriminado de los incontables que ha llevado a cabo el régimen de Bashar al Assad contra su población civil desde el inicio de la revolución que exige el final de la dictadura.

Ghazi al Zeib fue durante ocho años la figura más importante del partido Baaz, la formación en el poder en Siria, en Homs. Profesor de árabe, siguió hasta el final de sus días siendo miembro del Comité Central del Partido. Pero desde el inicio de la revolución, este anciano se distanció del régimen. Llamó al diálogo y denunció que los manifestantes de Homs eran civiles y no terroristas, como clama la dictadura, y cuando el régimen hizo oídos sordos optó por encerrarse en su casa, con su esposa, para no sentirse partícipe de los crímenes.

“El régimen le dio un mensaje claro: o estaba con ellos o estaba contra ellos”, explica su hijo mayor, Iyad, un abogado dispuesto a llevar el asesinato de sus padres ante los tribunales internacionales. “Él rechazó ponerse del lado de la dictadura, y eso les costó la vida”. El 23 de diciembre, cuando comenzó la última ofensiva siria contra la ciudad de Homs y en concreto contra el barrio de Homs, los carros de combate tomaron posiciones en las granjas donde vivía la pareja. La zona se convirtió en área militar, y la entrada y salida fue impedida por los morteros y los disparos de ametralladora pesada que se abatían contra cualquiera que intentara penetrar en el barrio.

“Ese mismo día, las fuerzas de Seguridad fueron cuatro veces a su casa”, continúa Iyad. “Le pidieron que entregara a sus hijos para interrogarnos, acusados de participar en las manifestaciones, y él se negó. Les dijo que si nos entregaba, nos encontraría muertos. A las cuatro de la tarde de aquel viernes, llegaron tres vehículos civiles con shabiha [la milicia civil del régimen] acompañados de dos carros de combate. Tomaron posiciones en frente de la casa, entraron y abrieron fuego con fusiles de asalto. Luego arrastraron los cuerpos a una habitación interior y prendieron fuego al coche y al salón de la casa. Y se marcharon”, explica el abogado con expresión impotente.

En el hospital de campaña de Baba Amr, el doctor Abu Berri atiende a dos heridos por la explosión de una pieza de artillería contra una casa de este barrio de la ciudad de Homs. / Mónica G. Prieto

Los hijos supieron por las llamadas de los vecinos que habían atacado la casa. “No podíamos llegar hasta ellos, cuando nos acercamos nos dispararon, así que no sabíamos si estaban vivos o muertos. Pero hubo un hombre valiente que en la noche intentó llegar, arrastrándose por el suelo entre las posiciones militares. Alcanzó la casa y encontró los cadáveres. Hasta ayer por la noche, cuando los bombardeos cesaron, no pudimos rescatarlos. Los militares apostados en la zona estaban esperándonos para matarnos y decir que habíamos sido víctimas de terroristas”.

La última bofetada para la familia Al Zeib vino del régimen un día después. Uno de sus portavoces anunció en la televisión oficial el asesinato “a manos de terroristas” del prominente miembro del Baaz y de su esposa, y anunció que el Gobierno había celebrado un funeral oficial. Lo cuenta Iyad a unos metros de donde yacen los cuerpos sus padres acribillados, con evidente desdén. “¿Cómo se pueden atrever a mentir así? Solo un día después pudimos rescatar sus restos, ¿cómo pueden decir que les han enterrado?”

El empeño de Iyad por llevar el crimen ante los tribunales internacionales sería compartido por la población de Baba Amr si tuvieran los mismos medios y conocimientos que el abogado. Han sido muchos los crímenes contra civiles cometidos en sus calles, antes y después de la furiosa ofensiva con la que el régimen pretendió tomar el barrio, protegido por soldados desertores del Ejército Libre de Siria.

A diferencia de las anteriores, donde los disparos contra civiles con ametralladoras pesadas y los francotiradores eran frecuentes pero los bombardeos esporádicos, las jornadas que transcurrieron entre el 23 y el 26 de diciembre fueron de una violencia salvaje e indiscriminada. La artillería pesada se abatió contra las casas del abigarrado barrio de Homs matando a 44 personas y provocando heridas a más de 200 personas. Un bombardeo que no distinguió entre adultos o niños, entre mujeres y varones, entre los desertores que impiden la entrada del Ejercito y los civiles que, aterrorizados, sobreviven en plantas bajas, alumbrados con candiles, sin ni siquiera pan y en un verdadero estado de terror.

En una de esas casas, cuatro mujeres y cinco niños llevan sin salir tres días de una sala interior. En la planta de arriba dormían varios hombres. Ellos murieron en el impacto directo de una munición de tanque contra la casa; otros fallecieron en la calle y en las casas adyacentes por el efecto de la explosión: en total, 11 personas perdieron la vida. Cuando fueron evacuados, restos humanos y charcos de sangre plagaban la calle junto a los restos del proyectil. A la mañana siguiente, aún seguían allí.

Escenario del ataque contra una vivienda de Baba Amr en el que perecieron 11 personas. / Mónica G. Prieto

“Esto está siendo una matanza”, decía Leila, enfermera del hospital de campaña del barrio, el único que aporta ayuda médica al barrio sitiado. “Cada noche me acuesto sin saber si al día siguiente podré despertarme con vida. Cuando cocino, me sorprendo pensando si tendré tiempo de ingerir esos alimentos”. En la improvisada clínica, el personal se alimenta cuando puede y de lo que puede: quesitos, aceitunas, conservas y restos de pan duro, mero reflejo de la situación general. “El pan se acabó el sábado. El domingo intentó entrar un camión con pan: el Ejército se lo impidió”, explica Leila, algo confirmado por varios residentes. Eso explica que el lunes, cuando el Ejército alivió el cerco para dar su versión de la realidad ante los observadores de la Liga Arabe, algunos vecinos de otros barrios de Homs desafiaran a los francotiradores entrando en el barrio con sus maleteros cargados de pan.

“Cuando he llegado y lo he abierto, unas 300 personas se han congregado ante el coche para recibir un poco de pan”, explicaba Abu Omar, un residente del barrio de Inshaat que, a primera hora del lunes, llegaba al sitiado Baba Amr. “Calculo que sólo tenía un 10% de posibilidades de llegar con vida por los francotiradores, pero tenemos que ayudar al barrio”. Todo Homs ha padecido el cerco contra su barrio mártir con angustia: en algunos distritos como Jaldiyeh o Duma se celebraron manifestaciones en solidaridad con sus vecinos bombardeados por su propio Gobierno, pese al riesgo de ser abatidos por los francotiradores apostados en los tejados de la ciudad.

Cuando esta periodista logró abandonar Baba Amr, de forma tan clandestina como entró, pudo observar cómo en los accesos al barrio han sido excavadas profundas trincheras por el Ejército –“13 kilómetros, todo el perímetro ha sido excavado”, le explicó su acompañante– para evitar que ningún tipo de vehículo pueda sortear el cerco. Eso deja a la población a merced del asedio militar, sin medicinas ni alimentos, a la espera de lo peor.

Los carros de combate que rodean Baba Amr han sido reposicionados, pero no han desaparecido. Siguen asediando este barrio de Homs, según sus residentes a la espera de que la delegación de la Liga Arabe abandone la ciudad siria. “Nos preparamos para lo peor”, decían los activistas que documentan los crímenes del régimen de Bashar Assad con sus cámaras de vídeo. “Intentarán entrar de nuevo, porque no pueden admitir que sigamos saliendo a las calles a pedir libertad”.

Sólo la posibilidad de una matanza de centenares, sino miles, de personas parece disuadir al régimen de tomar esta medida contra Baba Amr. La tenebrosa expectativa no mina ni un ápice la voluntad de seguir exigiendo sus derechos porque, como explica Safa, una de las residentes, “ya no hay vuelta atrás: si dejamos de salir a las calles, si les dejamos entrar en el barrio, nos arrestarán y nos matarán. Estamos dispuestos a morir pidiendo libertad”.

5 Comments
  1. RqR says

    Impresionante relato y testimonio valioso sobre crímines de guerra. Este es el buen periodismo. Gracias, Mónica por jugarte la vida contra el terror y el crimen de los mandatarios sirios. Y cuidate mucho.

  2. celine says

    Un gran trabajo, Mónica, que deja claro lo que está sucediendo a los ojos de todo el mundo sin que los que pueden pararlo hagan nada. Tu testimonio deja en un alto lugar la buena práctica periodística.

  3. jvrgarrido says

    Creo que el clima que reina en Siria es de una confusión sin precedentes. Tengo la impresión de que los servicios secretos occidentales llegaron hace tiempo a la conclusión de que las guerras se ganan y se pierden sobre todo en la opinión pública y nos están preparando para algo gordo en la zona tensando la cuerda al máximo. El carácter dictatorial del régimen sirio está fuera de toda duda. Ahora bien, las listas de víctimas civiles son falsas a todas luces, sobre el terreno hay islamistas y ejércitos privados muy bien organizados. Asad es un dictador, pero lo que está intentando derrocarle es mucho peor. Como en el caso iraquí, la existencia de una dictadura no justifica la intervención de las potencias occidentales. Que empiecen no vendiendo armas a régimenes dictatoriales o enviando observadores también a monarquías como la saudí o la catarí. Entonces me creeré algo. Mientras, aunque sea la única persona en Europa, me negaré a aceptar que los que quieren derrocarle son ongs humanitarias preocupadas por los civiles. Brillante testimonio, pero contextualizemos los hechos y no nos aceleremos o tendremos a los talibanes repartiéndose el territorio – y el tráfico de heroina – con la CIA.

  4. Raúl Feranández Justo says

    De nuevo asistimos a una aventura periodística de alto riesgo para la autora. Mónica G.Prieto nos trae la crudeza de una realidad apenas intuida por los circuitos periodísticos internacionales. El periodismo de guerra en este siglo XXI,lleno de tecnologías punta que informan al segundo en cualquier lugar del mundo,se queda en un mero ejercicio de retórica de salón sin aportaciones tan notorias como la que hoy tenemos el privilegio de leer en este espacio.La pasión, el riesgo personal, la inteligencia, el análisis, los documentos gráficos, la lucidez y la objetividad se dan cita hoy ante este artículo memorable de Mónica G. Prieto. Labor invaluable y generosa nunca bien apreciada por la sociedad(destinataria última de esfuerzo tan encomiable).Mis respetos y mi gratitud ante un trabajo tan excepcional.

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