"Nos faltan hasta analgésicos"

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Pacientes, a la espera de su turno para ser atendidos en el hospital de la ONG Bashayer en Trípoli. / Mónica G. Prieto

TRÍPOLI (EL LÍBANO).– A simple vista, el hospital de la ONG Bashayer en la ciudad libanesa de Tripoli podría pasar por un edificio residencial más si no fuese por la enorme afluencia de pacientes que deambula por la entrada y la callejuela de acceso, en el barrio ultraconservador suní de Abi Samra. La mayoría busca atención médica y los menos acuden a visitar a familiares o conocidos hospitalizados en el centro, un antiguo edificio de apartamentos reconvertido en centro médico gracias a la ONG local.

El único acento que se habla en el hospital es el sirio, y en ello radica precisamente la singularidad de esta clínica: se fundó para atender a los refugiados sirios en el Líbano, repudiados por un Gobierno que sólo hace unos meses admitió su presencia para no perjudicar la alianza de algunos de sus grupos políticos con el régimen de Damasco.

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En cualquier otro centro médico libanés, los civiles sirios deben pagar los costes del tratamiento. Salvo en el Hospital Bashayer, fundado por el director, Hashem Suleiman, como una simple clínica móvil cuando acudía cada día a la frontera siria para buscar a quienes la cruzaban y necesitaban atención médica. "Podemos decir que la ambulancia era mi coche, donde llevaba medicamentos. Recogía a los heridos en la frontera y los trataba como podía", explica.

Imagen del equipo médico con que cuenta el hospital. / M. G. P

El número de pacientes no pasaba entonces la decena diaria, nada que ver con la situación actual. Las consultas del hospital admiten a diario a "entre 400 y 500 personas", explica Amir, uno de los doctores. "Hacemos entre cinco y seis operaciones diarias, de forma totalmente gratuíta", añade el doctor Ghazi Aswad. "Y no tenemos nada. Empieza a escasear la anestesia, los analgésicos, las medicinas infantiles, los broncodilatadores, incluso las vías o las vendas. Vivimos de donaciones de sirios en la diáspora, en América Latina, Canadá, Arabia Saudi, y eso no es suficiente. La comunidad internacional promete mucho pero no hace nada", lamenta este sirio-francés que abandonó hace dos años su residencia en Europa -20 años de vida en Francia- para regresar a su región natal y ayudar a "la revolución" de la forma que puede.

Corpulento y sensible, Ghazi ha decidido dedicar su vida al levantamiento sirio contra la dictadura. "¿Cómo voy a ser indiferente? No soy una pared", aduce. Natural de Hama, explica que el 30% de su familia fue aniquilada en la ofensiva del padre del actual presidente, Hafez al Assad, contra la villa suní entre finales de los años 70 y 1982, cuando el régimen baazista lanzó su maquinaria militar contra la ciudad de las norias aduciendo que grupos próximos a los Hermanos Musulmanes que se habían hecho fuertes. El se marchó con 14 años, durante la ofensiva, para exiliarse en Europa. "El 60% de Hama fue aniquilado. Teníamos pendiente acabar esta revolución desde hace 40 años".

El doctor sabe de lo que habla. Abandonó Francia para trasladarse a Homs en 2011, cuando la ciudad suní, cercada y bombardeada por el Ejército sirio, se convirtió en símbolo del martirio de la revolución siria. "Trabajé más de 12 meses en el hospital de Al Bur de Homs, y allí lloraba lágrimas de sangre. Varias veces entraron soldados y shabiha en la clínica: doblaban las vías de los pacientes. Cercaban la clínica, y muchas veces se llevaban pacientes de la sala de operaciones. Allí vimos atrocidades indescriptibles. Podría escribir una enciclopedia sobre el horror. Estoy petrificado tras comprobar lo terrible que puede ser el ser humano".

Para el facultativo, lo peor de su experiencia de Homs fue "atender a los bebés, recibir a niños destrozados por la metralla y verme obligado a amputarles para que vivieran". Tras ella regresó a Francia, pero hace tres meses decidió volver al Líbano para acercarse a las víctimas del conflicto y dedicarse de forma voluntaria a su recuperación. "¿A dónde voy con 57 años? Nosotros somos unos cobardes, quienes están haciendo la revolución por nosotros son jóvenes de entre 15 y 25 años".

Una parte de la actividad del centro se dedica a detectar la violencia contra las mujeres. / M. G. P.

En el Líbano queda mucho por hacer. Los 15 médicos -dos sirio-franceses y un sirio-alemán entre ellos, llegados con la misma voluntad que Aswad- y 8 enfermeros del centro trabajan 24 horas al día, en consultas de diversas especialidades, entre ellas medicina interna, cardiología, pediatría y ginecología, sobre todo entre las refugiadas embarazadas que acuden al hospital. "Solemos recibir unas 50 embarazadas por día, y dos o tres de ellas suelen admitir que han sido violadas", subraya el doctor Ahmed Abed, un facultativo que ejerce las funciones de portavoz. "Hace poco recibimos a una joven que no quería confesar a su familia que estaba sangrando: había sido violada y había quedado embarazada, pero no quería contarlo porque está casada", señala el director del centro.

"El abuso sexual es un tabú en nuestra sociedad, pero al verse en manos de profesionales son muchos quienes relatan haber sufrido todo tipo de brutalidad". Ghazi Aswad pide a uno de los enfermeros que traiga el único ordenador portátil del que dispone la clínica, según afirman. Un vídeo muestra una operación quirúrgica en el cuerpo de un bebé de pocos días, con un orificio en la pierna, a la altura del tobillo, que parece haber sido causado por metralla. Otro revela el cuerpo de una mujer con graves lesiones: los médicos explican que fueron causadas por el uso de la electricidad durante un interrogatorio. "Estimamos que un 30% de los heridos que llegan han sido torturados", aduce Abed. "Ahora mismo estamos tratando a una mujer torturada a la que arrancaron la piel", prosigue el médico.

El doctor Ghazi Aswad abriendo la nevera donde guarda los medicamentos y el desayuno. / M. G. P.

El centro consta de unas pocas habitaciones. La cocina ha sido habilitada como laboratorio médico y en la nevera los restos del desayuno conviven con los medicamentos que requieren refrigeración. "Nuestras necesidades son ingentes", subraya desbordado el doctor Hashem. "Somos los únicos que estamos distribuyendo transfusiones de sangre para tratar la talasemia", pone a modo de ejemplo. En una habitación próxima, una refugiada proveniente de Latakia explica que eso es precisamente lo que la lleva al hospital cada tres semanas, dado que su hijo padece la enfermedad. "Intentamos que las estancias de los pacientes sean lo más cortas posibles para economizar gastos: no tenemos dinero para todo", señala Ghazi Aswad señalando una segunda cama vacía.

Un niño, tratado de talasamia en el hospital. / M. G. P.

La labor filantrópica del Hospital Bashayer se ha difundido mediante el boca a boca a todo el Líbano. Refugiados asentados en ciudades tan distantes como Sidon o Beirut se trasladan a Trípoli en busca de tratamiento, lo cual se traduce en un incremento de pacientes que desborda a los voluntarios que atienden la clínica. "No tenemos fondos suficientes. Cuando abrimos la clínica, hace tres meses, llegaban entre 20 y 30 pacientes diarios: ahora son entre 400 y 500", afirma el doctor Amir. "Nos hacen falta personal y medios. No queremos dinero, queremos que nos lleguen medicinas y recursos", interviene Aswad.  "Lo peor es cuando los pacientes ven por televisión que la comunidad internacional promete más ayudas y nos piden más: si les decimos que no tenemos más con qué ayudarles, nos escupen a la cara", recalca Amir.

"Somos completamente transparentes. Si alguien nos puede ayudar, le podemos dar la lista de qué nos falta para que nos lo suministre", continúa Aswad, con escaso optmismo. "Me gustaría saber qué le ha hecho Siria al mundo. Debe ser que no tenemos petróleo ni uranio como Mali. Acabaremos nosotros con ésto, pero le digo una cosa: harían falta 10 Nurëmbergs para juzgar al régimen de Bashar Assad por sus crímenes".

2 Comments
  1. Llorente says

    Se echa de menos un enlace de la ONG o alguna dirección para los interesados en hacer llegar la ayuda que reclaman.

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