París: música para sobrevivir a la tragedia

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Un grupo de jóvenes interpreta canciones como homenaje a las víctimas de los atentados terroristas, en la Plaza de la República de París. / Beatriz Ríos

PARÍS.– Es día 15 de noviembre de 2015. El sol brilla con fuerza en el cielo, la temperatura es agradable y el ambiente, apenas enrarecido, comienza a volver poco a poco a la normalidad. No han transcurrido ni tan siquiera cuarenta y ocho horas desde la tragedia pero el silencio hoy no es tan pesado, las caras no son tan largas, no hay tanto miedo. Las calles ya no están vacías, tampoco los restaurantes, los cafés y los comercios. A pesar del cierre de museos y monumentos, los turistas se aglomeran en los diversos puntos de la ciudad. Y de pronto París es hoy un poco más París.

El día se desarrolla con normalidad aunque se alternan los cierres de estaciones del suburbano, se acumulan los carteles de cerrado por estado de emergencia y el metro repite sin cesar, que tengan cuidado, que avisen de paquetes sospechosos, que es por su seguridad. A media tarde, se desata el caos en el centro de la ciudad por una falsa alarma que provoca una estampida. Es solo un susto y París tarda muy poco en recuperar esa normalidad forzada en la que aún está trabajando.

Cuando cae la noche en la Plaza de la República, comienza de nuevo el constante goteo de ciudadanos. París lucha contra el miedo y está ganando la batalla. Pequeños grupos de personas se arremolinan entorno a la estatua que corona la plaza. Cada vez hay más, flores, más velas y más pancartas. “Home, street home,” reza una de ellas. Porque los parisinos necesitan tomar sus calles para sentirse en casa.

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Una joven norteamericana interpreta una canción en la Plaza de la Reopública. / B. R.

En medio del silencio suena la voz desgarrada de un joven, una trompeta y los acordes de una guitarra. Una multitud rodea al improvisado dueto que interpreta las peticiones de los transeúntes. Un chaval de quince años agarra la guitarra y canta con voz ahogada el Zoombie de The Cramberries. “Y la violencia causó tal silencio”, un silencio solo roto por la música.

Justo al otro lado de la plaza, en un círculo imperfecto de velas que rodean mensajes escritos con tiza en el suelo, se sientan dos jóvenes norteamericanas. Una de ellas, de rasgos asiáticos, acaricia las cuerdas de una guitarra al tiempo que entona una canción con una voz dulce y aterciopelada. Apenas pasan unos minutos hasta que ambos grupos de músicos, que no se conocen de nada, forman una orquesta perfecta junto a la estatua que preside la plaza. París no entiende de colores, de razas, de religión, ni de banderas. “Solo somos hermanos y hermanas”, repiten como consigna. Y con más sentimiento que afinación, suenan Aleluya, Imagine, Wonderwall, Stand by me o No woman no cry. París se enfrenta a su dolor con música. Suena Mad World de Gary Jules. “Los sueños por los que muero son los mejores que jamás he tenido” cantan y cuesta contener la emoción. Frente a la locura del fanatismo, el mundo en sus gargantas parece un poco más cuerdo. Los presentes cantan con el corazón en la garganta; sacando todo el miedo, todo el dolor, toda la rabia. Cantan “everything’s gonna be alright” (todo va a ir bien) y casi duelen al salir las palabras. Todas las emociones contenidas estallan. Y aunque París saca los dientes a la barbarie, algunos no pueden contener las lágrimas.

Un joven pide silencio. Con una guitarra y coros de fondo, relata rapeando cómo buscó durante más de cinco horas a una de sus mejores amigas junto a la madre de esta en un hospital. Cómo tras ese interminable lapso de tiempo, alguien les informó de que su amiga de la infancia, con la que creció, había fallecido en los atentados. “Dejemos de lado las religiones y luchemos contra esta guerra como seres humanos”, ruega. Y a pesar de la perdida, del dolor, a pesar de todo, hoy se enfrenta al duelo cantando.

La Plaza de la República se convierte esta noche en un pequeño paraíso en medio del caos de la capital francesa. Un auténtico remanso de paz construido a base de acordes. Un extraño sentimiento de unidad envuelve la improvisada actuación que unos desconocidos orquestan y hace que uno sienta la necesidad de quedarse. Y se queda.

“Somos París”, gritan y como no podía ser de otro modo, cierran el concierto catando, a voz en grito y con la cabeza alta, La Marsellesa.

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Rosas y velas en homenaje a las víctimas del terrorismo. / B. R.
(*) Beatriz Ríos es periodista.

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