A Kennedy lo matamos todos

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Imagen fechada el 23 de octubre de 1962 que muestra al presidente estadounidense John F Kennedy firmando el documento de intercepción de Armas a Cuba, en el Despacho Oval de la Casa Blanca, durante la conocida como 'crisis de los misiles'. / Cecil Stoughton (Efe)
Imagen fechada el 23 de octubre de 1962 que muestra al presidente de EEUU, John F Kennedy, firmando el documento de intercepción de Armas a Cuba, en el Despacho Oval de la Casa Blanca, durante la conocida como 'crisis de los misiles'. / Cecil Stoughton (Efe)

NUEVA YORK.– Este viernes, día 22, se cumplen 50 años del asesinato de John F. Kennedy, para muchos el mejor presidente que ha tenido EEUU, y para todos el más querido.

Desde Obama a Bill Clinton, pasando por el coro de marines de Dallas, los homenajes al príncipe de Camelot se han sucedido este mes empeñados en recordarnos que hubo día en el que el corazón de la nación se paró. La fecha marca también el regreso de una pregunta que durante décadas ha sobrevolado el imaginario estadounidense: ¿Quién mató a JFK?

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La CIA, el gobierno ruso o incluso su propia mujer han sido en algún momento acusados de su muerte, aunque todo el mundo sabe que a Kennedy lo mataron los americanos. Inmersos en una gran conspiración de la que nunca supieron formar parte, millones de estadounidenses asesinaron sin querer el legado de un presidente a quien todos recuerdan pero pocos conocen. Un asesinato que comenzaba inmediatamente después de la muerte del líder demócrata y que durante décadas ha preferido dejar vivir al mito antes que aceptar al hombre.

Esta es la historia de una traición:

Cuando en 1963 un joven de 24 años acababa con la vida del 35º presidente de los EEUU, Kennedy llevaba apenas 1.000 días en la Casa Blanca y su trabajo se veía amenazado por un Congreso en contra. Su presidencia, sin embargo, sería recordada por tres eventos que pasarían para siempre a los libros de texto: la crisis de los misiles de Cuba, el apoyo a los derechos civiles y su capitulación en la guerra de Vietnam.

Sobre cómo Kennedy salvó al mundo de un guerra nuclear se han escrito cientos de libros, y se han rodado miles de fotogramas. En la película 13 días, por ejemplo, se presenta al presidente como un líder alejado de las esferas militares,  cuya empatía con su homólogo ruso consiguió evitar el desastre. Pero muchos historiadores han acusado a Kennedy de haber precipitado la crisis de los misiles de Cuba con su apoyo a la invasión de Bahía de Cochinos, y de saltarse la mayoría de canales diplomáticos a su alcance para convertir la contienda en un juego de ajedrez.

Algo parecido ocurre con la idea generalizada que atribuye al ex presidente el triunfo de los derechos civiles. Muchos libros de texto aseguran, erróneamente, que Kennedy fue el propulsor de la integración de un país enfrentado por la raza, y que fue su mano de hierro la que consiguió hermanar a las razas, algo que ocurrió realmente en la época de Johnson.

La desclasificación en la década de los años 80 de las famosas grabaciones de Kennedy descubrían a un político frío y calculador, muy alejado del héroe de los derechos civiles, y para quien el envío de tropas a proteger a los primeros estudiantes afroamericanos fue más un reto a la ultraderecha de su país que una ayuda a los “negros”.

Por último tampoco su supuesta negativa a la guerra de Vietnam ha conseguido sobrevivir a los investigadores. Kennedy fue en primera instancia el responsable del aumento de tropas en el feudo comunista y, aunque en los últimos días de su presidencia recapituló sobre la conveniencia de una guerra destinada al fracaso , no todos los académicos creen que se hubiese atrevido a acabarla. Kennedy nunca pudo corregir a los escépticos, su cuerpo sin vida terminó entrando en la historia a bordo de una limusina negra. Al verdadero Kennedy, sin embargo, lo matamos entre todos.

2 Comments
  1. PIJUL says

    MAMADAS Y MAS MAMADAS

  2. Soplabilorio Camborio says

    Tatiana, te doy mi palabra de que yo no intervine nada, pero nada nada, en esa muerte. Es más, de tal persona pasé olímpicamente desde que conocí su existencia allá por 1960 hasta hoy, de modo que no puedo aceptar tu afirmación en modo alguno.

    Cordialmente.

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