El fantasma de la Carrera de San Jerónimo (y III)

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Raimundo Castro *

Fue Paco quien insistió en que aquello sonaba muy bien pero no era convincente. Ni él, ni los policías, ni el ujier, nadie que no formara parte del grupo Hepta, lo tenían claro. Ellos, aunque se esforzaron, no vieron contornos fantasmales ni de negros ni de blancos con turbante. Había que tener mucha imaginación para distinguirlos y bien podría decirse con idéntica autoridad que una de aquellas formas se parecía a Zarra marcando el gol a Inglaterra y que la otra podría representar a un chino mandarín tocando un blues. Y lo del vaho… ¡Ay lo del vaho! Se borró y no volvió a salir cuando el equipo impidió que se acercase nadie, singularmente el ujier. Paco vio que sonreía con ironía y levantaba discretamente el índice. Le recriminó con un refunfuño del que nadie se apercibió.

Dejando aparte que cualquier científico profesional podría poner en cuestión los resultados, añadió Paco, porque lo de las formas fantasmagóricas fuera usted a saber, lo que estaba claro, además, era que no se cumplían los objetivos marcados por el presidente. No había que olvidarlo. El fantasma o los fantasmas que buscaban se metían con la democracia y la Corona, no con Franco.

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Pilón se enfadó, pero no dijo nada. Prefirió acabar el trabajo. Se dijo que todavía quedaba lo que intencionadamente se había dejado por discreción para el final: la zona de prensa. Y estaba convencido de que, si había figuras espectrales, andarían por allí, buscando ser captados por tanto aparato electrónico, magnetofones y cámaras como había en la sala. El exhibicionismo era el exhibicionismo. Y los fantasmas, pensó Pilón, nunca dejaban de ser fantasmas. En todos los sentidos.

EL MAESTRO SE LLEVÓ UN DISGUSTO bien gordo. Ni en la sala de prensa ni donde trabajaban Jesús y sus muchachos detectaron otra cosa que no fuera la energía estática que los periodistas, con su mala leche, recogían de las moquetas. De hecho, el chasco fue mayor cuando Paloma tocó a Sol y le transmitió un chispazo de órdago.

-¡Aquí están! -gritó emocionada.

Paco, una vez más, las bajó del guindo. No le gustaba tener que hacerlo, pero no tenía más remedio. De tanto andar sobre alfombras tan tupidas como aquellas de la Real Fábrica de Tapices, dijo, los cuerpos se cargaban de electricidad y no quería contar las descargas que recibían propios y extraños al contacto entre personas o con objetos metálicos.

-¡Menudos calambres nos llevamos! -dijo sacudiéndose la mano como si se hubiese pillado los dedos con la puerta.

Estaba claro que sólo les quedaban los archivos. Al asomar por la puerta, el padre Pilón sintió presencias fantasmales más frías que funcionarias, pero entró con cuidado y todos le siguieron. Fue una revelación. Ahí sí. Ahí sí que el padre Pilón creyó acertar de pleno.

Cuando estaban colocando los instrumentos, sin que funcionasen todavía los indicadores, los presentes oyeron algo parecido a unos ronquidos cercanos. Guardaron un silencio intencionadamente sepulcral. De inmediato, como si alguien hablase en sueños, se escuchó con claridad una voz quejumbrosa, de anciano. Decía que siempre andábamos igual, que los Borbones seguían siendo unos Borbones y que ésta democracia era una mierda. La Corona, los políticos, los militares, los funcionarios, los curas…"Los de siempre", elevó la voz. Hablaba con nostalgia y alguien recordó que en lo más bajo del sótano, debajo de la última escalera, se había guardado durante años un pedestal con una cabeza de Franco pintada con purpurina. ¿Sería el fantasma del dictador?

Bajaron despacio, la cámara de vídeo y el magnetófono encendidos, cuidándose mucho de no interrumpir las voces ni de ser oídos. El último sótano estaba completamente a oscuras. Encendieron una linterna y se llevaron un susto de salva sea la parte porque enfocaron la cabeza de Franco sin querer y estaba tapada por un paño blanco, lleno de polvo. Enseguida, gracias a un par de focos, la estancia se iluminó.

El grito fue unánime. Pero quien más se asustó fue el hombre oculto. Le habían despertado de mala manera. Dio un brinco y se puso en cuclillas, apoyando la espalda en la pared. El Matusalén estaba asustado de verdad. Sin embargo, no tenía ni un pelo que se le pusiera de punta. Y menos de fantasma.

AHÍ ACABÓ TODO. Paco le llevó al despacho del comisario por la mañana y el propio anciano despejó todas las dudas. Era un guerrillero antifranquista, dijo. Cuando tenía dieciséis años, dos años después de terminar la guerra civil, se echó al monte con su padre, jornalero de la UGT, porque los falangistas fueron a por él y amenazaron con matar al hijo si no lo encontraban. Había pasado doce años en la guerrilla extremeño-manchega, primero con el Francés y al final con Pinto. Luego le pillaron y estuvo otros diez años en la cárcel. Cuando salió, el padre Llanos le colocó en la construcción pero siempre sin papeles, por razones obvias. Hizo balance. No tenía más ingresos que la pensión de pobres que le daba el alcalde. Y, claro, no le llegaba para nada.

Se había pasado toda la vida luchando por la democracia, añadió. Y la democracia se lo había pagado así. Recordaba cuando estuvo en las tribunas del Congreso el día que el Parlamento reconoció por unanimidad que los guerrilleros eran soldados republicanos y no bandoleros. Fue el 16 de mayo del 2001. El PP, que gobernaba, apoyó una propuesta de IU para que se reconociera su lucha y se sancionase, por fin, que no eran esos bandidos que seguían constando en los archivos policiales.

Otra cosa, explicó, había sido la pasta. Todos los partidos, menos el PP, apoyaron que se les concedieran derechos pasivos como ex combatientes republicanos porque se les excluyó de todas las leyes anteriores. No estaban ni en la del setenta y seis, ni en la del setenta y siete, ni en la del setenta y ocho, ni en la del ochenta y cuatro. En ninguna. Pero nada. Lo de darles de comer se dejó para otro día. Y por más que el asunto volvió a plantearse por algunos grupos minoritarios como enmiendas a los Presupuestos, nunca prosperó su reclamación de que les diesen una pensión o una indemnización.

-Luego hicieron la Ley de la Memoria Histórica -concluyó- y se acordaron de los muertos pero no de nosotros, de los vivos. Mucho dinero para películas, libros, celebraciones y, para nosotros, el olvido. Por eso…

Se emocionó. No quiso contar cómo había conseguido engañar a tanta gente para vivir clandestinamente allí, durmiendo en el sótano de los archivos. Sólo contó que entró acompañando a un periodista, para ver a un diputado y, al terminar, dijo que no sabía dónde ir porque hacía tres meses que no pagaba la pensión de muerte donde había ido a parar. Dormía en un banco de la calle. Al periodista no se le ocurrió mejor idea que organizarle una cabezadita en el despacho de un diputado amigo de la causa. Después, afortunadamente, alguien que podía tiró de llaves por la noche y el mejor sitio que habían encontrado era en el trastero de los archivos.

Paco averiguó que un ujier, una periodista y un asesor de un grupo parlamentario le habían ayudado dándole alimentos y enseñándole a orientarse por los pasillos y salones del Congreso. De ahí salieron los ruidos. Incluso los de la cojera que se detectaron. Con la edad, se le iban los pasos.

EL COMISARIO ACUDIÓ al despacho del presidente con el informe escrito bajo el brazo. Allí, mientras esperaba a que Bono saliera del servicio, se fijó en el retrato de Valle-Inclán y sonrió. Luego detuvo la mirada más largamente en los "Jugadores de cartas" de Joaquín Sorolla y volvió a sonreír con más ironía.

Cuando el presidente le pidió que se sentase frente a la mesa baja, Luís le agradeció la confianza y dijo tan serio como pudo:

-No hay fantasmas, señor. Se nos había colado un viejo guerrillero, un maquis que sobrevivía recibiendo ayuda desde dentro. Gente sin peligro.

-¿Y dónde está ese buen hombre? -preguntó Bono, más maravillado que sorprendido, imaginando lo que se iba a reír el Rey cuando se lo contase.

-Le hemos habilitado una sala para que coma y duerma de momento. Pero estamos desconcertados. ¿Qué vamos a hacer?

-¿Cómo que qué vamos a hacer? -bramó el presidente-. Le daremos una plaza en la residencia que está construyendo Gallardón con vistas a la sierra. ¡Faltaría más!

-¡Ah, bueno! -exclamó Luís, tranquilizado.
Y Bono, como siempre que resolvía algo, se desparramó por la butaca, contento como él solo de sí mismo.

-¡Si ejque…!

(*) Raimundo Castro (Torremocha, Cáceres, 1955). Periodista y escritor. Este texto obtuvo el premio de la II Edición de Relato Parlamentario, concedido por la Asociación de Periodistas Parlamentarios y el Congreso de los Diputados.

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