Costaleros heridos y civilización

Una costalera se asoma por el respiradero del paso de la Hermandad del Trabajo, durante la estación de penitencia celebrada el lunes por las calles de Granada. / Miguel Ángel Molina (Efe)

Viajando estos días por Italia, en particular por Roma, inmerso en la búsqueda de la belleza que nos legaron los clásicos, veo de vez en cuando, por la ventana de Internet, cómo las lágrimas de los sevillanos —y de no pocos españoles— se derraman abundantes porque la lluvia les perturba en sus juegos y creencias, mientras les impide lucir sus oropeles y mejores galas ante el temor de estropearlas. Y en cierto modo sorprende. Porque la naturaleza, que nada sabe de fe ni de rituales, en su cotidiano nacer y renacer trae estas cosas con la mayor naturalidad (nunca mejor dicho) y así, hace una semana tan sólo, ocurría que en Sevilla nos asfixiábamos de calor y hoy, leo en la red, se encogen empapados y llorosos sevillanos y turistas bajo los paraguas. Por tanto, si uno no es creyente vivirá esto con la mayor normalidad, sin más problemas; y si lo es debería preguntarse qué está haciendo mal y preguntarle a su vez a su Dios por qué esta jugarreta que da al traste con tanto esfuerzo y horas y horas de dedicación para tener todo a punto y unos “Pasos” relucientes que, por esa mala leche del tiempo, no pueden salir a la calle a lucirse. ¡Demonio de Diablo! (Que ya lo ha dicho el Papa, ayer, en Roma, que el malvado de Belcebú anda al acecho del cristiano y simpatizantes para desviarlos de su fe). ¿Será acaso el Diablo el que esté fastidiando estos días de gozo festivalero semanasanteril (perdón por la ligereza expresiva) como acaba de ocurrir con la Madrugá sevillana? Pues si es así, atentos los cristianos y a ponerse a hacer penitencia (se me ocurre) para mejorar las relaciones con el Cielo y que éste evite todo amago de borrasca en días tan señalados. Y ya pueden empezar a preguntarse, también, de paso, qué hacen mal para que siempre en Semana Santa, insisto, venga el del Averno a fastidiar la fiesta.

Y ya metidos en harina, y dado que este blog habla de Salud, principalmente, no podía faltar aquí un recuerdo para esos miles de costaleros que en España se desgracian en días tan dolientes como son los de la Pascua por no haberse entrenado adecuadamente para llevar las angarillas que sirven de soporte a los Pasos. Sólo en Sevilla, el año pasado, fueron 711 los mozos atendidos de diversas lesiones en la espalda, articulaciones, muñecas, cuello, etcétera. Y esto cada año va a más. Todavía recuerdo aquel curioso invento que, hace una docena de años, una avispada fisioterapeuta sevillana, recién acabada la carrera, tuvo a bien instalar en la explanada de la Alameda (Sevilla) para atender de urgencia a quienes en un mal paso, en un giro brusco, tras una flexión mal hecha “se rompían” en plana procesión. Recuerdo muy bien como esta joven puso en marcha su rudimentaria consulta que tanto sorprendía entonces y tanto bien ha hecho después.

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Hoy la cosa esta de la atención a los que cargan con los Pasos es ya oficial y se ha extendido por gran parte de España. El Centro de Rehabilitación al Costalero de Sevilla está patrocinado por el Ayuntamiento y son muchas las ciudades, como la capital hispalense, que, en Andalucía, en Castilla-León, en Galicia, en la Comunidad de Murcia, en Madrid, la emulan.

Y es que tal es el furor de pertenecer al “gremio costalero” que muchos, sin saberlo, se meten a un oficio para el que no están preparados ni son duchos. No hace tantos años, recuerdan algunos con sorna, que las cofradías tenía que conseguir “rogando y pagando” a personas que quisieran cargar con sus “pasos”. Pero la izquierda y la tradición, sobre todo la izquierda, (¡mamma mía!, que dirían aquí, en Italia) impulsaron como nadie el renacer del costalero, de las procesiones, de la esencia de esta vieja tradición española... que, ahora, asomándonos a la ventana de Internet, vemos como algo rancio, casi medieval. Y esto visto desde aquí, desde Roma, centro de la cristiandad, donde apenas se contemplan manifestaciones de este tipo en el espacio público, durante Semana Santa. Desde luego nada qué ver con lo que ocurre ahí, en España. Y a la izquierda, ya lo he dicho, hay que acusarla de pacata e interesada que, temiendo perder fieles y votos, alimentó sin cortapisas fenómenos como el de los “costaleros” que ahora, en Sevilla por ejemplo, son toda una casta que se exhibe, prácticamente, durante todo el año; no sólo en las procesiones.

En fin, recordemos que, en el terreno de lo práctico, el costalero, también hombre de Díos, debe prepararse adecuadamente para llevar la carga. Lo aconsejan sin reserva los Colegios de Fisioterapeutas, que dicen que una preparación física previa y continuada es imprescindible para no llevarse luego desagradables sorpresas. Y es en este contexto de la preparación previa y continua donde ha de trabajar el costalero la resistencia, el fortalecimiento de las articulaciones y los músculos de zonas como las del cuello o de la espalda, que procurará mantener siempre recta. Flexionar a la hora de coger el peso es muy importante, como lo es mirar siempre de frente o contraer la zona del abdomen al cargar... Tampoco deben flexionarse del todo ni los codos ni las muñecas. Y, por supuesto, toda medida protectora, como fajas o vendajes de fortalecimiento para las áreas corporales de mayor riesgo de padecer una lesión serán bien venidos. Asimismo, no debe olvidar el costalero practicar estiramientos antes y después de cargar con el paso; esto le evitará lesiones. Lesiones que, no se olvide, pueden derivar en crónicas si no se evitan o no se tratan bien.

En resumen, es el desconocimiento del propio cuerpo y “la aventura” de meterse a un oficio para el que no se está preparado ni entrenado el que a la larga genera en estos días de Pasión esos cientos de mozos lesionados que como un paisaje triste después de la batalla quedan sembrados por ahí, en los campos de la Semana Santa de España.

Sirva pues esta reflexión para avisar, mejor dicho, recordar, de que existe la Razón y en tiempos como estos, más fácil sería disponer de artilugios adaptados a los tiempos en los que, por ejemplo, un mando a distancia pudiese conducir, con toda comodidad, esos monumentos religiosos en los que tanta fe y empeño ponen los creyentes. No se mejoraría el espectáculo, cierto, pero al menos se evitarían cientos de lesiones.