ANÁLISIS

Elecciones en Reino Unido: ¿y ahora qué?

  • ¿Qué ha pasado? ¿Qué hemos hecho mal? Es la pregunta que recorre las mentes de quienes han participado o han apoyado al Labour
  • Es imprescindible empezar a relatar el pasado y el presente del pueblo como defensor de la identidad nacional frente a las élites que se reivindican patriotas

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Antxon Arizaleta, miembro de El Observatorio

Son las 22:00 de la noche en el Reino Unido de la Gran Bretaña (una hora más tarde en España), después de semanas de agotadora campaña electoral, los militantes y simpatizantes laboristas se agrupan frente a televisiones y dispositivos móviles dispuestos a, tras escuchar la campanada anunciadora, ver qué proyección de resultados arroja la “exit poll” (encuesta a pie de urna) que publican la BBC, ITV y Sky. La noticia es devastadora. En cuestión de segundos la izquierda británica y todas aquellas personas que desde fuera del reino habían seguido con interés la campaña laborista, enmudecen. La encuesta de Ipsos-MORI, que rara vez se aleja del cómputo final, señala una victoria clarísima del Partido Conservador que contaría con una amplia mayoría en el legislativo, a la vez que refleja un importante desplome de Jeremy Corbyn y los suyos.

¿Qué ha pasado? ¿Qué hemos hecho mal? Es la pregunta que recorre las mentes de quienes han participado o han apoyado al Labour. Una campaña electoral que ha sorprendido y atraído a mucha gente, con un uso muy inteligente de nuevas herramientas comunicativas y un programa electoral, “Manifesto” lo llaman ellos, que deja en una posición de tibia socialdemocracia a la izquierda española. Es un soplo de esperanza en un momento en el que en la península, hemos renunciado a ir más allá de una reforma fiscal progresiva en lo que a transformación económica del Estado se refiere. Pero si algo nos ha llamado de este periodo electoral, es tener un ejemplo cercano de un proyecto político para la mayoría social, algo que en España hace tiempo que dejamos de ver. El recordatorio de que se puede seguir apostando por un discurso para todo aquel que sufre del salvajismo capitalista, sin pedir carnés de partido ni de origen, un discurso más allá de los bloques que nos acaban convirtiendo en meros subordinados.

Entonces, ante un panorama que parecía perfecto y con la ilusión de ver las hipótesis que habían sido abandonadas de nuevo vigentes, volvamos a la pregunta, ¿qué ha pasado? Pues, aunque parezca simple y reduccionista, ha vuelto a ser la cuestión nacional que parece seguir siendo el muro invisible que impide victorias populares allá donde se da. Son ya 3 años y medio desde que, por algo menos de 4 puntos de diferencia, los británicos decidieran votar por la salida del Reino Unido de la Unión Europea. 3 años y medio que han convulsionado la política británica y dividido el país en dos. La posición del Partido Laborista ha sido extremadamente complicada desde el principio, pues la división social también se había convertido en una división interna dentro de la organización. Entre quienes apoyaban abiertamente el Brexit, los defensores del Remain que pedían un segundo referéndum y quienes públicamente no tenían una posición clara sobre la cuestión, pero pedían respetar el resultado y la decisión popular, se optó por la tercera vía. Una suerte de posición englobadora que pusiese el acuerdo con Bruselas por delante, acuerdo que posteriormente debía ser refrendado por el voto popular, y que contaría con tres opciones: el SÍ al acuerdo, el NO y la opción de votar por que el Reino Unido no saliese finalmente de la UE. Lo que parecía una solución de consenso para calmar las aguas internas y posibilitar que las elecciones no se jugasen en el terreno preferido por Boris Johnson y los “tories”, ha terminado resultando un espejismo. Los primeros datos indican que los lugares donde más ha caído el voto laborista son aquellos que mayoritariamente votaron por el Leave en 2016, dejando claro que los “brexiters” que en 2017 habían apoyado a Corbyn frente a Theresa May, esta vez no han renovado su voto.

Bien por el hastío que provoca el hecho de que la salida de la UE se haya prolongado tanto en el tiempo muchos culpan a Corbyn de que todavía no se haya resuelto el Brexit por rechazar los acuerdos que habían alcanzado los conservadores con Bruselas, a pesar de que estos eran nefastos para los británicos de a pie y para los ciudadanos europeos residentes en Gran Bretaña o bien por la insuficiente claridad respecto al tema de la dirección de Labour que puedan apreciar los votantes, las elecciones se han jugado finalmente en los marcos deseados por Johnson, donde su mensaje “Get Brexit Done” ha logrado atravesar cualquier intento de reconducción hacia posiciones más favorables de disputa política.

Decía Jorge Tamames, editor de Política Exterior y doctorando por la University College Dublin, mientras se iban conociendo los resultados que “cuando daba sus primeros pasos en la contrarrevolución setentera, la derecha no hacía más que darse un castañazo electoral tras otro. Persistieron y ahí están. La izquierda tiene que ser capaz de mantener esa misma disciplina sin arrugarse.” En ese sentido, es importante tanto reconocer los aciertos para mantener la disciplina, como analizar los errores para que la persistencia no sea en vano. ¿Cómo podemos dar la disputa en las cuestiones nacionales sin abandonar el discurso social de mayorías? La respuesta simplista sería escoger la posición mayoritaria y jugar una vez más la política dentro del bloque elegido. Ya hemos visto que esto no es una posibilidad, no solo por la subordinación a la que somete, sino porque en una cuestión que divide a la sociedad en dos y en contextos políticos tan líquidos y cambiantes, ¿qué posición es la mayoritaria? Quizás haya que cambiar el enfoque, y entender que no se trata de en qué lugar nos es más favorable colocarnos para después poder desplegar el discurso de mayorías con posibilidades de victoria, sino de crear nuestro propio lugar en la disputa. Dejar de arrastrarnos bajo la agenda que el populismo de derechas lleva marcando los últimos años en Europa. Conversando hace unos días con Iago Moreno, sociólogo por la Universidad de Cambridge y compañero en El Observatorio, mencionaba que la construcción populista desarrollada por Corbyn era “únicamente social y no nacional”, sin un hilo ni mitos históricos que construyesen un relato sobre la identidad británica que como dice Juan Ponte “genera afectos más potentes que la reivindicación de derechos sociales y civiles”.

Debemos, decididamente, dejar de renunciar a las disputas que, por considerarlas menores o fuera de la realidad social, acaban determinando los terrenos de juego político sobre los que nos acabamos encontrando desnudos y sin posibilidad de contraatacar al adversario. Cuando hablamos de que solo un proyecto nacional-popular puede tener la capacidad de enfrentarse a los Johnson, Trump, Salvini o Abascal, no solo nos referimos a que las necesidades de la gente corriente sean la prioridad del país, sino que además, es imprescindible empezar a relatar el pasado y el presente del pueblo como defensor de la identidad nacional frente a las élites que, reivindicándose patriotas, subastan el futuro y la tierra de la gente común. Dejar a un lado experimentos nefastos que se alejan de hipótesis que se han demostrado correctas una y otra vez, construir la unidad como único vector para poder desplegarlas y no volver a renunciar a ninguna disputa política donde haya posibilidades de victoria. No hay otro camino.

 

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