En las casitas del barrio alto

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Hace unos meses nos hacíamos eco en esta sección del estreno de una película dura como el cuerno de un toro que nos contaba la tragedia vital de una muchacha neoyorquina negra perseguida desde que nació por unas circunstancias atroces, Precious. Ahora hacemos lo propio con la segunda parte de las desventuras de la familia Jordan, el prototipo de familia de clase media americana que a finales de los noventa nos dejó perplejos en la película Happiness.

Su director, Todd Solondz, (Bienvenido a la casa de muñecas, Cosas que no se olvidan, Palíndromo), con otros actores, los mismos personajes y diez años después de que el marido de una de las tres hermanas, psiquiatra, fuese condenado por pederastia y violación de su propio hijo, ha recuperado su historia en el mismo punto en que éste sale de la cárcel.

Una década después las tres hermanas Jordan siguen igual de “emocionalmente inadaptadas”: Trish, la mayor, por fin encuentra a un hombre de verdad del que enamorarse a su manera; Helen, se siente culpable de su éxito como guionista; y Joy, la pequeña, continúa tratando de salvar a los demás de sus adicciones y miedos para en realidad salvarse a sí misma de sí misma. El marido de Trish es excarcelado y quiere ver a su familia.

Si en la sorprendente Happiness había espectadores que se reían desaforadamente, otros que se salían del cine estupefactos y algunos que nos quedábamos atónitos por el drama subyacente de cada secuencia por mucho humor paradójico que lo envolviese, en La vida en tiempos de guerra las exageraciones dramáticas se han moderado bastante y la profundidad psicológica y la sutileza narrativa han aumentado en proporción para beneficio de la película, pero el público sigue respondiendo más o menos igual.

Solondz ha vuelto a “afilar” su cámara para ofrecernos unas dosis de cinismo insoportable en ocasiones y contarnos las trabas emocionales de esta familia tipo, llevando al extremo sus carencias afectivas, adornándolas con un humor entre negro y Kafkiano, rodeándose de unos actores excepcionales y con un director de fotografía excelente que ha pintado con colores vivos la norteamérica de los sueños, cuentos de hadas y casitas del barrio alto entre cuyas paredes habita, sin embargo, la misma bestia que en los bajos y buhardillas más lúgubres del Bronx.

Hay escenas cargadas de una intensidad dramática viscosa, como la que interpreta fugaz e inolvidablemente Charlotte Rampling buscando migajas de amor y sexo a precio de saldo en la barra de cualquier bar; o la del equívoco reencuentro entre el padre pederasta (Ciaran Hinds) y su hijo mayor, que no sabemos si es una escena de amor o un thriller psicológico; o la conversación entre dos hermanas condenadas a no entenderse jamás por mucho que lo intenten; o la escabrosa confesión de una madre a su hijo de 12 años del enamoramiento repentino de un hombre maduro… Sólo algunas secuencias de la hermana menor con sus “fantasmas” rompen el ritmo de un relato ágil y estremecedor al mismo tiempo.

Todd Solondz es el guardián de las esencias de lo políticamente incorrecto en el cine estadounidense y tiene el talento suficiente para dosificarlas en películas ásperas e incómodas que se pueden ver sin revolvernos en el asiento porque las adorna con briznas de humor y ambigüedad que hacen más digerible el drama. En esta vuelta a los orígenes, o revisión de su cine mejor, ha dado un paso adelante en la meticulosa tarea de analizar los corazones podridos de la clase media norteamericana, y por extensión de buena parte de la sociedad occidental. La vida en tiempos de guerra es tan interesante como Happiness, aunque no tenga el ingrediente sorpresa de aquel golpe en la moral de clase que nos dio hace ya doce años.

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