Sevilla engorda, y sus niños son los más obesos de Europa

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Las verduras ayudan a controlar el peso. / J. Mayordomo

Uno de cada tres niños sevillanos, entre 6 y 12 años, tiene sobrepeso o es obeso; exactamente el 29,4%. Esto les coloca a la cabeza de Europa; un dudoso honor que mejor sería evitarlo. El dato procede del Estudio antropométrico, de hábitos de alimentación y actividad física que la delegada de Salud y Consumo del Ayuntamiento de Sevilla, Teresa Florido, presentó hace unos días en la capital hispalense. La encuesta se realizó en el año 2010 y en ella participaron 1.559 alumnos, pertenecientes a 15 centros escolares. Por sexos, las niñas le ganan en sobrepeso a los niños: un 31,6% frente al 27,3% de los niños.

El dato ha hecho saltar las alarmas; máxime cuando en el último año el porcentaje se ha elevado un 4,6%. ¿Qué ha ocurrido con la dieta para que esto sea así? ¿Qué tipo de vida llevamos, cómo nos alimentamos, cuánto y qué cantidades comemos... para que nuestro cuerpo se esté convirtiendo en una peligrosa bola obesa sin que se le ponga remedio? Ahora que la Unesco ha declarado a la dieta mediterránea patrimonio inmaterial de la humanidad debido a las muchas y buenas cualidades que reúne para que, si la practicamos, gocemos de buena salud, resulta que los españoles, que vivimos inmersos en este hábitat, que formamos parte de ella, por decirlo de algún modo, desde hace siglos, resulta, insisto, que le hemos vuelto la espalda a la “maravillosa dieta” mientras nos encandilamos con la comida rápida, prefabricada, atiborrada de azúcares y grasas.

Según Teresa Florido los datos apuntan a que, sobre todo en las clases sociales más desfavorecidas, el consumo de alimentos elaborados a base de azúcar y grasas, por lo general más baratos que el resto, es una de las causas directas de lo que está ocurriendo. La bollería industrial, las chuches, los refrescos... están causando estragos entre la población infantil. Si a esto se le añade la falta de ejercicio y unos malos hábitos alimentarios, como es el no comer frutas ni verduras suficientes, legumbres, o hacerlo a deshoras, ni de forma regular y tranquila (sin poner la televisión, por ejemplo), el cóctel para ir cogiendo peso está servido. Un cóctel que al cabo de un tiempo será ya explosivo, porque, no se olvide, el sobrepeso infantil es muy probable que termine siendo crónico, prevaleciendo como un rasgo característico, más tarde, del adulto. Y si esto es así, y si además se sabe que la obesidad no es, precisamente, la mejor compañera de viaje para la vida, el daño se multiplica. Estar obeso supone, entre otras cosas, que uno se sitúa en primera línea para padecer diabetes, hipertensión, ciertos cánceres o cualquier otra dolencia cardiovascular, enfermedades reumáticas y, lo que resulta más difícil de explicar y de acepar por quienes tienen sobrepeso: que cuando las facultades físicas disminuyan con el paso de la edad, la obesidad causará estragos. Entonces, la pérdida de calidad de vida para las personas obesas y su entorno será un grave problema.

De ahí la obligación de hacer prevención y tomarse en serio el sobrepeso infantil. Aunque ya puede predicar la Administración y tomar medidas (que siempre serán pocas), cuando de un tiempo a esta parte la comida se ha convertido en un producto de culto y elevado a la categoría de arte y ciencia con vitola de valor cultural. Poco podrán hacer los padres o el profesorado que intente transmitir hábitos sanos frente a una industria poderosa que bombardea desde la televisión, a diario, a quienes se ponen delante de ella con “maravillosos y exquisitos platos” que “no engordan”, ni “hay que preparar”, y que basta con alargar la mano hasta el frigorífico para disponer de ellos.

Así pues, Sevilla, por lo que se cuenta desde su Ayuntamiento, se pone gorda; aunque no es esta condición exclusiva de los sevillanos. Los andaluces, en general, también lo están cada vez más. Y los niños españoles —por no salir del tema— son obesos en un  9%, mientras que los que tienen sobrepeso superan ya el 33% del total. Son datos europeos que sitúan a España en segundo lugar del ranking de los gordos, sólo detrás de Malta.

Comemos demasiado, está claro. Hay estudios que apuntan a que una persona podría vivir 120 años si llevase la dieta adecuada a lo largo de su vida. Son embargo, hoy más que nunca la industria de la alimentación en general, y algunos restaurantes en particular, han elevado a la categoría de ciencia como he dicho —de hecho se imparten cursos sobre fogones y comida en prestigiosas Universidades— algo tan sencillo como es comer, aunque la organización y preparación de la comida no parezca tan difícil. Porque no se olvide: no se trata de comer sofisticadamente, sino de comer bien. Y bien es aprender a comer de todo y a sus horas; en pequeñas cantidades, eso sí, pero de todo.

Y es aquí donde surge el problema, probablemente, porque los escolares sevillanos —y los españoles, por extensión, no andarán lejos— presentan un bajo nivel nutricional en un 47,5% de los casos, según el estudio antes citado del Ayuntamiento sevillano. Esto se debe en gran medida a que más del 95% desayuna bollería y alimentos grasos, prescindiendo de los lácteos y los cereales; es decir, no se acercan ni queriendo lo que es un desayuno saludable. Además, el 52% de los niños hispalenses prefiere tomar dulces de merienda, antes que fruta u otros productos más sanos. Y por si no tuvieran bastante con la dieta equivocada que mantienen, sépase también que el 85% de los menores entre 6 y 12 años que viven en la capital de Andalucía dedican gran parte de su tiempo libre a ver la televisión (dos horas diarias de media), a jugar con la videoconsola o a trastear en el ordenador. O sea, todo lo contrario de lo que es recomendable en estos casos: que se haga deporte y ejercicio.

Por otra parte, lo que no hace tanto tiempo era signo de riqueza (un señor orondo) es ahora, curiosamente, está empezando a ser, en general, —en el mundo desarrollado se entiende—, signo de exclusión y, a veces, de subdesarrollo. La comida en el mundo rico está poniendo ya barreras que separan y discriminan a la gente, por desgracia; las clases sociales empiezan ya a distinguirse por nuevos parámetros como es el conocimiento que se tiene de las nueva tecnologías, su acceso, y por la dieta. Cada día son más las personas que buscan distinguirse o elevar su estatus social por cómo se alimentan y el cuidado de su físico. Y no se está hablando aquí de la tiranía de la “eterna belleza”, sino de Salud (salud con mayúsculas); se está hablando de vivir bien y de armonía; de la dosis de salud que lleva implícita tener un cuerpo sano y bien alimentado, sin sobrepeso.

3 Comments
  1. Ramón says

    Muy buen artículo. Parece mentira que con la cantidad de variantes que tenemos nos decantemos por la carne que nos venden por televisión.

  2. celine says

    No me sorprende que los niños sevillanos (y tarraconenses, y alcarreños…) sean los más gordos de Europa. Sólo hay que darse una vuelta por los coles a la hora del recreo y comprobar qué sustituye a los bocadillos de toda la vida. Desidia e ignorancia hacen el resto.

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