Hernández asume nuevo mandato con el desafío de lograr la reconciliación nacional

Juan Orlando Hernández
Toma de posesión del presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández. / Efe

Juan Orlando Hernández pasa a la Historia por ser el primer mandatario de Honduras en repetir en el cargo. La ceremonia de investidura del sábado 27 de enero tuvo lugar en un clima de confrontación con fuertes medidas de seguridad que no pudieron evitar el estallido de protestas violentas en las calles del centro de Tegucigalpa. La oposición denuncia la inconstitucionalidad de la reelección y el fraude en los comicios generales que dieron la victoria a Juan Orlando Hernández por apenas 50.000 votos.

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Esta vez Juan Orlando Hernández quería una ceremonia de investidura sobria, sin alharacas, muy alejada de la fiesta de 2014 a la que asistieron más de 60 representantes de países extranjeros, entre los que figuraba el entonces Príncipe de Asturias, Don Felipe de Borbón. El dispositivo de seguridad se extremó este sábado en torno al Estadio Nacional de Tegucigalpa sin que se pudieran evitar enfrentamientos entre manifestantes y Policía Nacional en el centro capitalino. Comercios dañados, pintadas en las paredes, gases lacrimógenos y más heridos. En la plaza Central, la estatua ecuestre del líder de la unificación centroamericana, Francisco Morazán, lucía blandiendo banderas del partido opositor Libertad y Refundación (Libre) y de la Alianza de la Oposición, en signo de protesta contra el segundo mandato del líder conservador.

Las manifestaciones en denuncia de la supuesta inconstitucionalidad de la reelección de Hernández han sido constantes desde que comenzara la campaña electoral para las elecciones de noviembre. La Constitución de 1982 prohibía explícitamente la reelección pero los magistrados de la Sala Constitucional de la Corte Suprema modificaron en 2015 el texto de la Carta Magna basándose en varios recursos de inconstitucionalidad y en aras de la libertad de cualquier ciudadano a presentarse como candidato a una elección popular.

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Al mismo tiempo, el Tribunal Supremo Electoral era acusado de parcialidad en su toma de decisiones y la empresa encargada de gestionar la transmisión y divulgación de resultados, puesta en entredicho por la oposición. En un gesto por apaciguar las aguas, el ente electoral contrató a una nueva empresa, que “garantizaría un sistema blindado contra piratas informáticos” y permitiría conocer el resultado del conteo presidencial en un tiempo récord de tres horas.

Los colegios electorales cerraron a las cinco de la tarde y poco después Hernández y Nasralla se adjudicaban en sendas apariciones públicas y casi de forma simultánea la victoria. El Tribunal Supremo Electoral, por su parte, se sumergía en un injustificado e inusual mutismo hasta que, nueve horas después, a las dos de la madrugada del día siguiente, anunció los primeros resultados de las elecciones presidenciales, en los que, con el 18,1 por ciento de las actas escrutadas, Nasralla aventajaba a Hernández por 113.920 votos.

A partir de ese instante los simpatizantes de la Alianza de Oposición activaron las alarmas sobre la sospecha de posible fraude y Nasralla llamó a defender su triunfo en las calles. Las revueltas en los días que sucedieron a la jornada electoral no cesaron y Honduras pasó a ser portada en los medios de comunicación internacionales al decretarse el estado de excepción como medida extraordinaria para intentar frenar la ola de violencia.

Juan Orlando Hernández
Simpatizantes de la Alianza de Oposición se enfrentan a la policía en Tegucigalpa (Honduras). / Humberto Espinoza (Efe)

La Alianza de Oposición marcó sus condiciones y exigió al Tribunal electoral que no declarase oficialmente un vencedor en las elecciones presidenciales sin antes cotejar 1.006 actas que presentaban inconsistencias y realizar el recuento voto por voto de las 4.753 actas que no fueron transmitidas en la noche de la jornada electoral debido a una supuesta ralentización del sistema informático. La petición de la oposición fue respaldada por las principales organizaciones internacionales de observación electoral: la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Unión Europea (UE).

Transcurrieron tres semanas hasta que el Tribunal Supremo Electoral anunció los resultados definitivos de las elecciones generales de noviembre en un contexto muy polarizado y de constantes enfrentamientos entre los seguidores de la Alianza de Oposición y las fuerzas del orden, que han dejado hasta el momento 31 fallecidos entre manifestantes y miembros de la seguridad pública del Estado, según un informe del Comisionado Nacional de los Derechos Humanos de Honduras (Conadeh).

Abrir una vía de diálogo

Sumido en la peor crisis política e institucional desde la expulsión del expresidente Manuel Zelaya en 2009, el país necesita recuperar la normalidad para avanzar con las reformas pendientes. Aunque Hernández ha llamado a los interlocutores de la oposición al diálogo en reiteradas ocasiones, la invitación ha quedado hasta ahora sin respuesta. Para el analista político hondureño y director del Instituto Holandés para la Democracia Multipartidaria Miguel Cálix, las manifestaciones postelectorales organizadas por la oposición “no han llegado al nivel desestabilizador que esperaban sus promotores”. “Tarde o temprano, Nasralla y el expresidente Zelaya se sentarán a dialogar con el gobierno; no hay otra salida”, concluye.

“Mi compromiso es trabajar por todos los hondureños sin importar por quién votaron […] Es bueno que exista la reelección, pero sólo una vez […] Las reformas electorales deben ser profundas, y de ser necesario, cambios constitucionales profundos, porque estamos listos para efectuar el diálogo que nos lleve a la reconciliación nacional”. Estas son algunas de las frases pronunciadas por el presidente Hernández en el discurso de investidura en clara alusión a la necesidad de hacer un ejercicio de autorreflexión y encauzar al país por la vía del diálogo.

Juan Orlando Hernández basó su campaña electoral en ensalzar los éxitos de su primer mandato bajo el eslogan “Lo bueno debe continuar” y en su toma de posesión defendió la gestión de su gobierno en materia económica, la reducción de homicidios y los avances en la lucha contra la corrupción. Desde el exterior podría creerse que la principal preocupación de los hondureños es la seguridad, en un país con uno de los mayores índices de criminalidad per cápita del planeta y con las maras (pandillas) infiltradas en los principales barrios de Tegucigalpa y San Pedro Sula, capital económica del país. Sin embargo, un reciente estudio de opinión de CID Gallup Latinoamérica citado por la prensa local refleja que el desempleo y el coste de vida son las principales preocupaciones de los hondureños.

Juan Orlando Hernández, hasta hoy único presidente que repite en el Altar Q (Despacho Oval hondureño), inaugura este histórico segundo mandato con una crisis política de rumbo incierto y el descontento de una clase trabajadora que no ve en el día a día el reflejo de los pregonados logros macroeconómicos.