La guerra siria también se libra en el Líbano

Vista desde Al Qasr de la presa del río Orontes, ya situada en el lado sirio de la frontera. / M. G. P.

AL QASR (FRONTERA LIBANO-SIRIA).– La línea imaginaria que separa Siria del Líbano no sería perceptible de no ser por los flamantes todoterrenos sin matrícula que patrullan la frontera. Los cristales tintados impiden ver cuántos hombres circulan a bordo de los mismos, hasta que la presencia de un coche desconocido les hace dar bruscamente el alto. Entonces asoman sus rostros sombríos: tras reparar en la presencia de un miembro del clan Jaafar a bordo, sonríen, se relajan y se despiden oscilando la mano. “Están patrullando”, aclara Ahmed Jaafar, cuya mirada escruta inquieta los movimientos del otro lado de la presa del río Assi (Orontes), ya situada en territorio sirio. “Nosotros somos los únicos que nos encargamos de la vigilancia de la frontera”.

El hecho de que sean civiles armados quienes ‘vigilen’ la demarcación en la remota región libanesa de Hermel, una provincia chií dominada por tradiciones ancestrales y leyes tribales, mientras dos soldados dormitan en sendas casetas militares es un signo explícito de quién controla esta zona limítrofe y esta provincia, considerada feudo de Hizbulá. El último puesto de control del Ejército libanés quedó kilómetros atrás, en la provincia de Bekaa, concretamente en la localidad de Labweh, escenario de secuestros sectarios que hacen temer un contagio del conflicto sirio en tierra libanesa.

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Aquí, en el lejano Hermel, no se aplican las reglas ni las prioridades del resto del país. Al Qasr es un pueblo de mujeres y niños, muchos de ellos refugiados procedentes de Siria, donde los hombres se turnan para atravesar la frontera y combatir contra los rebeldes suníes en lo que ellos consideran legítima defensa. También es un inquietante recuerdo de Siria y del potencial de desestabilización que tiene la guerra civil sobre el Líbano, dado que a pocos kilómetros al este, la localidad suní libanesa de Ersal se ha convertido en la némesis de Al Qasr: allí quienes combaten son suníes y, su principal objetivo, son los simpatizantes de Hizbulá que, según les acusan aquéllos, protegen con sus armas la dictadura de Bashar Assad.

“Nos atacan los salafistas y los miembros del Ejército Libre de Siria. Ya son cinco las veces que nos ha bombardeado el ELS [Ejército Libre de Siria]: la última, hace unos 20 días”, se removía la pasada semana en su asiento Ahmed Jaafar, miembro de uno de los clanes más temidos del Líbano y portavoz de la familia chií en esta localidad de Hermel, la provincia libanesa donde se concentra la mayoría de la tribu. En realidad, era la penúltima: la última fue ayer, domingo, cuando rebeldes sirios bombardearon con cohetes las villas de Al Qasr y Hosh Sayyed Ali matando a dos personas, entre ellas un niño, y causando cuatro heridos y numerosa destrucción material. En este vídeo, los miembros del ELS confirmaban que su objetivo era «Hizbulá en el Líbano», un presagio de cómo se puede extender la guerra que se libra en Siria. Las muertes arrebatadas, en el valle de Hermel, siempre se cobran con más vidas humanas.

Según Ahmed Jaafar, unos “600 o 700” hombres libaneses han reforzado a sus familiares del lado sirio de la frontera “a modo de defensa personal. Antes había Ejército [sirio], pero ahora están ocupados y su presencia es tan pequeña que nos hacemos cargo nosotros de la defensa de nuestras localidades”.

Se refiere a 13 aldeas libanesas chiíes que, tras el Acuerdo Sykes Picot que dividió Oriente Próximo, quedaron en territorio sirio con 30.000 ciudadanos libaneses en su interior. Pese a vivir gobernados por Siria, sus habitantes son libaneses, no esconden sus abiertas simpatías por Hizbulá [socio regional de la dictadura de Damasco] y se alzaron en armas hace más de un año para “defender nuestras casas” de los rebeldes suníes. “Estamos asistiendo a una limpieza étnica de chiíes”, dice Ahmed ante el asentimiento de sus familiares. “El primer año, hacíamos vida normal. Hubo una revolución, la gente tenía derecho a exigir sus derechos. El problema llegó cuando los salafistas, que crearon una guerra civil y étnica, intentaron meterse en nuestras aldeas”.

Ese fue el momento en el que las familias que residen en las aldeas fronterizas chiíes –unas 50 familias, según los cálculos de Ahmed Jaafar- enviaron a las mujeres y los niños del lado libanés de la frontera para alzarse en armas. “Hacemos relevos a diario. La idea es tener 30 hombres apoyando las posiciones que ya existen en cada aldea”, detalla. “Si hay un problema puntual, podemos movilizar hasta a 20.000 hombres”, prosigue, sentado con las piernas cruzadas, mientras consume su cigarrillo entre grandes caladas. Jaafar recuerda que su clan controla una franja de terreno que intenta abarcar con un vasto movimiento del brazo. “Desde la frontera siria hasta Akkar: 65 kilómetros de ancho por 40 kilómetros de largo”. Según el patriarca del clan, Yasin Jaafar, la familia está compuesta por 50.000 hombres en todo el Líbano –y unos cientos en territorio sirio, en las 25 aldeas en disputa- que pueden ser movilizados de sentirse amenazados. La mayor parte está armada, y algunos están vinculados a actividades ilegales como el tráfico de drogas, lo cual ha generado un aura de temor hacia el clan en el Líbano: aún se recuerda la venganza tras la ejecución de uno de sus miembros, tras una emboscada militar, que acabó con la muerte de los cuatro uniformados implicados.

En los combates que se libran en territorio sirio, entre 7 y 8 miembros de los Jaafar han perdido la vida, según admite Ahmed. Son, al menos, decenas los combatientes chiíes que han perecido en suelo sirio a juzgar por los funerales que se celebran en el país del Cedro: los últimos murieron en Quseir, situada a sólo 12 kilómetros de Al Qasr, reducto del ELS y donde activistas y combatientes denuncian la presencia de milicianos de Hizbulá en apoyo del régimen. Sin embargo, la política oficial de Hizbulá habla de ‘disociación’ de la guerra siria, una vaga definición que pretende alejar al movimiento chií libanés del conflicto sectario que devora el país vecino pero en el que, al mismo tiempo, se ha implicado activamente. El secretario general, Hassan Nasrallah, ha admitido que simpatizantes de su movimiento están combatiendo en Siria “a título personal” al ser residentes de las citadas aldeas chiíes y rechaza que el Partido de Dios intervenga en la guerra siria, aunque son cada vez más los testimonios que señalan una implicación militar masiva: el último, el retorno del cadáver de un combatiente de Hizbulá presuntamente muerto en la mezquita de Saida Zeinab, un venerado santuario chií de Damasco que se presume estar siendo defendido por la milicia libanesa. Según el secretario general del Partido de Dios,»hasta el momento no hemos luchado junto al régimen sirio. No nos ha pedido que lo hagamos. Si llega el día en que nuestra responsabilidad nos exige luchar en Siria, no vamos a ocultarlo»

De unos 50 años, Ahmed se declara miembro de Hizbulá “con el corazón” pero asegura no estar siguiendo instrucciones del partido al tomar las armas. “Ayudamos a nuestros vecinos y familiares del otro lado de la frontera a defenderse con las armas que siempre hemos tenido”, señala Ahmed Jaafar. Su cuñado, de la familia Nasseridin –también presente y activa militarmente en las aldeas libanesas de Siria-, señala que las armas pesadas “aún siguen guardadas”.

Hassan Nasrallah, en un discurso televisado tras el asesinato de Imad Mugniyah. / Mónica G. Prieto

Ali Jamal, más conocido entre los suyos como Abu Mohamed, sí admite estar siguiendo las órdenes del movimiento de Nasrallah. Este agricultor de 39 años nació en Zeita, una de las 25 villas libanesas que quedaron del lado sirio, y allí ha transcurrido toda su vida: sin embargo, muestra con orgullo sus carnés libaneses, desde el DNI hasta la tarjeta militar que certifica en sirvió en las Fuerzas Armadas del Líbano. “Los hombres atravesamos la frontera por turnos para pasar el día con nuestras familias en Líbano y regresamos por la noche a vigilar. Mi problema es que soy miembro de Hizbulá y Hizbulá me pide que sólo me defienda: si no, combatiría con el régimen”, afirma en el amplio patio de la casa que, asegura, ha sido cedida por Hizbulá para él y los suyos así como otras tres familias de refugiados. “Las instrucciones que nos han dado son no meternos con nadie: si nos atacan los salafistas podemos defendernos; si no lo hacen, no podemos atacarles”.

“El problema no son los sirios, sino los extranjeros”, dice Ali Jamal ante la mirada atenta de tres mujeres de la familia, que escuchan recostadas en la pared, a una distancia prudencial de los hombres. El hombre explica que en Zeita, con una población de 1.200 personas, hoy hay entre 500 y 700 combatientes, entre ellos un centenar de suníes a los que sólo les mueve la defensa de sus casas. “Comemos juntos, vivimos juntos, combatimos juntos… Si una de las aldeas se siente amenazada, los combatientes acudimos unidos en su defensa”, prosigue el agricultor libanés residente en Siria. Afirma que, en su aldea, unos 35 combatientes han muerto. También que los peores combates duraron tres días y les enfrentaron contra la localidad de Sarja, “tomada por los salafistas”.

Las fuertes explosiones sacuden la tierra a medida que avanza la conversación en esta casa rural de Al Qasr, situada a apenas dos kilómetros de la frontera. Abu Mohamed se levanta y señala los arañazos dejados por la metralla en el edificio. Es el resultado de uno de los proyectiles lanzados por el ELS contra Al Qasr, alcanzada por ataques de los rebeldes sirios en al menos dos ocasiones este año. Previamente, responsables del ELS habían amenazado con atacar a Hizbulá en territorio libanés en respuesta a su intromisión a favor del régimen, pese a que la potencia militar del Partido de Dios chií es indiscutible en el interior del Líbano. Ahora, la guerrra entre suníes y chiíes parece librarse a golpe de secuestro entre los habitantes de Hermel y los de Ersal, la localidad suní enclavada en la marea chií de la Bekaa, vía natural entre Quseir y Líbano, donde se hace progresivamente fuerte el ELS. Allí también hay bombardeos procedentes de Siria, sólo que son responsabilidad del régimen, que dice tener como objetivo a combatientes y traficantes de armas. Los ataques con proyectiles sirios en suelo libanés también afectan a la norteña provincia de Akkar, en una ampliación del conflicto sirio en Líbano.

“[Hermel y Ersal] son una zona de conflicto constante”, explica el periodista libanés Ali Al Amine. “El conflicto no cesará aquí. El ELS ve Hermel como la puerta de entrada de Hizbulá en Siria, y Hizbulá y el régimen de Damasco ven a Ersal como puerta de entrada para los combatientes anti-régimen”. Por el momento, el conflicto sectario se dirime a golpe de secuestro: tras la captura de un miembro del clan Jaafar en Ersal –del que la tribu culpa a los residentes de la localidad suní, si bien parece que fue ejecutado por grupos radicales islamistas relacionados con la guerra siria-, los Jaafar respondieron con una decena de capturas a las que siguieron varias liberaciones. En plena negociación para poner fin a la crisis, el pasado martes otros tres miembros de la tribu Jaafar eran secuestrados por residentes de Bireh, en la provincia de Akkar, en una nueva vuelta de tuerca del conflicto. No es la primera crisis de secuestros en esta región: el año pasado, la captura de un Jaafar en territorio sirio fue replicada con 25 secuestros de ciudadanos sirios. Terminaron siendo intercambiados.

En su residencia beirutí, el líder del poderoso clan chií, Yasin Jaafar, afirma estar haciendo delicados malabarismos para evitar que la tensión lleve a mayores. “Nuestros secuestros son una reacción a sus secuestros”, asevera. “Si hubiese un Estado real en el Líbano, si funcionasen las instituciones, no tendría que preocuparme de estas cosas”, añade el hombre, original de Hermel, ante la atenta mirada de su familia y asistentes. Yasin Jaafar desvela que tanto Hizbulá como Mustaqal –principal facción suní del Líbano- le han pedido que haga esfuerzos para contener a su familia y evitar así que se propague el conflicto entre chiíes y suníes. “Hay una voluntad política de prevenir la fitna [enfrentamiento religioso]”, añade. “Si quisiéramos un conflicto sectario mandaríamos a miles de hombres a Ersal”, señala Ahmed Jaafar desde la residencia de su hermana en Al Qasr.

Es difícil saber si los miembros del poderoso clan en el valle de Hermel se sienten más obligados por las órdenes que imparten sus líderes o por las instrucciones de Hizbulá. “Yo haré lo que me pida Hizbulá. Cualquier cosa, menos retirarme de mi tierra”, aduce Abu Mohamed mientras los ecos de la artillería resuenan frente a su casa. “Si me pide que muera, lo haré, pero en mi tierra. Y si en cualquier momento Bashar nos pide que le defendamos, lo haremos hasta la muerte”.