RESCATE / Héctor El Chino Méndez, fundador del grupo, descubrió su vocación en el seísmo que asoló México DF en 1985

Topos Azteca, los héroes que 'bucean' entre las ruinas para arrancar vidas a la muerte

DANIEL DÍEZ CARPINTERO | Publicado: - Actualizado: 14/10/2017 14:19


RTVNLOficial (YouTube)

Los Topos Azteca son una brigada de rescate que se creó en México después del terremoto de 1985. Se les llama topos por su habilidad para introducirse como culebras entre los escombros de los edificios derribados por los terremotos o los huracanes. Son capaces de meterse por los agujeros más improbables, entre los hierros y el hormigón resquebrajado. En su talento se mezclan al menos tres disciplinas: el alpinismo, el contorsionismo y los primeros auxilios. La brigada la fundó Héctor El Chino Méndez. Después del terremoto de 1985 estuvo diecisiete días colaborando en las tareas de rescate en el Edificio Nuevo León de la Ciudad de México. En esos diecisiete días no salió de allí ni para comer ni para ducharse; diecisiete jornadas durante las que trabajó día y noche dentro de aquel amasijo de cemento y metal. Se convirtió en un héroe. Marcó un camino: los Topos Azteca hacen su trabajo por pura vocación.

Los miembros de la Brigada Internacional de Rescate Topos Azteca (BRITA), no reciben ningún sueldo ni aceptan donativos, cada uno se paga su equipo y su mantenimiento de su bolsillo. De lunes a viernes son bomberos, o albañiles, o instructores de escalada, o técnicos en arquitectura, o cualquier otra cosa. Dedican los ratos libres a aprender estrategias de rescate en las situaciones más peligrosas. Sólo se les pide un requisito: que puedan interrumpir sus tareas diarias (familia, trabajo, etcétera) durante al menos un mes y medio. Que estén dispuestos a abandonarlo todo si hace falta. Sin recibir a cambio ninguna recompensa pecuniaria, tan sólo, si es posible, un lugar donde guarecerse para comer y descansar.


Victor Pérez (YouTube)

Los Topos Azteca son uno de los grupos de rescate en desastres naturales más eficaces del mundo. Han estado en Haití y en Fukushima y en el último terremoto de Chile. Ha sido tal su éxito que ya han creado grupos hermanos en Francia, Italia, Turquía, Estados Unidos, Argentina, Brasil, Perú, Chile, Bolivia, Guatemala, El Salvador, Honduras y Japón. Desgraciadamente, también han surgido otros grupos de similar consonancia –Topos Tlatelolco, Topos México, Topos BR19, Topos Adrenalina, Topos Azules…– que sí aceptan donativos. El Chino asegura que la mayoría sólo son «chacales que medran con el dolor humano» (ver vídeo sobre estas líneas).

Hemos hablado con uno de los doscientos topos que hay en México sobre su experiencia en el temblor del 19 de septiembre. Su nombre es Franco Grasso. Nos cuenta que nació en los Alpes italianos y que empezó a practicar alpinismo de niño. ¿Por qué decidió unirse a la brigada de los topos? «Para llevar los valores de la montaña, la honestidad, el compañerismo, lo esencial de la vida, a la sociedad en general». Fue fundador de la Escuela Nacional de Alpinismo de México y trabaja como instructor de alta montaña y especialista en seguridad en altura. Dentro de los Topos Aztecas se encarga de los «salvamentos verticales» y de enseñar técnicas de escalada aplicadas al rescate.

Héctor 'El Chino' Méndez, fundador de los Topos Aztecas, posa con Campeón, uno de los perros rastreadores de la brigada
Héctor ‘El Chino’ Méndez, fundador de los Topos Azteca, posa con Campeón, uno de los perros rastreadores de la brigada. / BRITA (Facebook)

El 19 de septiembre a la una y cuarto estaba impartiendo un taller cuando la Ciudad de México tembló. Hay sismos trepidatorios —en los que la tierra se mueve de arriba abajo— y sismos oscilatorios —en los que se balancea de un lado a otro—. Éste fue de los dos tipos. Los dos movimientos se combinaron perversamente para causar la mayor destrucción posible. La alarma sísmica (que en México es tan extraña, tan siniestra, que hace pensar en fugas nucleares o en invasiones alienígenas) sonó a destiempo: el epicentro estaba demasiado cerca como para que la señal de alerta llegase antes que el terremoto. Franco Grasso ayudó a evacuar a las cuarenta personas que estaban con él en el edificio. Luego esperó órdenes de su líder, Héctor El Chino Méndez. Pero durante mucho tiempo no hubo ni luz ni internet ni teléfono.

Los tres días siguientes Franco Grasso fue enviado al colegio Enrique Rébsamen (en el que fallecieron 17 niños y nueve adultos, pero muchos otros fueron sacados vivos de los escombros por los topos) y luego al edificio de Álvaro Obregón 286 (donde los topos rescataron a 27 personas y encontraron los cadáveres de otras 24). En los dos lugares vio el mismo panorama: los topos trabajando hasta el desfallecimiento, sin dormir, sin apenas detenerse para comer ni para beber agua. Es uno de los credos de la brigada: la rapidez. Según las Naciones Unidas nadie puede sobrevivir más de tres días atrapado entre los restos de una construcción caída. Ellos consideran que se puede aguantar más. Pero no mucho más: nunca se sabe cuándo las personas que aún respiran bajo el derrumbe fallecerán de sed o de hambre o por las heridas todavía sangrantes.

Otro de los rescatistas, Hollving, músico de profesión, nos cuenta cómo era el caos en el edificio de Álvaro Obregón 286. «Todas las cámaras estaban ahí», dice. «Me daba rabia ver cómo los medios de comunicación seguían allí haciendo ruido y buscando el espectáculo». Había muchas dificultades para coordinarse: estaban los topos y los brigadistas de Querétaro y un grupo de rescatistas israelíes. Estaban los periodistas y los ciudadanos voluntarios que habían acudido a ayudar. Algunos buscaban el lucimiento personal ante las cámaras. Hollving cuenta que el edificio de seis plantas había quedado prensado hasta tener más o menos la mitad de la altura del original. Él fue enviado hasta el tejado (o mejor dicho: hasta la parte de arriba) como correspondía a los escaladores. Allí se dedicó a hacer agujeros —«Ventanas de vida»— y le asombró descubrir que los dos pisos más altos habían quedado comprimidos en el espacio de un metro. Un compañero suyo encontró a dos cadáveres abrazados. «Una de las personas era femenina y la otra no sabían qué era. Imagínate». Tanto en este edificio como en el colegio Enrique Rébsamen se han descubierto irregularidades en las concesiones de los permisos de construcción.

Un equipo de Topos Azteca se introduce en un edificio derrumbado a través de una grieta.
Un miembro de Topos Azteca observa cómo un compañero se introduce, a través de una estrecha apertura, entre las ruinas de un edificio hundido. / BRITA (Facebook)

Ese fin de semana (el terremoto había sucedido el martes) Franco Grasso fue mandado a la sierra de Jojutla: la zona entre los estados de Puebla y Morelos bajo la que estuvo el epicentro del terremoto. Le acompañaron varios doctores y un «ingeniero especialista en estructuras» y cuatro topos expertos en bucear entre los escombros. También llevaban un perro. Llegaron a la zona más destruida de todo México antes que el ejército. Fueron los primeros en aparecer en esa parte de la sierra pese a que el temblor había sucedido hacía días. Allí el panorama era muy diferente que en la Ciudad de México. Y mucho peor. La pobreza impone viviendas de poca altura. Pero la mitad de ellas estaban caídas o sumamente dañadas. Muchos de los habitantes —ancianos que habían vivido siempre allí, personas que no tenían nada más que aquellas cuatro paredes— se negaban a abandonar las viviendas. Entendían que podían caérseles encima. Pero preferían seguir dentro de todos modos. Durante 24 horas Franco Grasso y sus compañeros evaluaron el estado de cuarenta casas y apuntalaron todas las que pudieron. Emplearon madera de la zona —«madera que había por allí»— para crear áreas habitables entre las ruinas. Esa gente tendrá que salir antes de después, explica Franco Grasso, pero así al menos podrá aguantar un poco más de tiempo. Lo que se necesita ahora, continúa el topo, son materiales de construcción o al menos tiendas de campaña. En México es la época de las lluvias. Lluvias torrenciales todos los días, lluvias violentas. En la Ciudad de México al menos hay albergues; existen más opciones. Pero en la sierra el abandono es casi absoluto.

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