De Lula a Bolsonaro

  • Tradicionalmente el voto en Brasil tiene características muy personalistas. Se vota más a un líder carismático, popular, que sabe hablar a las masas y se presenta como un héroe que a un partido o base programática
  • El antipetismo ha triunfado en 2018, pero no es un elemento espontáneo de la política brasileña. Viene forjándose desde 2016

Esther Solano Gallego, Universidad Federal de São Paulo

Luis Ignacio Lula da Silva ganó las elecciones brasileñas en 2006 con 58,3 millones de votos. Había batido el récord. Fue la mayor votación de todos los presidentes de la historia democrática de Brasil. Al acabar su legislatura abandonó Brasilia con una popularidad de 87%. Otro récord. Doce años después, Jair Bolsonaro, al que muchos denominan el anti-Lula, acaba de ganar las elecciones con 57,7 millones. ¿Qué ha sucedido? ¿Es el mismo Brasil el que ha consagrado en un periodo histórico tan corto a dos presidentes tan diferentes? Una incógnita aparentemente irresoluble que se deshace rápidamente cuando se conversa con los protagonistas, la población brasileña. Junto con mi grupo de investigación de la Universidad Federal de São Paulo, conduje una serie de entrevistas con brasileños que habían votado a Lula en 2003 y 2006, votaron a Dilma en las dos siguientes elecciones y ahora decidieron otorgar su voto a Bolsonaro. Ellos nos explican sus razones.

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Para entender la política muchas veces tenemos que adentrarnos en la psicología. Tradicionalmente el voto en Brasil tiene características muy personalistas. Se vota más a un líder carismático, popular, que sabe hablar a las masas y se presenta como un héroe que a un partido o base programática. En este sentido, Lula y Bolsonaro se parecen. Los dos son figuras fuertes, casi mesiánicas, que inspiran confianza, hablan una lengua que las personas entienden y saben comunicarse con el lado afectivo de la población. Una política menos racional y más emocional.

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João Carlos, un conductor de 42 años que vive en la periferia de São Paulo, lo explica con claridad: “A mí Lula me encantaba. Hablaba y te arrastraba. Un líder. Pero ahora está en la cárcel y necesitamos a alguien competente para cambiar Brasil. El PT no tiene más líderes porque Lula no está. Creo que sólo Bolsonaro es capaz de esta tarea” Para João Carlos no es una incoherencia que los dos dirigentes sean programáticamente opuestos. Lo importante es que son hombres capaces de salvar el país.

Ya sabemos que a menudo no se vota al representante que se quiere, sino contra el que no se quiere. Esta es la radiografía de las elecciones brasileñas. Los analistas coinciden en que el antipetismo ha sido el gran vencedor de esta elección. Bolsonaro ha hecho una campaña demagógica, absolutamente vacía de propuestas concretas y centrada en la descalificación, en la demonización del PT. Muchos han votado a Bolsonaro por quitarse al PT del medio. El antipetismo ha triunfado en 2018, pero no es un elemento espontáneo de la política brasileña. Viene forjándose desde 2016, el año de la destitución de la presidente Dilma Rousseff

Gran parte de la población reconoce que Lula hizo dos buenos gobiernos. Lo votaron con esperanza porque era diferente, porque no era el político clásico. Igual que Bolsonaro hoy. Lula consiguió mejorar la economía y colocó Brasil en el centro de las atenciones internacionales, pero llegó Dilma. Su primer gobierno ya no fue tan bueno. El segundo sucumbió al desastre. La crisis económica azotó fuertemente Brasil y la presidente perdió su su base aliada y con eso la siempre difícil gobernabilidad en el Congreso brasileño, uno de los más fragmentados del mundo, con más de 20 partidos representados. El impeachment atropelló a Dilma en 2016 y los grupos de derecha comenzaron a explotar una retórica antipetista feroz.

El PT era el culpable por la crisis económica. Y como los dramas nunca vienen solos, de la mano de la crisis vino también la Operación Lava Jato, la mayor operación anticorrupción de la historia de Brasil. En el centro del escándalo de la Petrobrás estaba el PT. La Lava Jato era la continuación del escándalo del Mensalão, que acabó sus macro juicios en 2012 con importantes líderes petistas en la cárcel. Durante cinco años, Brasil vio desfilar a altos cuadros del Partido de los Trabajadores rumbo a las prisiones. Una justicia teatral que se deleitaba ofreciendo en bandeja la cabeza de los presos para conmoción nacional. El PT aparecía en las páginas de la prensa como un partido corrupto hasta las entrañas. La corrupción de los otros partidos nunca ganaba ni tantas declaraciones de jueces ni páginas periodísticas.

De 2014 a 2018, con un Partido de los Trabajadores casi destruido por la corrupción y el impeachment y sin capacidad de autodefensa, la derecha ganó la hegemonía de las calles y las redes sociales y el antipetismo galopó sin control. En 2018 llegó la prisión de Lula y con ella la explicación de que el PT era el partido más corrupto de la historia de Brasil llegó a su ápside. El clímax del antipetismo. La gente que votó al PT se sintió muy defraudada. Traición es la palabra que más repiten las personas entrevistadas en ni investigación cuando les pregunto por el PT: “¿Cómo voy a votarles de nuevo si son todos corruptos y han hundido Brasil en su mayor crisis? Yo creí en ellos pero nos ha traicionado a todos.”, dice Patricia, 56, empresaria, que votó al PT, pero defendió el impeachment y hoy repite las fórmulas antipetistas con fervor.

Corrupción y crisis económica. El antipetismo tiene un último factor explicativo, una de las herencias más terribles que Brasil carga sobre sus hombros, la desigualdad. La mayoría de los votantes de Bolsonaro son de clase media y alta. Bolsonaro obtuvo hasta 75% de los votos en los municipios brasileños con renda media y alta, pero no llegó ni al 25% en las localidades más pobres, que permanecieron fieles al PT. Fernando Haddad prevaleció en 9 de los 10 municipios más pobres. La diferencia de voto definida por la clase económica se repite cuando nos fijamos en el marcador racial. En 9 de cada 10 ciudades con mayoría blanca ganó Bolsonaro. En 7 de cada 10 con mayoría no blanca ganó Haddad.

Existe una cuestión social muy nítida en un país tan desigual como Brasil y sin la cual no podemos entender prácticamente nada: el desprecio por el pobre. La marca por la que todo el mundo reconoce los gobiernos petistas fueron las políticas públicas de complementación de renta, como la famosa Bolsa Familia, y las acciones afirmativas, que permitieron que más de 30 millones de brasileños salieran de la miseria, compraran una lavadora, un frigorífico e incluso tuvieran la osadía de frecuentar centros comerciales, aeropuertos y universidades, los lugares que los habitantes de las periferias y favelas nunca habían ocupado. El porcentaje de negros en las universidades federales, que forman gran parte de la élite del país, dobló de 5,5% en 2005 a 12,8% en 2015, gracias a los programas de cuotas raciales en la enseñanza superior pública. Las clases medias no perdonaron.

“Esa Bolsa Familia sólo es una forma de financiar a los perezosos y pobres de este país que no hacen nada. ¿Y esa cosa de las cotas? ¿Los negros quitando el espacio de mi hijo? Para nosotros, la clase media, nada. ¿Quién gobierna para nosotros que somos los que pagamos impuestos?” Karen es empresaria. Tiene 40 años. Vive en un barrio de clase alta en São Paulo y dice lo que todos sus vecinos dicen.

La misma clase media y alta que había votado a Lula porque pensaba que podría mejorar el país, se dio cuenta de que las políticas de ascensión social para los más pobres iban en serio y les estaban haciendo perder su clásico lugar de privilegio. En tiempos de crisis económica, cuando el tamaño del pastel se hace cada vez menor, el resentimiento de clase surge a raudales. Lo más curioso de todo es que aquellos que habían sido beneficiados por las políticas petistas y consiguieron mejorar de vida hasta llegar a integrar las llamadas nuevas clases medias, adoptaron el mismo discurso de las clases medias tradicionales. El Partido de los Trabajadores esperaba de ellos fidelidad. No la obtuvo. El PT pasó a ser el partido de los pobres que gobernaba contra las clases medias. El PT pasó a ser el partido de los negros que gobernaba contra los blancos. Tal vez el sentimiento de clase fue el verdadero vencedor de las elecciones.