Contaminación lumínica: es hora de apagar la luz

Mapa de la contaminación lumínica de la Tierra, creado a partir de datos de satélites meteorológicos y de defensa de EEUU / earthobservatory.nasa.gov

En pocos días, quizá semanas, habrá una nueva norma en Andalucía para disminuir la contaminación lumínica mediante la reducción de las horas de uso del alumbrado público y ornamental en las calles. La simple existencia de un reglamento o como quiera que se vaya a denominar supone un avance. De hecho, ese paso ya lo han dado o están en ello en otros lugares de España bajo diversas formas, como Cantabria, Cataluña, Madrid, Zaragoza, y un largo etcétera.

No creo que haya que precisar que las razones para evitar la contaminación lumínica nocturna no son solo estéticas, sino también de ahorro, léase derroche actual de energía, y de evitar la alteración medioambiental mediante el exceso de luz artificial. Por eso, los pasos en esa dirección deberían ser más decididos.

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En el caso andaluz, lo que se sabe hasta ahora es que habrá limitaciones horarias para el uso de todo tipo de iluminaciones públicas y privadas: entre la medianoche y las siete, en invierno, y la una y las seis de la mañana, en verano.

Simplemente con ese dato, la futura normativa andaluza no parece que vaya muy lejos. Porque resulta difícil explicar qué utilidad tienen los anuncios publicitarios encendidos o los focos sobre monumentos y edificios oficiales, etcétera pasadas las 22 horas en una noche de octubre o noviembre, o de enero, febrero, marzo… Por no referirme a esas naves industriales profusamente iluminadas y rodeadas de viales también alumbrados “por razones de seguridad” en cualquier polígono de muchas ciudades andaluzas y no andaluzas.

De lo que se sabe de la futura norma andaluza deduzco que incurre en las mismas excepciones que reducen enormemente las posibilidades de ahorro energético que ofrecería un reglamento adecuado, es decir, mucho más estricto.

Precisamente ahora que vamos agobiados, unos, y casi asfixiados, otros, por la crudeza de la crisis y sus recortes, más nos valdría que los responsables de las administraciones locales y regionales –que son, en definitiva quienes habrán de vigilar por el cumplimiento de todas las normas de este tipo– se pusieran las pilas, aunque el símil parezca desafortunado, para encontrar una nueva vía de ahorro energético en la limitación radical del despilfarro lumínico a que estamos acostumbrados.

No basta con buscar una iluminación más eficiente cambiando tipos de luminarias, usando limitadores de flujo y demás. Todo eso está muy bien. Pero es el momento de ir más allá una vez que pocos ciudadanos serán capaces de criticar que le apaguen las luces de la fachada de su ayuntamiento o de su parroquia –por muy monumental que sea– a una hora razonable y realmente efectiva. Digamos a las nueve de la noche invernal, no a medianoche. Y en verano, ¿para qué iluminar con lo tarde que anochece? Se pueden poner cientos de ejemplos de edificios extrailuminados en un país tan dado a la apariencia externa y al lustre de fachadas en el que continuamente nos quejamos de “lo cara que está la luz”.

En esto, como en algunas otras cosas de las que se habla últimamente, ojalá pudiéramos concluir que no hay crisis que por bien no venga. Señal sería de que habríamos sacado algo en claro. O en oscuro, en este caso. Pero más sostenible y barato.