Un doble coche bomba contra mezquitas suníes tensa la cuerda sectaria en Líbano

El momento, el lugar y el objetivo de los atentados parecían cuidadosamente pensados para detonar una guerra civil que, para muchos, ya es inevitable. Viernes, día de oración, frente a dos mezquitas suníes donde en ese preciso momento oficiaban sendas ceremonias dos de los jeques salafistas más conocidos por su visceral oposición al régimen sirio y a la participación de Hizbulá en la guerra vecina. Cuando estaba terminando el rezo, estalló el caos. Dos fortísimas explosiones, separadas por un intervalo de minutos, convirtieron dos céntricas avenidas en un escenario de guerra: coches ardiendo, cadáveres calcinados, restos humanos y enormes destrozos materiales que sobrecogieron al Líbano por segunda vez en ocho días. El jueves de la pasada semana, se vivía la misma escena en el principal distrito chií de Beirut, en un amargo anticipo de lo que puede extenderse en el país del Cedro.

Los coches bomba que ayer asolaron la ciudad libanesa de Trípoli -considerada la capital suni del país- mataron, según declaraciones del alcalde de la ciudad, Nader Ghazal, a unas 50 personas y provocaron heridas a 350. Sólo en un centro sanitario, el Hospital Islámico, se encontraban a la hora de escribir esta crónica 17 cadáveres. El atentado doble de ayer superaba así el macabro record del atentado en Dahiyeh, que con 30 muertos y 300 heridos se había convertido en el más trágico de la última década: el magnicidio del ex primer ministro Rafic Hariri, en 2005, se cobró la vida de 22 personas. Sorprende esta vez el hecho de que hayan sido dos automóviles trampa, algo inusual en el patrón libanés y que revela la voluntad de desencadenar un enfrentamiento civil. Según el ministro en funciones de Interior, Maruan Charbel, el coche bomba que estalló frente a la mezquita Al Salam llevaba 100 kilos de explosivos.

El primer vehículo fue detonado en el exterior de la mezquita Al Taqwa, donde en ese momento se encontraba el jeque Salim al Rifai, uno de los clérigos salafistas que ha llamado a la yihad en Siria para defender a la comunidad suní. Tanto él como Bilal Baroudi, que oficiaba la oración en la mezquita Al Salam, resultaron ilesos y participaron posteriormente en una reunión de urgencia con las autoridades para tratar de controlar la tensión emergente.

“Fue como un terremoto, toda la ciudad parecía estar temblando”, explicaba Nada Fallah, una vecina del barrio donde estalló el segundo automóvil, en declaraciones a la prensa local. El conocido tuitero libanés Mustafa Hamoui (@beirutspring), de vacaciones en Trípoli –su ciudad natal- también tiene su residencia familiar en la calle Maarad en las proximidades de la mezquita Al Salam, situada en uno de los barrios más acomodados de Trípoli: los daños en la vivienda eran visibles en las fotografías que difundió pese a que, según aclaró, reside en un décimo piso. En la calle Maarad también residen personas de la talla del general Ashraf Rifi, ex responsable de las Fuerzas de Seguridad Interior libanesas –que habría resultado herido leve, según medios como Nowlebanon– o el primer ministro en funciones Najib Miqati, que se encontraba fuera del país en el momento del ataque.

Las columnas de humo producidas por las dos explosiones que cubrían el cielo de Trípoli parecían una turbia señal de los tiempos que se avecinan. Hombres armados salieron brevemente a las calles para encontrarse con un fuerte dispositivo del Ejército. Según algunos residentes de Trípoli, algunos milicianos llegaron a disparar en dirección a los uniformados sin provocar víctimas. En un ejemplo de lo acontecido, Mustafa Hamoui relató cómo terminó con sus hijos agazapado en un pasillo, el único lugar sin ventanas de su casa, para evitar los disparos.

El malestar de la comunidad suní hacia el Ejército nacional, al que consideran próximo a Hizbulá, se intensificó ya el pasado mes de junio, cuando otro clérigo salafista y contrario al Partido de Dios, Ahmed Assir, se hizo fuerte con su milicia en la ciudad sureña de Sidón y lanzó un ataque contra las Fuerzas Armadas que se saldó con decenas de muertos, entre ellos una veintena de soldados, y cientos de heridos en tres días de combates. En los enfrentamientos, el Ejército fue asistido por Hizbulá, algo que la comunidad suní, enfrentada con los chiíes a raíz de la guerra siria, no perdona.

La tensión sectaria lleva meses poniendo al Líbano contra las cuerdas. Con las heridas de la guerra civil aún abiertas y la cerrazón de la clase política, incapaz siquiera de pactar un Gobierno de unidad nacional que rebaje la crisis, de celebrar elecciones o de renovar mandatos institucionales claves para la estabilidad, atentados como el de ayer tienen un potencial inflamatorio extremo. Si los jeques Rifai y Baroudi hubiesen engrosado la lista de víctimas, es indudable que las milicias habrían tomado las calles de Trípoli y posiblemente habrían amenazado con las armas al barrio alauí de Jabal Mohsen, cuyos residentes son fieles al régimen de Bashar Assad y a Hizbulá y suelen enfrentarse con las armas contra el barrio suní de Bab al Tabbaneh. Asimismo, si se extienden los enfrentamientos con el Ejército, la última institución del Líbano a salvo de la división confesional, el futuro del país estará en entredicho.

La presencia directa del Partido de Dios en Trípoli es minoritaria, pero dispone de aliados locales que pueden ser objetivo de represalias por el ataque de ayer. Como el resto de la clase política, Hizbulá condenó el doble ataque afirmando que éste “es parte de un plan criminal destinado a plantar las semillas del enfrentamiento entre los libaneses y arrastrarles a la guerra bajo la bandera del confesionalismo y el sectarismo”, afirmó en un comunicado. Si bien lo más sencillo resultaría pensar en su implicación, no parece probable que esté en el interés del partido chií un enfrentamiento civil en Líbano ahora que participa en dos frentes: Siria e Israel. En el primero, participa activamente con miles de combatientes desde el principio de la represión y, especialmente, desde la ofensiva del régimen contra la provincia de Homs; el segundo siempre está abierto: ayer mismo, Israel atacaba Naameh, al sur de Beirut, en respuesta a los proyectiles lanzados la víspera desde suelo libanés contra el norte de Israel sin causar víctimas. Responsables del FPLP-CG, el grupo armado palestino de Ahmed Jibril, admitieron que el objetivo era una de sus bases militares.

Indudablemente, alguien está interesado en provocar un nuevo conflicto civil en el Líbano, y éste se deja arrastrar rehén de sus odios religiosos, sus divisiones políticas, la nefasta influencia de los padrinos regionales y sus propias deudas de sangre. Hace sólo unos días, después del ataque contra Dahiyeh, las autoridades hallaron un coche cargado con 250 kilos de explosivos en la citada localidad de Naameh, pocos kilómetros al sur de Beirut.

“Advierto a los libaneses de la existencia de un esquema terrorista para detonar coches bomba en todas las regiones. Nos encaminamos al fuego y todo el mundo debe estar alerta”, advertía el ministro en funciones de Defensa, Fayez Ghosn“Las manos criminales han vuelto a poner a Trípoli en su objetivo hoy, en un claro mensaje para incitar el enfrentamiento y llevar a la ciudad y a sus residentes a una reacción”, denuncia Miqati en un comunicado. Controlar la reacción de una población que dispone de armas y no confía en sus líderes políticos es casi imposible. Según la Jamaa Islamiya, movimiento suní contrario a Damasco, el objetivo del doble atentado es “desviar la atención de las brutales masacres cometidas contra los sirios”, en alusión al ataque con armas químicas contra la provincia de Damasco y en lo que constituye una sucinta acusación al régimen de Bashar Assad.

Taha Naji, un residente de Trípoli, resumía la sensación de muchos libaneses cuando expresaba su temor a la iraquización del Líbano. “Como en Irak, vivimos en este momento una explosión por semana. La pasada semana, los chiíes fueron atacados. Hoy ha sido contra los suníes. Y seguirá. Sólo espero que no alcance el nivel de violencia de Irak”.

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