El voto decisivo de las narices tapadas

  • Por debajo del 13% de votos, explicaban, los resultados del partido morado que lidera Pablo Iglesias podrían suponer un desastre
  • El boca a boca está convirtiendo en decisiva la batalla contra la abstención

Justo antes de iniciar la campaña electoral, varios dirigentes socialistas –incluso algún miembro del Consejo de Ministros- mostraban su preocupación por los resultados que otorgaban las encuestas a Podemos. Por debajo del 13% de votos, explicaban, los resultados del partido morado que lidera Pablo Iglesias podrían suponer un desastre –así lo definían- no sólo para ellos sino también para el PSOE. ¿Y por qué? Porque aseguraban que los votantes morados no van al PSOE, sino a la abstención. Un precio –concluían- que puede ser muy alto para el conjunto de la izquierda si, como no ven descartable, ganase la derecha del tridente.

La suma de escaños, matizaban, podría no alcanzar los 176 diputados que requiere la mayoría absoluta con la que Pedro Sánchez puede ser investido como presidente del Gobierno. Ni siquiera con el voto del PNV. E incluso añadiéndole los que, a tenor de la media de encuestas, puede conseguir la independentista ERC que lidera el posibilista –por sensato- Oriol Junqueras. Lo que, traducido en resultados, incluso podría implicar la victoria de la derecha, capitaneada por Pablo Casado.

De ahí la importancia que toda la izquierda atribuye al hecho de que los suyos voten, aunque sea –en muchos casos- aplicando la extendida acepción de hacerlo “con la nariz tapada”. Lo necesario, añadían, con tal de evitar un mal mayor que, con fundamento, ateniéndose simbólicamente a las palabras del caudillo de VOX, Santiago Abascal, -quien alude siempre a Franco menos para recordar que desconfiaba tanto de los españoles, incluso de sus militares, que sólo fiaba su seguridad a una guardia mora- califican como “reconquista”. Y no gratuitamente. Porque si en algo coinciden PP, Ciudadanos y VOX –aunque los últimos lo hagan tan peligrosa como estrambóticamente- es en su pretensión de volver a centralizar todo el poder en Madrid.

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Es regla de tres que todos los partidos reclamen el voto de sus vecinos ideológicos, so pretexto de hacerlo más útil. Así lo ha hecho Pedro Sánchez reclamando sobre todo el de Podemos –aunque sin excluir el de Ciudadanos-. Y así lo hace Pablo Iglesias cargándose de razones para argumentar –ahora que ya descarta el “sorpasso”, al menos a unos cuantos años vistos- al afirmar que sólo si Sánchez se ve obligado a pactar con ellos mantendrá el giro a la izquierda que de momento sólo ha iniciado en el BOE a sabiendas de que habría elecciones más pronto que tarde.

Hasta Junqueras hace de la necesidad virtud asegurando que sólo hay un camino para la independencia catalana: el de pactar con el Estado –colaborando con el inquilino de La Moncloa en lo económico y social y manteniendo a raya a los unitarios integristas que optan por una España que sea suya o de nadie- a reconocer la plurinacionalidad constitucional –recogida en el término "nacionalidades"- y aceptar, más pronto que tarde, un referéndum pactado que, al modo de los celebrados en Quebec o Escocia, abra la puerta a un divorcio civilizado y amistoso. O a la continuidad, si así lo decide la mayoría.

De momento, incluso las últimas encuestas bien hechas muestran, además de la consolidación del alza del PSOE, la recuperación de Podemos. Y ya hay muchos votantes de izquierdas que dicen eso de que van a votar por primera vez en su vida al PSOE, aunque tengan que taparse las narices, en las pequeñas provincias donde la Ley D´Hont niega escaños a Podemos pero puede darles los restos al partido de Sánchez. Como los hay de Podemos que, a la vista de lo que está en juego, usan también por primera vez la referencia al olfato para explicar su apoyo al partido morado en las grandes ciudades y no ceder a la tentación abstencionista como protesta por cuestiones personales de chalé o aferramientos injustificables al poder.

Sólo en Catalunya, como se demostró en las últimas elecciones autonómicas, el voto de la izquierda no se pierde. Porque los podemitas de En Comú descontentos tienen a ERC como salida. Y de hecho, fueron los seguidores de Ada Colau los que impidieron que la victoria del centroderechista Carles Puigdemont sacara más escaños a Junqueras el 21-D con el argumento de que volvería a Catalunya si ganaba, lo que no hizo pero ahora vuelve a utilizar por, visto lo visto, mero interés electoral.

En fin, que a las puertas de los comicios del 28 de abril son muchos los que recuerdan lo que pasó en Grecia cuando la Unión Europea obligó a los griegos a tragarse un referéndum servido con bombas fétidas. Muchos los que meditan ahora sobre esa patética realidad que quieren imponer esos señores mercados a los que nunca nos han presentado, los que hicieron que los euros valieran más que los votos. Muchos que no quieren que eso pase también en España. Que prefieren ir lentos, oliendo a sudores, pero hacia adelante. Los que optan por el poco a poco frente a la nada, el retroceso. Y, encima, de manos del neofascismo. A VOX en grito.