El hombre que soñó con una cara nueva

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Rafael llegó como una estrella de cine: dos guardias de seguridad abriéndole paso y acompañado de sus familiares mientras le acosaban, literalmente, decenas de cámaras de televisión y fotógrafos. Arriba, en el estrado del salón de actos del hospital Virgen del Rocío de Sevilla, le esperaban el director de la Unidad de Cirugía Plástica y Quemados, Tomás Gómez Cía (coordinador del proceso), y el director de la Unidad de Cirguía Maxilofacial, Juan David González Padilla. Ambos representaban también a ese centenar de profesionales, de más de una decena de servicios y especialidades, que han contribuido ha hacer posible el milagro: dotar a Rafael de un nuevo rostro.

“Siento felicidad y alegría”, respondió Rafael enseguida, todavía con un oscuro torrente de voz, apenas comprensible, cuando se le preguntó qué sensaciones tenía al mirarse al espejo. “Y se ve más joven”, dijeron los médicos para corroborar el mensaje de optimismo que venían a transmitirnos. “Es lo que suele comentarnos Rafael, cada mañana, cuando nos interesan por su evolución y por su estado de ánimo”, añadieron. Rafael dio las gracias a los médicos y también a a la familia donante que ha permitido esta intervención quirúrgica de transplante de cara, segunda que ser realiza en España y novena en el mundo, para confesar, acto seguido, que por fin se había cumplido su “sueño”.

No se le notaba nervioso a este vecino de Castilleja de la Cuesta, un pueblo aledaño a Sevilla. Incluso parecía estar cómodo entre tanto artilugio audiovisual; tampoco parecía turbarle la expectación levantada. Eso sí, pidió que, de cara al futuro, y a partir de este momento le dejen en paz; que él lo que quiere es hacer vida normal y tranquila; como todo el mundo, claro.

Pero no va a serle fácil conseguirlo. Para cumplir este segundo sueño, el de llevar vida tranquila y anónima, deberá hilar fino Rafael si quiere lograrlo. La industria del ocio y el entretenimiento seguirá su rastro, como si fueran sabuesos, indagará a ver hacia dónde encaminas sus pasos; esperará a que flaquee, a que haga algún movimiento en falso, a que consienta en hacer una primera entrevista en alguna de esas televisiones que tienen por lema y bandera la juerga y el estrambote y, entonces, ya no habrá remedio; la habrá liado.

Claro que para impedir que esto suceda están su madre Juana junto a él, su hermana Belén y la enfermera Esperanza, que ha sido la que le ha cuidado durante estos tres meses como si se tratara de un bebé, pues, Rafael (36 años) no ha podido valerse en este tiempo por sí sólo... Ni afeitarse —antes tampoco, pues, la enfermedad degenerativa que padecía, una neurofibromatosis, le impedía tener barba—. Ahora sí; ahora Rafael ya tiene barba que brota de su nueva piel y se afeitarse solo.  “Y ya siente dolor, el cambio de tiempo, distingue el frío del calor...”, explica entre tanto González Padilla, satisfecho. Y también aclara el cirujano que deberán pasar al menos otros seis meses hasta que Rafael pueda mover completamente la lengua, y, quizá un año más antes de que desaparezca de su rostro la hinchazón que todavía se observa.

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El transplante de cara (se han sustituido dos tercios del rostro) llevado a cabo en Sevilla el pasado 26 de enero ha requerido una planificación minuciosa y exhaustiva; los 11 cirujanos que han intervenido han estado meses entrenándose para ello. Nuevas herramientas, como la tecnología 3D (en el vídeo), les han permitido diseñar, por ejemplo, en realidad virtual, los rostros del posible donante y receptor para poder comparar y observar que una vez llegado el momento, cuando apareciese ese donante, el rostro de éste encajaría perfectamente en el del receptor. Y es que, como me comentaba no hace mucho Tomás Gómez Cía, “nosotros sabíamos que no iba a ser fácil encontrar el donante adecuado, aquel que tuviese el mismo perfil que el paciente. Era fundamental que no nos sobrase ni faltase tejido a la hora de sustituir el del enfermo para el éxito del transplante”. Hoy Gómez Cía ha calificado este transplante de “tejido compuesto en territorio facial” (así lo han denominado los profesionales) de “sumamente complejo” y ha concluido que, por ahora “es un éxito”, a pesar de las dificultades. Y es que no sólo se ha hecho un transplante de piel y diversos tejidos, vasos o nervios; también de masas de grasa, huesos, músculos...

Otro aspecto a destacar, que siguen de cerca los médicos y del casi nadie habla, es el que se refiere a la recuperación mental y psíquica del paciente. Si la mejoría física, en este caso, parece evidente y que sigue su curso, la recuperación mental, me aseguran, no le va a la zaga. Rafael es fuerte. Con todo, los médicos consideran que en este tipo de intervenciones quirúrgicas las complicaciones psíquicas pueden surgir en cualquier momento y dar al traste con la recuperación total del enfermo. “¿Qué cara es esta?”, “¿De quién habrá sido esta piel que ahora estoy afeitando?”, podría preguntarse el paciente y desencadenarse en él de golpe, en su psiquis, un conflicto que se traduciría a la postre en angustia, rechazo, depresión u en otras actitudes o gestos que le avocarían siempre a una parálisis en la recuperación.

En el caso de Rafael, esta conflictividad, de momento, no se vislumbra. Su fortaleza y vitalidad, decimos; sus ganas de vivir y de superar la operación, hacen que los profesionales sanitarios sean muy optimistas al respecto. La información que manejan los médicos es que el paciente se ve a sí mismo como “cuando era más joven”, y que en ningún caso percibe a “un ser extraño” en su rostro. Tampoco le molesta el proceso vivido; el soñaba con que esto ocurriese. Además, Rafael es un hombre positivo, está acostumbrado a relacionarse —es un forofo del Betis que va al campo los domingos—; es decir, no parece que el trasplante de cara vaya a generarle ningún otro conflicto que no sean los meros y lógicos sufrimientos físicos.

Así, pues, sueño cumplido para Rafael. Probablemente en un año podrá ir ya por la calle sin que nadie se fije en su cara. Lejos quedará entonces aquel rostro en el que la boca no era una boca sino un agujero, con un ojo desaparecido y una degeneración progresiva de toda su imagen facial que le conducían al infierno... Es un decir. Lo que sí es cierto es que hoy Rafael es ya un hombre nuevo; un hombre feliz que ha hecho realidad su sueño: de tener un rostro nuevo.

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