Una mejor que dos

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Miguel Albero *

Vivir dos vidas acarrea más disgustos que ventajas, al menos si uno pretende hacerlo de forma simultánea y no consecutiva, para lo segundo nos queda la reencarnación, que tiene la ventaja de no requerir coartadas ni provocar ansiedad, sobre todo si convenimos que uno no recuerda nunca nada de la reencarnación pasada, y apenas tiene para la futura deseos de improbable cumplimiento. Lorenzo Vinuesa no quiso o no supo esperar a morirse para vivir otra vida, y el querer tener una doble y además hoy mismo terminaría por hacerle perder las dos, y entonces sí, prepararse para la reencarnación con la tranquilidad de estar ya muerto, y haber por tanto cumplido con el único requisito imprescindible.

La definición del hombre gris tenía en Lorenzo Vinuesa el ejemplo que busca toda categoría para ilustrarse, de la casa al trabajo y del trabajo a su casa, los sábados partido de tenis y los domingos televisión a granel. A eso se redujo su existir durante veinte años, y la ambición personal o profesional no se dignó a aparecer en su camino ni en los momentos de euforia. Su mujer parecía quererlo, en la oficina nunca tuvieron queja, y su amigo de la infancia Manuel Losada tampoco tenía para él reproche, ganaban el partido de tenis del sábado casi una vez cada uno, y cuando lo hacía el que no correspondía era él el enfadado, por no haber sabido cumplir con su parte del trato.

Pero tanta normalidad no debe ser saludable a largo plazo. A Lorenzo, el veneno de la aventura iba a llegarle por vía de la televisión, esa caja negra a la que consagraba sus domingos, empeñada en reblandecernos el seso, pero también en mostrarnos que hay otros mundos pero están en éste, como rezaba una publicidad de perfume ideada por un creativo de nombre Baudrillard. Un domingo de abril Vinuesa quedó fascinado con un telefilme de bajo presupuesto, o al menos con la historia que allí se contaba, la de un hombre capaz de llevar una doble vida, la tranquila de la familia y el trabajo, y la alocada y secreta del otro mundo posible, llena de amantes y peripecias con riesgo ilimitado.

Tras una semana de desasosiego, Vinuesa se decidió a seguir el guión de lo visto, y puso en marcha el mecanismo que iba a conducirlo a la muerte. Un lunes de ese mismo febrero se levantó como siempre sin necesidad de ser despertado, y se vistió como siempre de hombre gris, traje gris, corbata de rebajas y mocasines sin brillo. Bueno cariño me marcho a la oficina, fueron las palabras de despedida, que por inusuales revelaban sus verdaderas intenciones. Al volver a casa esa tarde, el vértigo que segrega la mentira, esa sensación de libertad recobrada pero también de incontenible desazón, se reflejaba en los ojos brillantes de Lorenzo Vinuesa. El nerviosismo le obligó a hacer un detallado resumen de su día laboral, cuando, explicatio non petita, su mujer nada le había preguntado, y no era ésa una de sus costumbres inmutables. Sorprendida por la logorrea insólita y las gotas de sudor en la frente de su marido, Rosita se limitó a decir ¿te pasa algo corazón?, pregunta que se repetiría en los días sucesivos, hasta que Lorenzo pudo dominarse y controlar sus impulsos, y volvió a parecer el hombre gris que ya nunca más sería.

Porque, desde ese lunes de febrero, Lorenzo Vinuesa hacía todo lo previsto para dirigirse a la oficina, seguía la rutina con aparente normalidad, y sin embargo, sin que nadie pudiera verlo, a la oficina llegaba puntual, y cumplía su trabajo como siempre. Para cubrir su trampa diaria, ordenaba en su cabeza un discurso compuesto por todas y cada una de las cosas que había hecho ese día, para que Rosita no pudiera pillarle en desliz alguno. Ése era el discurso que soltó de corrido los primeros días al regresar a casa, hasta que se dio cuenta que era mejor no entrar en detalles, y se limitó en lo sucesivo a memorizarlo para no incurrir en contradicciones, y a darle a Rosita tan sólo la información que ella le pidiera. Con el tiempo llegó a perfeccionar de tal manera su estratagema, que apenas se podía percibir temblor en su voz cuando daba cuenta de la jornada. Con el tiempo, todos los elementos de su relato terminaron por coincidir casi con exactitud con lo que en realidad había hecho dejado de hacer ese día, dándole a su coartada el sello de lo irrefutable.

Pero fue en ese momento fatal, cuando ya dominaba la mentira hasta haberla convertido en verdad sin sombra de duda, cuando Lorenzo Vinuesa dio un segundo paso en su huida hacia delante, y quizás entonces se negó a sí mismo toda esperanza de dar marcha atrás, cerró la puerta a su posible curación. En su descargo debe decirse que sólo obró como mandan los manuales, elaborados a posteriori para explicar estos fenómenos de nuestra conducta. Quien contiene sus impulsos animales y trata de envasarlos al vacío, con un plástico hecho de una vida sin fisuras,  logra que terminen por estallar, y basta que abra un pequeño agujero para respirar, para que el jamón o el lomo terminen por salirse del envase en cuanto pueden, porque ya han visto que ahí fuera hay otras cosas distintas al tedio, y no están dispuestos a privarse de ellas.

El control de sus mentiras no había hecho disminuir el agobio, tan sólo lo hacía invisible a los demás. Pero tampoco habían disminuido en Vinuesa las ganas de transgredir, ese escalofrío que le recorría el cuerpo cada vez que se entregaba a su doble vida, tan intenso como el miedo, pero con el empuje irrefrenable que procura lo prohibido. No contento con engañar a su esposa, Lorenzo Vinuesa comenzó a actuar igual en el trabajo, y otro lunes también de febrero, cuando su compañera  Mercedes le preguntó qué iba a hacer el sábado, contestó con una sonrisa de colegial: Nada hija, lo de siempre, la partida de tenis con Manuel Losada ya forma parte de mis obligaciones. Durante toda la semana sintió el corazón acelerado y durmió mal. Pero al llegar la mañana del sábado, no olvidó su propósito rompedor, aunque, para cubrir las apariencias, vestido de tenis salió de casa. Y mientras todos, ahora ya no sólo su mujer sino también su compañera Mercedes, lo imaginaban peloteando interminablemente con su casi tan gris amigo, Lorenzo Vinuesa ganó el partido en tres sets, sin darle opción a Losada, rompiendo en cinco ocasiones el servicio de su eterno oponente, al fin y al cabo era su turno de ganar, y la tradición no era tan rigurosa como para imponer el cómo.

En esa situación de permanente engaño hasta a sí mismo, vivió  Lorenzo Vinuesa otros diez años, asumiendo sus dos vidas de tal forma que parecía refundirlas en una sola. La fuerza de la costumbre le convirtió en un mentiroso compulsivo, y cada paso en su vida gris era una ocasión para demostrar que había otra posible. La afición devino patología sin matices, enfermedad sin cura, y se permitió incluso romper sus hábitos cotidianos más arraigados. Cariño, me voy a dar un paseo, le dijo otra tarde, por qué no también de febrero, a la santa Rosita, sin importarle que ella podía sospechar y esta vez más de lo debido, pues nunca había salido a dar un paseo en cincuenta años, y ese día además llovía a mares. Rosita no se atrevió a decir nada, tan solo lo miró con cara de sorpresa, y vio como se iba de casa luciendo una olvidada gabardina. La ingenuidad de la fiel esposa la llevó a pensar en la media hora siguiente que su marido estaría empapándose bajo el agua fría también de febrero, mientras Vinuesa, impermeable a la sospecha, impasible al qué dirán, se calaba hasta los huesos dando vueltas a la manzana.

Pero todo exceso castiga tarde o temprano al que lo práctica, y uno termina quemándose con el fuego al jugar con él, y sin darse cuanta acaba por abrasarse hasta las cejas. Lorenzo Vinuesa tardó diez años, vivió su doble vida con la intensidad de la pasión sin controles, y aunque logró que nadie conociera su secreto, no por ello dejó de corroerse por la culpa, la culpa insoportable que lo despertaba a media noche o le hacía hablar en sueños. Tan insoportable en verdad llegó a ser, que Lorenzo Vinuesa pensó en renunciar a su otra vida, eran ya más los inconvenientes que las ventajas, muchos más los disgustos que las satisfacciones. Toda droga tiene ese mismo defecto; al principio la tomas por el subidón, y el subidón termina por ser sólo dependencia, no nos mejora el día si la tomamos, nos lo empeora y cómo el dejar de hacerlo. Vinuesa probó una semana a no mentir, pero la rutina de su vida gris se hacía insoportable sin el aliciente de lo prohibido. Volvió a las andadas, a anunciar que se iba a comprar el periódico y volver con el Marca bajo el brazo, a decirle a Manuel que el sábado siguiente no podía jugar y faltar a la cita, a comunicarle a su jefe que no iría a trabajar porque tenía que asistir al entierro de su suegro, el mismo día, tan sólo horas después, del desgraciado fallecimiento del pobre papa de Rosita.

Pero hubo un día (nada nos dice que no pudiera ser también de febrero) que no pudo aguantar más, y fue el día cuando asumió que vivir en la mentira era insoportable, pero su alternativa gris y monótona lo era todavía aun más. Decidió que la solución era quitarse la vida, en su caso las vidas, porque una era imposible sin la otra, pero hasta en ese momento último en el que pretendía sincerarse al mundo para quitarse de encima el fardo de la farsa, siguió fiel a su comportamiento esquizofrénico. Cumpliendo con una afianzada tradición entre los suicidas, escribió una larga carta, en su caso a su mujer, en la que pedía perdón a Rosita por todos los años de engaño, desvelándole la verdad con una crudeza que sólo se permite aquél que no va a volver a mirar a la cara al destinatario. Tras la confesión sin edulcorantes, Vinuesa daba cuenta de sus intenciones suicidas con la asepsia de un comunicado. No bien firmara la carta (se despidió con un emotivo te querré siempre difícil de creer en alguien como él) iba a tomarse tres cajas de somníferos que había comprado en la farmacia de abajo. Pero como si esta última promesa de acción hubiera activado un resorte interno de imposible control, Vinuesa firmó en efecto la carta, la dejó sobre su mesilla, y recuperó el brillo en los ojos, y el escalofrío de la vida en la mentira le recorrió de nuevo el cuerpo. Horas después, y mientras Rosita leía entre sollozos las últimas palabras de su marido, y lo suponía ya muerto por ingestión de somníferos, Lorenzo Vinuesa, genio y figura, yacía sin vidas en la cama matrimonial sin dosel, con el traje gris, la corbata de rebajas y los mocasines sin brillo, vestido debajo del edredón como si hubiera tenido frío, y con la sonrisa de quien no ha dejado de vivir con la intensidad que el envite requiere, vale más vivir poco tiempo pero no desaprovechar ninguna oportunidad.

(*) Miguel Albero (Madrid, 1967). Diplomático y escritor. Ha publicado una novela, Principiantes (Tusquets, 2004), y un libro de relatos breves, Cruces (La discreta, 2007).
1 Comment
  1. celine says

    ¡Dios mío! Mi vivo retrato. Aunque, ¿no es cierto que un poco esquizos lo son más de uno y de dos? Relato contado con cuerda tensa, para leer de corrido. Gracias.

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