Chalecos amarillos, ¿el principio del fin?

  • “Se están expresando cuarenta años de descontento”, afirmó Macron, “asumo mi parte de responsabilidad”
  • Con un tono algo melodramático, el presidente declaró su intención de que “pueda vivirse mejor del trabajo” y anunció dos medidas fuertes

París (Francia).- La duración y el éxito de un movimiento social dependen de factores muy diversos, como la estrategia de sus rivales, la aparición de otros temas en la agenda política o incluso el clima. Es precisamente la mezcla de estas variables la que está poniendo en duda la supervivencia del movimiento de los chalecos amarillos, el movimiento surgido para oponerse a la subida del impuesto sobre la gasolina anunciada por el gobierno. Los anuncios de reformas del presidente, el ataque terrorista en Estrasburgo y la llegada de la fría Navidad hacen pensar que estamos ante el fin del movimiento, al menos por una temporada.

Las movilizaciones de los chalecos amarillos, cuyas demandas de justicia social y democratización van más allá de la anulación del impuesto sobre los combustibles, ha hecho retroceder al macronismo por primera vez desde su llegada al poder hace año y medio. Como contamos en Cuartopoder.es, tras unas semanas de protestas masivas y cortes de carreteras, el primer ministro Édouard Philippe anunció la anulación de la subida del impuesto y la aprobación de varias medidas para mejorar el poder adquisitivo de las clases medias y populares. No fue suficiente.

El pasado 8 de diciembre, el “acto 4” del movimiento volvió a reunir a miles de personas en todo el país, a pesar de la dura represión practicada por las fuerzas de seguridad: la policía bloqueó el centro de París, usó vehículos blindados y detuvo a más de mil personas en toda Francia. Las escenas de guerrilla urbana volvieron a dar la vuelta al mundo.

El pasado día 10 Macron salió de su silencio: anunció una serie de medidas para calmar el descontento. “Se están expresando cuarenta años de descontento”, afirmó Macron, “asumo mi parte de responsabilidad”. Cualquiera diría que el antiguo banquero de Rotschild iba a dar marcha atrás en la orientación neoliberal de su política económica, pero nada más lejos de la realidad.

Macron no cuestionó ninguna de las decisiones más polémicas de su mandato, como la eliminación del impuesto sobre las grandes fortunas y el CICE, un programa de ayudas a las grandes empresas que cuesta 20.000 millones de euros al año que no ha conseguido una creación masiva de empleos.

Con un tono algo melodramático, el presidente declaró su intención de que “pueda vivirse mejor del trabajo” y anunció dos medidas fuertes: la anulación de la subida del impuesto sobre las pensiones para los jubilados que cobren menos de 2000 euros y un incremento salarial de 100 euros para quienes cobran el salario mínimo.

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Sin embargo, el anuncio tenía truco: Emmanuel Macron no ha subido el salario mínimo, sino que ha incrementado la prima de actividad, un complemento salarial pagado por el Estado a los trabajadores con sueldos bajos. Por lo tanto, los empresarios no tienen que preocuparse por los anuncios de Macron: serán pagados por los contribuyentes.

El presidente pronunció palabras seductoras sobre justifica fiscal, democracia y cambio climático, pero no hizo ninguna promesa concreta en estos ámbitos. Además, Macron introdujo un tema que no ha sido central en las peticiones del movimiento: la inmigración. Con el lenguaje pomposo que le gusta utilizar en las grandes ocasiones, el presidente anunció el inicio de un debate para “poner la nación de acuerdo consigo misma sobre su identidad profunda”. La idea no es nueva: el conservador Nicolas Sarkozy (de cuyo partido proviene el primer ministro y la mitad del gobierno de Macron) ya abrió en su momento un debate sobre la “identidad nacional” que no hizo más que fomentar la xenofobia y el racismo en la sociedad francesa. El uso de los temas identitarios para desviar la atención de las cuestiones socioeconómicas es una vieja táctica, que Macron no ha dudado en utilizar para intentar salir de la peor crisis de su mandato.

Tras el discurso, varias encuestas mostraban que el presidente había convencido a la mitad del electorado pero los chalecos amarillos siguen teniendo el apoyo mayoritario de la población. Pocos días después, el ataque terrorista en Estrasburgo distrajo la atención pública del movimiento social. El gobierno no dudó en utilizar el atentado para reclamar a los manifestantes que no salieran a la calle el sábado 15, cuando estaba previsto el “acto 5” del movimiento. Además, la policía impidió la llegada a París de numerosos manifestantes y bloqueó sistemáticamente las manifestaciones en la capital. Al final, la movilización fue menos numerosa que la semana anterior.

Todo indica que la maniobra de Macron ha funcionado y que el movimiento acabará desinflándose en las próximas semanas. Sin embargo, el macronismo está herido de muerte. Los centenares de miles de personas que han salido a la calle este otoño y los millones que los han apoyado no aceptarán las reformas neoliberales del presidente con la misma docilidad que hasta ahora. Si Macron intenta nuevos ataques al sistema social francés el año que viene, es probable que los chalecos amarillos vuelvan a plantarle cara.