Una Tailandia a medida de sus militares

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Dos bailarinas tailandesas, durante el reciente festival patriótico promovido por la Junta militar. (M. G. P.)
Dos bailarinas tailandesas, durante el reciente festival patriótico promovido por la Junta militar. / M. G. P.

El momento de mayor paroxismo de la representación acontece a mitad de camino, cuando la única protagonista, la actriz Ornanong Thaisiriwong, mudada en una dogmática y devota seguidora de la Junta militar, enseña al público a sonreír. Al fin y al cabo estamos en Tailandia, el reino de las sonrisas, y la dictadura pone especial empeño en promover la imagen de la felicidad, por las buenas o por las malas. Se trata de practicar cuatro tipos de sonrisa: “sonría sin saber por qué”, “sonría a pesar de todo”, “sonría a todo el mundo” y la “sonrisa siamesa”, el culmen de toda sonrisa tailandesa, tan desaforada que desencaja la mandíbula a la actriz dejándola en estado comatoso: una metáfora de la ficción de normalidad que se vive en la dividida Tailandia, donde la Junta refuerza su campaña de represión de cualquier atisbo de disidencia atacando a la libertad de expresión.

El 20 de enero, cuando la premiada actriz tailandesa Thaisiriwong ultimaba los detalles del estreno de Bang La Merd –Distrito Violación- apenas podía imaginar que la realidad que describe en su monólogo terminase colándose en las primeras líneas de su guión. Ocurrió cuando su productora recibió, cinco horas antes de abrir las puertas de la sala B-Floor de Bangkok, una llamada de la Junta militar preguntando por el permiso para estrenar la obra. Un permiso que nunca había sido requerido y una forma de censura que derivó en la presencia, en cada representación, de dos oficiales tailandeses entre el público que grababan cada momento de la obra. “Es la primera vez que en Tailandia ocurre algo así. Nos intentan meter miedo, intentan dejar claro que la Junta controla cada porción de nuestras vidas”, explica pausada Ornanong apenas dos horas antes de la representación, a cuartopoder.

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La actriz habla mientras coloca cuchillas entrelazadas a hilos invisibles que cuelgan del techo de la estrecha sala, medio en construcción, que alberga cada noche Bang La Merd. Unas 40 sillas distribuidas por el espacio donde los espectadores sentirán la omnipresencia de las cuchillas, metáfora de la nueva Tailandia donde una dictadura orwelliana pende sobre las vidas de sus ciudadanos. “Decían que les habían advertido de una posible violación del artículo sobre Lesa Majestad”, prosigue en referencia a la ley 112 que castiga, con cárcel, prácticamente cualquier mención a la monarquía tailandesa. “Pero dado que aún no habíamos estrenado, era improbable que algo así hubiera ocurrido. El problema es que han creado una atmósfera de miedo que nos lleva a autocensurarnos. Y la audiencia percibe esa sensación”.

Bang La Merd, una adaptación de la representación de 2012 con la que Ornanong fue ampliamente reconocida en los festivales tailandeses, logra denunciar con una mesura intachable. Es una alegoría sobre la libertad de expresión y las violaciones de los derechos individuales a manos del sistema, en este caso de la Junta militar. “Bajo la ley marcial, todo está bajo control de los militares. No tenemos voz”, explica esta actriz de 34 años –en los escenarios desde hace 16- que ya ha pasado por cuatro golpes de Estado. “Nunca como ahora hemos notado tantos ataques contra la libertad de expresión”, detalla- .“Cualquiera puede ser acusado de cualquier cosa. Estamos constantemente vigilados por los militares, y sólo me lo explico pensando que son tan inseguros que intentan anular todo aquello que sea diferente”.

La situación es tan peliaguda que a las sucesivas representaciones de Bang La Merd acudieron delegados  de Naciones Unidas y la Unión Europea en muestra de solidaridad. Si bien no es el primer caso –en Tailandia hay un puñado de películas y libros prohibidos- la persecución en los escenarios se recrudeció en 2014 cuando dos actores de teatro, Patiwat Saraiyaem y Pornthip Munkong, fueron acusados de insultar a la monarquía tailandesa por representar una obra donde se hablaba de una familia real imaginaria.

Ornanong prepara el escenario dos horas antes de la representación de Bang La Merd. (M. G. P.)
Ornanong prepara el escenario dos horas antes de la representación de Bang La Merd. / M. G. P.

“El poder militar ha dejado los derechos humanos en Tailandia en caída libre, y no hay signos de que la prometida transición democrática vaya a ocurrir en el futuro próximo”, explicaba Brad Adams, responsable para Asia de Human Rights Watch, en el informe anual de 2014. “La Junta está usado una ley marcial draconiana para perseguir a disidentes, prohibir la actividad política y censurar a los medios”, proseguía. Sirviéndose de la Ley Marcial en vigor, la Junta ha prohibido cualquier crítica a los militares en los medios, ha censurado artículos y bloqueado unos 200 sitios web y arrestado a decenas de activistas por motivos tan inconexos como leer 1984, la novela de George Orwell, o por levantar tres dedos al estilo del saludo revolucionario de la película Juegos del Hambre.

Además, la Junta está promoviendo una constitución a su medida y nuevas leyes que condenarán a Tailandia a una regresión en lo que a las libertades se refiere. Dos nuevas leyes inquietan especialmente a los activistas: la cláusula apodada “del discurso del odio”, que autoriza a limitar la liberad de expresión para “mantener la estabilidad del Estado” y la Ley de Seguridad Cibernética, que autoriza a “acceder a cualquier canal de información o comunicación, incluidos correos, telegramas, teléfonos, faxes, ordenadores o cualquier otro tipo de equipo electrónico de telecomunicaciones” para proteger el Estado. Hasta ahora, el anonimato de las redes sociales propiciaba un espacio único en Tailandia para debatir sobre temas prohibidos, si bien ya existían indicios de que dichos espacios están siendo vigilados por la Junta, tras la detención de varias personas acusadas de criticar a la monarquía mediante mensajes privados por Facebook.

La dictadura militar parece decidida no sólo a suprimir toda crítica, sino también a unificar el apoyo de la población mediante sentencias que inhabilitan a la oposición –como la reciente moción de censura contra la primera ministra depuesta por los golpistas, que también ha sido acusada criminalmente y a la que se le prohíbe abandonar el país-, la persecución del pensamiento crítico -según los expertos, nunca se habían auto exiliado tantas personas como ahora por motivos políticos- y la promoción de unos valores con los que pretenden hacer una Tailandia a su medida. Los 12 valores redactados por el jefe de la Junta, el general Prayut Chan-o-cha, están siendo difundidos cual 12 mandamientos: los niños los recitan en los colegios públicos y los adultos los perciben, consciente o inconscientemente, mediante películas y canciones encargadas por el régimen, iconos en las redes sociales diseñados ex profeso, festivales folclóricos organizados por las autoridades o los nuevos libros infantiles anunciados por el director del Departamento de Promoción Cultural, Nuntiya Swangvudthitham. Un último proyecto de ley revelado esta semana definirá, según el diario online Prachatai, qué actos sexuales son permisibles y cuáles no lo son. 1984 se extiende a 2015 en Tailandia.

1 Comment
  1. Jorge Sánchez says

    Aun habiendo elecciones, nunca hubo democracia en Tailandia. Historias de represión durante décadas, un pueblo sometido a las mafias oligárquicas, una familia real corrupta y que se pretende descendiente directa de los dioses. Y la ignorancia y el miedo establecidos por decreto.

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