La conquista de Machu Picchu

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Ofelia de Pablo

Hiram Bingham, el arqueólogo redescubridor de Machu Picchu, es invitado a un viaje imaginario –casi 100 años después de su hallazgo- donde visita la espectacular ciudadela a bordo de un tren de lujo que lleva su nombre.

Son las nueve de la mañana en la pequeña estación de Poroy, a pocos pasos de Cuzco, la antigua capital del Imperio de lo Incas. Espero sentado en un lujoso vagón del Hiram Bingham, el tren que arrancará hacia el sueño hecho realidad de Machu Picchu…una vez más… Volver a recorrer aquellos caminos que un día, hace casi cien años, me llevaron hasta el secreto mejor guardado por los incas. Hoy llegaré de nuevo hasta ellos, a sus palacios, sus templos, su magia…pero esta vez a lomos de un bello caballo de hierro que curiosamente lleva mi nombre. Un puente entre dos mundos, dos sueños hechos realidad.

Por el aire viajan hasta mi los sonidos del ayer que se mezclan en mi memoria con el silbido del tren anunciando su partida. Un suave chirriar me devuelve de golpe a la realidad. El dormido dragón de hierro se despierta. Su cola, sus escamas y sus huesos de otra época –estos cuatro soberbios vagones hechos en Singapur en 1920- comienzan a deslizarse despacio, muy despacio por la vía. Agitado y confuso observo todo como si fuera la primera vez. En mi mano una elegante taza del mejor té inglés tiembla levemente debido al traqueteo ¿o es mi pulso ante la emoción de acercarme de nuevo a Machu Picchu?.

El bamboleo del tren acuna dulcemente los recuerdos que se mezclan con las imágenes lejanas de otras épocas. A la memoria vuelven episodios como el del lluvioso día de de julio, hace más de 90 años, cuando junto con Melchor Arteaga y un soldado del ejército del Perú continuamos, a la desesperada, la obsesiva búsqueda de Tampu Tocco. Rendidos y agotados por los días infructuosos decidimos continuar mas allá del último cerro conocido en lengua quechua como Cerro Viejo. Escalamos hasta allá entre la espesa vegetación y lo ví. Sentí que había encontrado lo que tanto ansié pero me equivoqué. Había llegado a Machu Picchu.

La última parada del tren es Aguas Calientes, un pequeño pueblo junto al río. Aquí unas curvas zigzageante de pista te depositan donde hace años era prácticamente imposible llegar. Tiemblo y mi corazón se acelera ¿estará tal como lo dejé? Al final el desconsuelo me invade al ver el rincón sagrado rebosante de turistas y reconstruido sin mimo ni cuidado. En mi ayuda viene Neruda y me susurra:

de viento azul, de cordillera férrea,

que fueron como suaves huracanes de pasos

lustrando el solitario recinto de la piedra..

El aviso de la UNESCO de quitarle la protección a Machu Picchu está sirviendo para que cuiden más este tesoro de la Humanidad. Esperemos que el tiempo de la razón al poeta y que sólo el viento lustre el recinto de piedra no los millones de zapatos que sin respeto cada día lo invaden.

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