Conformismo (III)

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Anna Grau *

-Bueno, ¿y a vosotros qué os pongo?

-Una copa de Mumm, por favor. ¿Puede ser cordon rouge?

Ángeles alucinaría menos si en el bar hubiera entrado un extraterrestre con antenas verdes a pedirle la llave del baño.

-Tráele una Mahou clásica con gaseosa–se impone rauda la hermana de Sonia- Y a mí un Ballantine’s con hielo.

A pesar del bolso y del reloj carísimos y del lánguido plutócrata que lleva al lado la hermana de Sonia se ha hecho respetar en seguida por Ángeles. Es una cuestión de energía. Y de bar sistemáticamente vacío, lo cual no ayuda a la marcha del negocio pero sí a la de esta narración. Da a los personajes más tiempo de estudiarse y entenderse.

Ángeles está como está siempre ella, a la defensiva no se sabe bien de qué. La hermana de Sonia está de un mal humor expansivo que incluye desde la incomodidad de la banqueta en la que se sienta hasta la aprensión de tocar la barra con los codos y por supuesto que Luis tenga que ser siempre el mismo Luis, completamente ajeno al entorno y a su vértigo.

-¿Cómo pides champán francés aquí?

-¿No te parece que exageras? Estamos en Chueca, no en Bosnia.

La hermana de Sonia sigue fascinada el curso de estas palabras exóticas, Chueca, Bosnia, en los labios de él, tan delgados que parece que tenga la boca cosida hacia adentro. No hay nada a la vista en Luis que sugiera sensualidad. Absolutamente nada. Y sin embargo.

-Salgo a la calle a fumarme un puro –anuncia él.

-Bueno, pero entonces sé discreto y no te quedes en la plaza –se inquieta ella- No sea que salgan al balcón y te vean.

-Puede fumarse el puro aquí dentro –tercia Ángeles por sorpresa- No hay nadie.

A la hermana de Sonia las gracias se le congelan en la boca al darse cuenta de cómo mira Ángeles a Luis. Parece que no haya visto nunca a un rico bien puesto, a un rico atractivo. ¿Qué se creía, que todos eran calvos, con barriga, cuernos y rabo y peste a azufre?

Si algo teme ella de volverse algún día pobre no es tanto la estrechez material como la mental. El verse abocada a un concepto tan bidimensional de la existencia. Haciendo como que está distraída besa en la oreja a Luis, en parte por joder (a Ángeles) y en parte para reconocerle a él el mérito de estar allí como un clavo, sin asombrarse de nada. Dejando que sea ella la que lleve la iniciativa y haga las preguntas.

-Llega tarde.

Antes lo dice y antes entra por la puerta el policía. Ángeles, faltaría más, se pone tensa. No demasiado porque a estas alturas hasta ella está al cabo de la calle. Por lo demás la supuesta gran revelación que el policía tanto se resistía a hacerles por teléfono ya sale en todos los periódicos. Seis meses después ha aparecido el asesino del Chino. Y no era Jon.

-¿Pero eso es seguro, o es lo que le cuentan a la prensa para despistar?

-Ya nos gustaría contar con ese poder de despiste.

-Bueno. ¿Y qué pasa si se equivocan?

-Tenemos la confesión del verdadero asesino, tenemos un testigo y tenemos el arma homicida. Que era un cuchillo de Ikea, como profetizó su hermana…Pero no el cuchillo concreto que ella se imaginaba.

Es la primera alusión directa al contenido de la carta de Sonia. A la que su hermana llevaba en la mano cuando hace exactamente seis meses se citó aquí mismo con el policía, nada más bajarse del avión procedente de Montreal.

-Lo que no entiendo es por qué ese tal Jon se ha estado ocultando todo este tiempo siendo inocente. Y por qué la hermana de usted se ha estado ocultando con él.

Esta reflexión del policía colma la paciencia de Ángeles, ya de por sí no muy profunda:

-¿Cómo que no lo entiendes, cabrón? ¿Qué esperas que ocurra si acosas a una tía en su puesto de trabajo y le dices que deje a su novio porque es un asesino?

El policía enrojece hasta la raíz cada vez más débil del pelo. Pero antes de que ni acierte a abrir la boca, la otra aclara:

-Yo te diré lo que pasa. O se lo cree, y se caga de miedo de su novio, o no se lo cree y se caga de miedo de ti. Por nazi. Por ser un puto Goebbels de mierda. Y claro, se fugan, como Bonnie and Clyde. Yo también lo haría.

-¿Y ahora por qué han vuelto a casa? –se interesa Luis.

En Ángeles la atracción hace rato que ha superado a la extrañeza. Pero el policía todavía no está acostumbrado a Luis, a su para él incomprensible papel en toda esta historia. No tiene ni idea de qué pensar cuándo le ve pasar un brazo protector por los hombros de la hermana de Sonia. Quien por un segundo se deja aturdir por la caricia. Pero inmediatamente reacciona y repregunta:

-Vale, el tocalaúdes no mató al chivato de ustedes, al dichoso Chino. De eso es inocente. Pero, ¿cómo sabemos que no es culpable de nada más? Después de todo mi hermana le vio escondiendo un cuchillo, enterrándolo debajo de los… ¡geranios! ¿A eso ustedes les parece normal? A mí me parece la mar de sospechoso.

En sus ojos hay tal brillo fanático que los otros tres enmudecen. Luis es el que antes reacciona:

-Pero, ¿sospechoso de qué? –pregunta perplejo.

-¿Cómo que de qué? –se indigna ella- ¡De lo que sea!

Y, encarándose con el policía:

-Quiero que lo detenga. Invéntese algo. Me da igual el qué. Pero entra allí, le pone las esposas y se lo lleva. Lo retira de la circulación. Sé que pueden meter a quien quieran en prisión preventiva durante meses sin necesidad de demostrar que ha hecho nada, que basta con acusar…

-...Me temo que me confunde usted con el juez Garzón…Además, yo no he venido hoy aquí para eso…

-Eso, cuenta, ¿a qué has venido hoy?

Aprovechando que la pregunta procede de Ángeles, el policía aparta la mirada de la de la hermana de Sonia, un hormiguero de reproches que a estas alturas ya ni abarca ni comprende.

-He venido a hablar con Sonia. Y con su pareja si ella me lo pide. Para poner las cosas en claro, para explicarles que ya no necesitan huir más ni esconderse de nadie y para pedir…-iba a decir perdón, pero en el último momento prefiere “disculpas”.

Ángeles suelta una fea risotada horrorosa. Es casi un instrumento de tortura en sí misma, un hito de la mortificación. Vamos, que ni yendo de buena fe se libra uno con cierta gente, reflexiona decepcionado el policía. Se da cuenta de que casi prefiere la ira un tanto demencial de la hermana de Sonia, el aire de escandalizada dueña de la finca con que masculla:

-Pues yo no estoy conforme para nada con que suba usted a montar semejante numerito. ¿Quién me garantiza a mí la seguridad de mi hermana, insisto? Para eso le pagamos lo que le pagamos, ¿sabe? La mala conciencia, si la tiene, se la lava por favor en su casa, como todos los trapos sucios…

-También he venido, por supuesto, a devolverle su dinero.

El policía arroja el sobre naranja tamaño folio sobre la barra con un gesto que se adivina largamente deseado y ensayado. Para él es la apoteosis de la dignidad. Para la hermana de Sonia lo es de la estupidez y del descaro. Su mano es una garra de rencor a punto de recoger el sobre.

-No –la corta Luis, pasmando a todos.

Con un gesto a su vez muy elegante y preciso, como si él también lo tuviera ensayado, manda el sobre de vuelta al policía.

–Esto es de usted porque se lo tiene bien ganado.

Y, volviéndose hacia la hermana de Sonia:

-A tu disposición para acabar cuanto antes, querida.

Acuerdan que a la buhardilla subirán la policía y la hermana de Sonia, y que Luis esperará fumando en el bar.

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-¡Adelante! Perdonad que Jon no salga a recibiros, es que se acaba de meter en el baño.

Ella misma parece que estuviera metida ahí hace muy poco, a juzgar por el albornoz, los ojos y las mejillas muy brillantes y el pelo muy mojado. ¿Y si se estaban bañando juntos cuando ellos dos han tocado el timbre?

-Pero pasad, pasad sin miedo…

Sonia mantiene la puerta abierta desde una ironía inescrutable. Aunque el policía percibe su emoción al ver a su hermana. Se besan. Entran en la buhardilla abrazadas como dos niñas. La hermana con los ojos muy abiertos, a lo cuento de Hansel y Gretel.

-Ah, ¡pues sí es verdad que lo tiene todo muy bonito, lleno de detalles! –exclama.

Se ríen las dos con un nuevo arrebato infantil y delicioso. Para ellas, se entiende. Porque él cada vez se siente más fuera de lugar y más ridículo. El policía se acuerda del sabio consejo de Luis: acabar cuanto antes. Entonces da un paso al frente y dice lo que ha venido a decir. Confiesa su metedura de pata con Jon.

Sonia le escucha sin sorprenderse y sin interrumpir. También sin atenderle con ese punto de fijeza y de caramelo con que le atendió una remota tarde de verano abajo en la plaza. El hechizo que él –se da cuenta justo ahora- luchaba por repetir con su sesión de autocrítica y mea culpa. Pero por lo que sea no se repite.

Encima la hermana de Sonia mira todo el rato el reloj. Hasta bufa cuando Sonia, muy educada, le pregunta al policía: ¿eso es todo? El policía baja la cabeza con aire de derrota. No puede evitar que sus ojos se escapen hacia la puerta blanca que acertadamente supone que da al baño.

-¿Quiere esperar a que salga Jon para decírselo? O mejor, ¿por qué no entra usted mismo y habla con él?

Sonia salta del sofá donde se había sentado, despreocupada y descalza. Con el salto el albornoz se le abre y relampaguean varios detalles interesantes de ella. Tiene una especie de pez tatuado junto al ombligo. Las ingles son del color y la probable consistencia del dulce de leche.

-Pero, ¿cómo voy a entrar? –se sofoca el policía- ¿No dice usted que se está bañando?

-Seguro que a Jon no le importa. Y no se preocupe que inclinaciones homosexuales no tiene, que yo sepa. ¿Las tiene usted?

Ahora sí, las dos mujeres se ríen de él de manera infame y abierta. El policía busca desesperadamente algo digno que decir pero no se le ocurre.

-Déjale ir, venga. ¿No ves que es un pobre hombre?

Ni siquiera existe la opción de marcharse dando un portazo porque la puerta la sostiene Sonia con la mano. El policía baja los diez tramos de escaleras de los cinco pisos sin pensar. Sale a la plaza bajo la atenta vigilancia de la hermana, que se ha asomado al balcón para verle desaparecer. Desaparece.

Y con él las risas. Al quedar las dos hermanas solas se ha impuesto una suerte de fetal recogimiento. Sonia ya no ha vuelto a sentarse descalza en el sofá. Se ha quedado de pie mirando a su hermana en el balcón. Recortada de perfil contra los famosos geranios.

Permanecen así, sin hablar, unos instantes.

Hasta que la hermana, siempre con los ojos fijos en la plaza, pregunta:

-Aclárame una cosa. ¿Por qué coño tenía que enterrar un cuchillo en la jardinera? ¿Te lo contó?

Sonia camina hacia el balcón y se apoya en la barandilla.

-Para que parara la lluvia. ¿Te lo puedes creer?

-¿Cómo, perdona?

-En el pueblo de su madre entierran cuchillos cada vez que las tormentas amenazan las cosechas. Dicen que es mano de santo. Él sólo quería que parara de llover después de tres días. Tanta agua no le gustaba y no era buena para los geranios.

La hermana sopesa esta explicación.

-Paró de llover al día siguiente, ¿verdad?

Sonia asiente apesadumbrada. Su hermana la abraza. La abraza fuerte. La envuelve con su cuerpo como a una niña pequeña. Le da un beso en el pelo. Y le susurra al oído:

-Lo siento mucho. De verdad.

-Yo es que me lo creí. Me creí que mi Jon era un asesino.

-Ya.

-Si no me lo hubiera creído nunca me lo habría tomado tan en serio. No me habría hecho ilusiones.

-No pienses en ello.

-Pensé que estábamos por encima del bien y del mal de todo. Pensé que todo era posible. Y ahora mira qué palo más tremendo me he llevado. Es el peor desengaño que he tenido nunca con un hombre. ¡No debió engañarme así!

Sonia da una patada casi histérica en el suelo. Los brazos de su hermana vuelven a envolverla y a calmarla. Se quedan así, muy unidas, unos instantes más. La hermana vuelve a besarle el pelo y con gran cuidado pregunta:

-¿Qué habrías hecho si el policía te llega a decir que sí quería entrar en el baño y hablar con Jon?

Preguntando esto logra que a Sonia le dé la risa. Es verla reír e iluminársele toda la cara de póquer de ternura. Pero se esfuerza en ponerse seria:

-¿Qué habrías hecho, di?

Sonia se encoge de hombros, visiblemente por fin.

-¿Puedo pasar yo al baño?

Sonia asiente de nuevo. La hermana pasa. En un rato vuelve. Un poco pálida y con las manos mojadas.

-Como la única toalla que hay está llena de sangre…

-Te traigo una limpia, perdona.

Se la trae. Su hermana se seca las manos.

-¿Qué vamos a hacer ahora? –pregunta Sonia.

-No te preocupes. Haremos desaparecer el cuerpo. Luis lo arreglará todo, como siempre.

Sonia da la espalda al balcón. Mira a su hermana con un inmenso y asombrado cariño. Y a la vez como si no la hubiera visto nunca.

-De verdad no sabes cuánto te admiro. ¿Cómo aguantas tanto tiempo con un hombre sin perder la fe, sin morirte de asco o de ganas de matarle? ¿Cuál es el secreto? ¿Qué haces?

Y la hermana con modestia dice:

-No sé. Me conformo.

(Fin)

(*) Anna Grau (Girona, 1967) es escritora y periodista. Ha publicado tres novelas en catalán: El dia que va morir el president (Empúries, 1999), Dones contra Dones (La Magrana, 2001) y Endarrere aquesta gent (Columna, 2003). Prepara su primera novela en castellano.
1 Comment
  1. Ricard Torrell says

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