Ciencia y salud, sí, ¿pero que hay del copago?

En el terreno de lo práctico, en salud despedimos el año en España con algunas certezas y una amenaza. Las certezas pasan por las arcas vacías del Sistema Nacional de Salud (SNS), a las que, desgraciadamente, vamos a verle el hondón durante algún tiempo. Y esto es peligroso porque hará dudar al Poder de su sostenibilidad y calidad, independientemente de que sean millones los españoles que crean que su sistema sanitario uno de los mejores del mundo. Pero es que, ante las dudas, siempre lo primero que piensa el gestor es en “meter la tijera”. Sus responsables comenzarán recortando en las prótesis, en las válvulas cardiacas…, (¡que cuestan un ojo de la cara!) y terminarán racionando hasta el papel higiénico.

No es frase hecha esta del papel higiénico, porque, ante tanta escasez, cualquier euro que se ahorre servirá para tapar algún que otro agujero de esos cientos que, de pronto, le han salido al SNS por los cuatro costados. La medida, recientemente aprobada, de que la prescripción farmacéutica se haga por el sistema unidosis, con la que el Estado pretende ahorrar cada año unos 300 millones de euros en medicamentos, es más un parche, un deseo y un intento de concienciar a la población, que una propuesta eficaz que vaya a evitar que el sistema sanitario siga agrietándose.

Así, pues, las certezas son varias y se resumen en una: el SNS está pasando por un mal momento, un momento crítico, pues gasta más de lo que ingresa y aún está por ver si será capaz en el futuro más próximo de mantener en su totalidad la cartera de prestaciones que ofrece. Seguramente, ese futuro, y si no se quiere perder calidad, pasará por la contribución ciudadana con dinero contante y sonante; eso que llaman copago; algo de lo que nadie quiere hablar, pero de lo que habla todo el mundo cuando no se le oye. Sí, esta es la amenaza: es muy probable que el usuario termine abonando una cantidad por las prestaciones sanitarias que recibe. Y esto no quiere decir que la medida vaya a servir para ahorrarle dinero a la sanidad pública o para hacer el sistema más viable o para mejorarlo en calidad y eficacia. Porque, de entrada, si el ciudadano ha de pagar cada vez que va al médico, más de uno se lo pensará dos veces y con ello retrasará el diagnóstico de su enfermedad y después, cuando acuda, la situación será mucho más grave, el daño mayor, la atención más costosa, la hospitalización más larga, etcétera, etcétera, etcétera. Es decir, a ver si va a ser peor el remedio que la enfermedad.

Publicidad

Mas, dicho esto, en el ámbito puramente científico, el resumen del año no puede ser más halagüeño. La síntesis de todo lo que está ahora ocurriendo, en cuanto a avances en ciencia médica se refiere, podría concretarse en un pensamiento que expresase la cercanía entre la vida real y la posibilidad de crearla artificialmente. Ahí está la ciencia tocando con la punta de los dedos ya, como suele decirse, la posibilidad de crear vida y alargarla, no sé si indefinidamente, aunque en eso se piensa.

En el terreno del cáncer, por ejemplo, la nanotecnología —esa ciencia que posibilita, para entendernos, que puedan construirse tuberías infinitas del tamaño de un cabello— va a permitir llegar a cada célula tumoral, esté donde esté, con la dosis precisa para su eliminación sin dañar ningún otro tejido. Ya existe la técnica de mínima radiación que evita radiar las partes no cancerígenas aunque estén pegadas a las células tumorales. Pero si hablamos de genética, de quitar y poner genes, de manipularlos, esto está a la orden del día y ya es algo normal. Sin ir más lejos, el neurocientífico sevillano José María Delgado lleva más de una década recibiendo ratones, genéticamente modificados en los laboratorios más importantes que hay por el mundo, con los que estudia el comportamiento de la mente. Últimamente, asegura, él y su equipo están estudiando algo tan difícilmente explicable como es conseguir, a partir del comportamiento de ciertos ratones, la posibilidad de crear una especie de fármaco que les haga olvidar a los humanos esos recuerdos desagradables que a todos nos asaltan. Es decir, que si aparece un mal pensamiento podría ser posible, en un futuro cercano, tomarse una pastilla y… ¡adiós, muy buenas, al disgusto!

Por lo demás, ya se ha visto que pueden concebirse bebés casi, casi, a la carta para que nazcan libres de una enfermedad hereditaria y así posibilitar, mediante un transplante de médula, la curación de un hermano enfermo; o que se realicen transplantes de cara con éxito —en España ya se han hecho dos—; o que, insistiendo en la práctica de los transplantes, que ya nadie dude ni se pregunte cuánto va a vivir una persona a la que se le trasplantó el corazón, el hígado o el riñón. Es tan común, tan rutinaria esta técnica, que ni siquiera se habla ya de ella.

Existen, desde hace no mucho, implantes arteriales biodegradables que una vez resuelta la obstrucción coronaria, en pocos meses, son reabsorbidos por el tejido arterial. Es decir, las fronteras entre la expresión natural de la vida y la creación de ésta, artificialmente, prácticamente se tocan ya. El cultivo de células madre y la creación de tejidos para regenerar un corazón fatigado, el cartílago de una rodilla, u otros órganos, está ahí, a la orden del día. Igual que en el mundo tecnológico o en el de las comunicaciones no se vislumbra cual será el límite ni el final de los avances, tampoco en la intervención sobre la salud y la vida se ve ahora mismo cual será esa barrera que la ciencia vaya a aceptar como infranqueable. Se creará sangre artificial y los seres humanos nacerán con unas características predefinidas, o sin las taras que arrastraban sus antepasados. No hace mucho un reconocido neurocirujano me decía: “en un día no muy lejano se introducirá a una persona en una habitación y una serie de máquinas identificarán cualquier problema de salud que esta tenga, para ofrecerle, acto seguido, la posible solución”.  Quizá no se llegue a tanto, pero la ciencia está en ello.

Y es que estas propuestas y otras muchas, similares, están ya ahí, al alcance de la mano. Pero mientras se concretan no conviene olvidar la realidad. Que la realidad es mucho más prosaica que los espectaculares inventos que aquí se comentan. Y a ésta, a la realidad, no le importa tanto la ciencia como “lo que comemos”. Por la boca muere el pez, aseguraban los clásicos. Y por ahí van los tiros, de momento; también por hacer ejercicio y por cultivar buenos hábitos para alcanzar la armonía entre la mente y el cuerpo. Sabemos que nuestro cuerpo, cada uno de sus piezas para ser más exactos, tiene fecha de caducidad, un número determinado de horas de funcionamiento. Independientemente de que ocurra un accidente o algo imprevisto como una mutación tumoral, la calidad y duración de la vida, de las piezas que configuran el cuerpo, en definitiva, será proporcional al uso que hagamos de ellas. Si nos complace abusar del alcohol, por ejemplo, es probable que el hígado se niegue a vivir mucho antes que lo haría en una persona que se declare abstemia. En fin, buen año a todos y a cuidar la salud, que es lo principal que tenemos, creo.