El sueño del hombre feminista

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Desde que la especie humana dejó de andar a cuatro patas, los hombres vienen maltratando a las mujeres. Muy probablemente, aquellos dos primeros seres peludos que se irguieron (macho y hembra, tal vez) se miraron uno al otro y se dispusieron a cruzar al mismo tiempo el río por aquel tronco de arce que les conduciría al Paraíso. Un tronco que el azar había terciado sobre la corriente cristalina para introducirles en el libro de la historia. Entonces la hembra (mujer), más ágil y dispuesta, quiso pasar primero, pero el macho (hombre) le dio un golpe en el hombro con la zarpa y le dijo algo así: “Primero, yo ¿entiendes? ¡Yo paso primero! Y tú, ¡a obedecer! ¡Y como no lo hagas, te sacudo!  Y ahí se sembró para siempre el germen del maltrato que por los siglos de los siglos germinó para dar terribles frutos y universos infinitos de violencia. Violencia que todavía hoy se cosechan en abundancia en todos los campos en los que concurren hombres y mujeres. Desde apalear o matar a las mujeres porque “es mi hembra, me pertenece”, hasta exhibirlas como trofeos o floreros en la publicidad, en las pasarelas de la moda, en los eventos deportivos, o sencillamente considerándolas seres menos capacitados para una determinada actividad, a consecuencia de lo cual se les paga menor salario, se les mira de otra forma y se les obliga a hacer tonterías como tirarse de unos tacones de aguja para estar más guapas; algo que jamás han hecho hasta ahora los hombres.

Hasta que llegó el feminismo y propuso cambiar el manual de los códigos. Esta revolucionaria ideología no persigue más que el trato igual entre todos, independientemente del género. Los atributos sexuales o cualidades que tenga cada uno, no son más que accidentes que en nada van a cambiar las relaciones sociales, culturales y económicas que se establezcan entre los miembros de la especie; la especie humana, se entiende. Así de fácil.

Pero el conflicto es ancestral y desde que aquel ‘mono peludo’ le amenazó a la ‘mona’ con darle una paliza si no pasaba él primero por el tronco de arce, la evolución humana ha ido perpetuando roles y actitudes de opresión. Hoy el desencuentro se resume, creo yo, en que el hombre no reconoce aún a la mujer como un igual. Sí, aparentemente sí; pero en el inconsciente masculino ese reconocimiento aparece siempre enmarañado, confundido, y, con frecuencia, se diluye a la menor oportunidad en la ‘teoría de la superioridad del macho’. En las relaciones cotidianas, en el cuerpo a cuerpo que se establece cada día, ‘ellas’ están siempre unos escalones por debajo. El hombre a la menor oportunidad trata de imponer su autoridad; su genio, sus argumentos. Y cuando no lo consigue, ‘rompe la baraja’, como se dice vulgarmente. En las relaciones afectivas, más profundas, se ve más claramente; el hombre puede disponer como quiera de sus afectos sin dar explicaciones y la mujer no tanto. Aunque miles de hombres y mujeres dirían hoy “que eso ya no es así”, y que a ellos este tema no les afecta. No, no es así para algunos, claro; pero salgamos a la calle y preguntemos; indaguemos... A ver cuántos maridos llevan el libro de la contabilidad con sus compañeras-mujeres con absoluta transparencia, a ver cuántos les ocultan que “meten la mano en la caja” a sus espaldas.

Dónde más claro se ve que la mujer como persona no cuenta demasiado para los hombres es en la comunicación publicitaria. No sé si alguien se imagina a dos hombres acicalados, con un ramo de flores en la mano, ofreciéndole su rostro al ciclista de turno, por ejemplo, que acaba de subirse al podio... Está claro que los hombres (y algunas mujeres) no son aún conscientes de que estos ritos machistas perpetúan y alimentan al dragón de la desigualdad; un dragón que, como se sabe, se alimenta todavía de violencia.

Pero centremos ya la reflexión en la urgente necesidad que tenemos de impulsar propuestas para que el género masculino trabaje para reconocer a la mujer como persona, como un ser igual a él, como alguien con quien debe negociar la vida, cada instante; alguien, la mujer, que es su compañera en la aventura de vivir y no un ser al que puede mandar, obligar, gritar, despreciar, utilizar... Sí, parece fácil superar esto que digo, incluso una verdad de Perogrullo; pero no es así. Si lo pensamos bien, cada uno de nosotros (los hombres) metemos la pata un buen número de veces a diario en este terreno del reconocimiento a las mujeres como personas. ¿Cómo? Expresándonos despectiva o irrespetuosamente, no teniéndolas en cuenta en nuestras apreciaciones o actos, promoviendo acciones propias de aquel hombre peludo que se irguió... No, no es fácil para los hombres interiorizar una ideología, hacerla suya, como es el feminismo, que le está proponiendo desnudarse de su plumaje masculino con aspiraciones a ser pavo real, para convertirse en un ser nuevo que va a vestirse con otro uniforme más sencillo, en el que el lenguaje y las acciones tienen nuevos códigos.

Creo que aquí está la clave y el germen de tanta violencia como existe aún. Mientras el hombre no reconozca en su fuero interno, en lo más profundo de su ser, hasta convertirlo en hábito, que la mujer-persona es un ser igual a él, poco podrá hacerse.

Es este un argumento que debería ser asignatura obligada en las escuelas; al menos hasta que se lograse extirpar de nosotros, los hombres, aquello de “yo paso primero, y si no obedeces, te...”. Así pues, el Día de la Mujer es un día triste porque confirma que aún no hemos conseguido eliminar la sinrazón de la desigualdad, pero es hermoso también porque nos da la oportunidad de reflexionar para entender que la vida negociada entre iguales es más rica, más fácil, más fructífera. El día que los hombres se den cuenta de que una relación de igualdad con las mujeres les beneficia, ese día se acabará (casi) la violencia.

3 Comments
  1. Cristy Montejo says

    Te agradezco tus palabras, aunque no debiera agradecerlas por que es la simple verdad. ¡pero que alegría que ya haya alguien que se haya dado cuenta de ella!

  2. Madrileño y castellano says

    En realidad los hombres no siempre se impusieron por la fuerza a las mujeres. Hubo un tiempo en que los sexos no tenían diferente consideración social. La arqueología del género ha aportado muchos puntos de vista novedosos sobre aquella organización. El problema es que en determinado momento los hombres hicieron valer su supremacía física y… hasta ahora. Conocernos como especie y el origen de nuestras organizaciones sociales puede ayudarnos a cambiar la mentalidad y a valorarnos como seres humanos iguales y no como machos o hembras.

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