Sito Miñanco pisa la calle

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Imagen de archivo de Sito Miñanco. / Efe

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A Sito Miñanco lo detuvieron en agosto de 2001. Dirigía una operación de cinco toneladas de cocaína. Era el número uno indiscutible del narcotráfico en Europa.  Con sólo 25 años, José Ramón Prado Bugallo, Sito Miñanco o Sito para los más cercanos, un gallego del barrio cambadés de Santo Tomé, de barbas y pelambrera enredada, miembro de una saga de marineros conocidos como Los Miñancos, había logrado hacerse un hueco entre los contrabandistas de tabaco de la ría de Arousa. De eso ya hacía muchos años. Después del tabaco, llegó el hachís y, luego, el oro blanco; la cocaína. Lo respetaban por su madera de líder, su ambición y su gran visión de estratega. Ahora, diez años después de aquella última detención, y sin haber disfrutado ni un solo día de permiso carcelario,  la sección primera de la Audiencia Nacional, presidida por el juez Gómez Bermúdez -el mismo que rechazó la libertad del narco Oubiña-, le ha concedido un permiso de tres días. Sus primeros días libres y, quizás, su puerta de escape a la libertad.

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Tras su desembarco en el negocio del contrabando, a Sito no le costó llegar a dirigir una de las tres compañías tabaqueras más poderosas, la ROS, hasta que dio con sus huesos en la cárcel en las navidades de 1983. Fue su primera caída. La más dolorosa. Mientras sus compañeros se ponían a salvo en Portugal, Sito no logró sortear el peligro y cayó en una redada contra el negocio de importación ilegal de tabaco americano. Lo cogieron en su casa, su refugio, en el que hallaron un zulo de cajetillas en un doble fondo de la cocina. Fue el primer revés, pero no sería el último. Aquel viejo lobo de mar en tratos sin escrúpulos, saboreó la traición de sus socios que, sabiéndolo recluido, aprovecharon para quedarse con su fortuna. Años después, recuperada su libertad, inició su carrera más curtido y más fuerte.

No tardó en recuperar su imperio y su dinero. Su organización empezó a diversificarse y se inició en el negocio de las drogas. El ‘Señor de la droga’ ofrecía una potente infraestructura naviera de buques y planeadoras a los clanes colombianos que deseaban introducir su coca a Europa por la puerta española. Sito lo controlaba todo. No dejaba al azar ningún detalle, ni a la responsabilidad de otros. No se fiaba de nadie. Ésta era su principal virtud y su talón de Aquiles. El jefe no era hombre de despachos, sino que se ponía al frente de las planeadoras casi siempre que podía. Y, si no era el caso, vigilaba cada operación vía satélite hasta que el último gramo de droga había sido trasportada de las naves nodrizas a sus veloces embarcaciones que él mismo construía en su astillero de San Tomé y que bautizaba con  el nombre de Sipra (Sito Prado) en el costado.

A finales de los ochenta, Cambados era su reino. El narcotraficante se había convertido en el principal benefactor del pueblo. Mientras sus hijos consumían la droga que él ponía en el mercado, ayudaba económicamente a sus vecinos, pagaba obras en la iglesia de su parroquia y enderezaba el estadio de fútbol del  Club Cambados, cuya presidencia no pudo evitar asumir. Mientras, extendía sus dominios más allá del Atlántico asentándose económicamente y políticamente en Panamá, un paraíso para contrabandistas y narcotraficantes. Allí se codeó con el poder político y financiero, colaborando incluso en la campaña electoral del entonces presidente Manuel Antonio Noriega. En Panamá conoció y se casó por segunda vez con Odalys Rivera, una joven bien relacionada con familias poderosas del país. Ella se convirtió en su principal socia. Sito se cubría las espaldas comprando a algunos agentes que le facilitaban información. Y no escasean los ejemplos. Así, en las navidades de 1988, una de sus lanchas, la Wind Star, fue apresada con un alijo de tabaco. Sus tripulantes se autoinculparon ante el juez y acusaron de cohecho a dos cabos de la Comandancia de Marina de Vilagarcía y de haberse quedado con una parte del alijo que no apareció. Los funcionarios fueron absueltos por falta de pruebas y nadie acusó al gran jefe.

No siempre logró escaparse a la acción de la Justicia. Tuvo que huir a Panamá para librarse de la célebre Operación Nécora, una de las operaciones más conocidas del juez Baltasar Garzón. Allí se escondió hasta que el 19 de enero de 1991 lo localizaron. El precio de su captura fue una larga temporada en la cárcel  tras ser condenado a 20 años de cárcel por un alijo de 300 kilos de cocaína. No se rindió. Mientras sus abogados intentaban demostrar que los pinchazos telefónicos ordenados por Garzón -la principal prueba contra Sito-, eran ilegales, él continuó dirigiendo su imperio desde  prisión. Desde allí, daba órdenes y compraba privilegios. Se hizo con un móvil desde el que dirigía sus empresas hasta que le descubrieron. Según aseguran fuentes policiales, fue entonces cuando su esposa, Odalys, se puso al frente del negocio para ejecutar sus órdenes en la calle con negocios tapadera como la lujosa Boutique Rivera, en el corazón del centro financiero de Panamá.

En 1998 logró la libertad condicional gracias a que el Tribunal de Estrasburgo admitió sus reclamaciones; las mismas que antes había echado atrás el Supremo y el Constitucional. Esta vez, no duraría mucho en la calle. En agosto de 2001 las Unidades de Delincuencia y Crimen Organizado central y gallega le pusieron las esposas, dentro de una operación internacional llamada ‘Grumete’, en una chalet de la urbanización El Bosque, en la localidad madrileña de Villaviciosa de Odón, mientras dirigía la que fue su última operación en libertad. Sito había concertado a través de sus lugartenientes colombianos en La Habana un cargamento de 5.000 kilos con un libanés afincado en Canadá al que le habían encargado elegir la nave nodriza y una carga legal que sirviera de cobertura al transporte del oro blanco. Nadie sabía que aquel empresario era confidente de la agencia americana antidroga, la DEA. La operación la dirigía la mano derecha de Sito, el propio Enrique García Arango, Quique, un colombiano afincado en Madrid. Los agentes sabían que, tras sus pasos, podía aparecer en escena el gran jerarca. Y así fue. Sito no pudo evitar no dirigir la gran operación en la lejanía. Sólo cuatro personas estaban al corriente de la operación en la que todo fue cuidado hasta el último detalle. El libanés incorporó a los GEO en el buque nodriza para que interceptaran la droga en el momento en el que ésta fuera traspasada al Tatiana, el pesquero de los gallegos. Y en Madrid, los investigadores que seguían sin descanso a Quique, se desplegaron en el hotel Meliá América. Esperaban al Pater.No tardaron en  confirmar sus sospechas. En la pantalla de las cámaras de seguridad apareció el propio Miñanco para estar presente en la cita con el libanés. Lo siguieron hasta el chalet, su centro de operaciones ocasional, y allí fue detenido por los GEO. El narcotraficante controlaba la posición de los barcos que transportaban la droga gracias a varios teléfonos vía satélite, cartas marinas y un equipo electrónico de transmisión por vía satélite.

El propio ministro del Interior de entonces, Mariano Rajoy, y el director general de la Policía, Juan Cotino, comparecieron ante la prensa para dar cuenta de la operación policial a la que calificaron de “colosal”. La detención de 'Sito Miñanco se sumaba a otras detenciones importantes, como la de los narcotraficantes Laureano Oubiña, Pablo Vioque y Josefa Charlín.

Sito Miñanco se encontraba en libertad, pendiente de una sentencia de la Audiencia Nacional por el desembarco de seis toneladas de hachís en la Ría de Vigo en 1997. Esta vez le cayeron 16 años de cárcel. Desde entonces, no ha salido de la cárcel. Ha recorrido siete prisiones. En todas, ha logrado mantener su expediente libre de incidentes. Su salida no está exenta de polémica. El permiso ha sido concedido en contra del criterio del juez de vigilancia penitenciaria, del Fiscal, de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias y de dos de los miembros de la Junta de Tratamiento de la cárcel de Huelva en la que estaba internado cuando solicitó la medida. La Sala admite “que hay riesgo de fuga”, como ya hizo en otras ocasiones, pero superpone este riesgo real al hecho de que el pasado 28 de marzo de 2009 cumpliera tres cuartas partes de la condena, que ha tenido buen comportamiento en la cárcel y que cuenta con apoyo y arraigo familiar. No es de la misma opinión su educador y su trabajador social. Ellos alegan que, como otros narco, se comporta bien cuando le conviene. Un criterio que comparte el juez de vigilancia penitenciaria no sólo por el riesgo del quebrantamiento de la condena sino porque Sito nunca ha dejado el negocio, la gravedad de su condena  y la lejanía de la fecha de su extinción. De hecho, el pasado mes de noviembre, el narco declaró por videoconferencia desde la prisión de Huelva ante la titular del Juzgado número 2 de Vilagarcía y del fiscal de Delitos Económicos de Pontevedra como imputado en una de las ramificaciones de la operación Suntuarias, una de las mayores investigaciones por blanqueo de dinero desarrolladas entre los clanes del narcotráfico gallego  que permitió embargar bienes por valor de 660 millones de euros.

En la trama figura su hija, Rosa María Prado, al frente de una de las sociedades que permitió a los Gerardos -una familia que puso en marcha el mayor imperio hostelero de Vilagarcía- abrir en el centro de la ciudad la bolera Kaiser, cerrada desde que fue intervenida por los agentes de Aduanas. Sito lo negó todo aunque admitió conocer a los Gerardos como cliente de sus locales. Tampoco reconoció conocer el motivo de la presencia de su hija mayor en dicha sociedad. Según él, hacía muchos años que no tiene relación ni con su mujer, Rosa Pouso, ni con sus dos hijas. Ahora el juez tiene la última palabra.

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