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José María Mijangos *

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Sergio Ramos, capitán del Real Madrid, levanta la copa tras vencer en la final de la Champions al Atlético de Madrid. / Oliver Weiken (Efe)

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El árbitro parecía insinuarlo antes del pitido inicial. “¿Es necesario jugar el partido? Si ya sabemos quién va a ganar. Mejor nos vamos a casa y cobramos las primas sin sudar ni una gota”. Y el capitán del Atlético parecía encogerse de hombros, encomendándose a los dioses por si la suerte mudara de acera, pero resignándose al fin inevitable. Algún atlético hizo ademán de dirigirse al vestuario para volver a embutirse en el traje y llegar al vuelo de las 9:30 y poder cenar en casa con la familia y ahorrarse cientoveinte minutos de sufrimiento, pero Simeone, con la testa hirsuta,  el terno de luto y  la fe del converso, conminaba a sus pupilos a echar el bofe y ganarse los garbanzos por si los hados tuviesen el día torcido, y la flauta pudiese sonar.

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Empezó el duelo con el Madrid desatado, con Bale ametrallando el área y Marcelo haciendo de brasileño; taconcito y casi gol, el galés en forma y el resto de jugadores estirando las piernas frente al área por si un rebote pudiese meter la bola en la gallundera. En una de las embarulladas jugadas, Ramos sufrió a la vez un penalti, un fuera de juego, una reclamación de hacienda, un pescozón en el costillar  y una mención a la madre por parte de la defensa atlética. El árbitro se dirigió al centro del campo con gesto cansino, como diciendo: “Si ya os dije que tenía que pasar”, y pasó.

El Madrid continuó jugando con tino, con un Casemiro imperial, y un Modric repartiendo la bola de derecha a izquierda sin exponerla demasiado, no le fuese a gustar al equipo contrario y se decidiese a dominar. Pero el Madrid es el Madrid y el Atlético es el Atlético, y es como la teoria de la relatividad, que no hay cristiano que la entienda, pero nadie duda de ella, es decir, el Madrid acaba ganando.

Tras el descanso, el Atlético se desperezó, como diciendo; “ya que  hemos perdido el avión, vamos a ponerle ganas”.  A las primeras de cambio, penalti a favor y Griezmann lanzándolo con la misma fe que un contribuyente en la honradez de los políticos. Fallo clamoroso, pero el Atlético insistía. Disparos de Koke, de Saúl y hasta de los recogepelotas. El Madrid reculaba, con Cristiano cansado, Benzema espeso y Bale atusándose la coleta preguntándose en qué palco estaría su peluquero. Mientras, Fernando Torres decidió apropiarse de una tarjeta amarilla para tener algún número en sus inéditas estadísticas y el partido comenzó el carrusel de cambios. Danilo dejó de peinarse para sustituir a un dañado Carvajal; Lucas Vázquez e Isco llenaron el césped de imaginación, sin saber que Carrasco agradecería los cambios empatando el partido a diez minutos del final.  A partir de este momento, ambos equipos guardaron sus energías para la prórroga, pero eran tan parcas las fuerzas, que fueron cayendo uno a uno, y más que un campo cinco estrellas, semejaba un barrizal en la batalla de Belchite, con los contendientes hincando la rodilla y pidiendo clemencia al árbitro, que llamándose Clattenburg y siendo inglés, no estaba por la labor de sellar bajas laborales, pensando quizás que estos españoles fingían lesiones para no trabajar hasta el día del juicio final.

Mal que bien el juez señaló el final de partido, y los jugadores hicieron ademán de largarse a los vestuarios para eludir los penaltis. Casi tuvieron que traerles de la oreja y allí que fueron los diez elegidos, con la jeta de condenados a garrote, y con el portero del atlético, Oblak, haciendo la estatua en la mayor parte de las penas máximas y Keylor Navas arrodillado elevando plegarias a su dios. Cada jugador marcó su gol, hasta que el destino lanzó su rayo a Juanfran y lo eligió para ser portador de la maldición atlética. Quizá Juanfran desconocía que en la lógica futbolística, el Madrid ganaría, Cristiano Ronaldo marcaría el último gol, y conseguría su undécima copa de Europa, a mucha distancia de Milan, Liverpool, Bayern de Munich y Manchester United.

Como colofón, en la entrega de premios,  y con los jerifaltes dando cabezadas, los primeros que se acercaron a recoger sus trofeos fueron los árbitros. No menos de una decena, uno detrás de otro, lo que significa que, como en todos los ámbitos de la vida, cada vez hay más  árbitros y menos jugadores. El presidente accidental de la UEFA se sacudió la modorra y pretendió colgar las medallas a los perdedores que, dignamente, prefirieron recibirlas en mano. Detrás, los madridistas recibieron la undécima, que, como se dice al tomar cualquier copa, siempre es la penúltima. Y van once.

(*) José María Mijangos es escritor.