Barro

Daniel D. Carpintero *

No había hablado con nadie desde por la mañana cuando se levantó y le dijo a su madre que se iba. Su madre estaba de espaldas ante el escritorio del salón y le contestó adiós sin darse la vuelta y él se marchó al colegio. Eran las nueve menos cuarto cuando eso sucedió. La casa estaba ya ordenada. Él miró el cabello de su madre, rubio claro, casi blanco, escandinavo, que caía sobriamente sobre sus hombros anchos pero femeninos. Cuando volvió a las cinco de la tarde el salón seguía limpio y austero. Su madre aún estaba ante el escritorio. Era un escritorio de persiana, antiguo y riguroso y de madera de cerezo. Ella dijo:

—Quítate los zapatos, por favor —sin girarse para mirarlo.

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Él no había hablado con nadie desde por la mañana.

—Vale —contestó.
—No vale. Quítate los zapatos. Está lloviendo y no quiero que me manches la casa. No me importa si vale o no vale. Hazlo.

Ella seguía de espaldas ante el escritorio y él podía ver su pelo rubio plateado. Era una mujer grande, de pechos respetables y caderas anchas, pero era hermosa. Poseía una de esas bellezas llenas de majestuosidad. Parecía rusa. En su rostro había mucha inteligencia y mucha disciplina. Era una intelectual con cierta fama dentro de ámbitos feministas locales. No usaba sujetador y tenía pelos en las axilas y solía llevar prendas holgadas con sandalias. Trabajaba para una editorial preparando ediciones críticas de novelas inglesas del siglo XIX.

—Cuando te hayas descalzado —dijo— me gustaría que hicieras el favor de subir a tu cuarto y cambiarte ropa. Luego puedes bajar a que yo vea qué te has puesto. —Se volvió hacia él. Su rostro, frío y exigente y siberiano, se descompuso—. En cuanto me he dado cuenta de que llovía he pensado que volverías a casa hecho un asco —dijo—. Me encantaría equivocarme por una vez. Pero eres penosamente previsible.

Se giró hacia el escritorio e inclinó los anchos hombros sobre los papeles. Él observó su cabello. Nadie en la familia tenía el pelo tan rubio. Sólo ella. Sólo su madre, entre todas las mujeres que conocía, escribía estudios críticos sobre Jane Austen al mismo tiempo que se había liberado de rituales como depilarse o abrocharse el sostén y mantenía en orden —un orden austero y silencioso, exigente, intolerante con el error y el descuido— la casa donde vivía con su marido y su hijo.

Él subió al dormitorio y se quitó la sudadera y los pantalones mojados. Contempló la lluvia por la ventana. La lluvia carecía de cualquier sentido de la disciplina. Se la veía percutiendo contra los charcos de las baldosas del jardín, tamborileándolos. Pero si mirabas el aire únicamente veías una aguja blanca de vez en cuando. Golpeaba contra la techumbre de hojalata del porche de un modo destartalado, sin ritmo, haciendo un ruido de esos que se asocian con tuberías atascadas y retretes en almacenes abandonados. La calle olía a polvo húmedo. El césped brillaba oscuramente y en las fachadas de ladrillos había un resplandor resbaladizo. Se oía cada poco el salpicar de un automóvil por el asfalto en el que relucían en morados y amarillos las manchas de gasolina.

Él se puso unos pantalones secos y otra sudadera con capucha y bajó a que su madre lo viese. Hizo ruido al pisar los escalones de madera. Pero ella continuó inclinada sobre los papeles en el escritorio de espaldas a él. Él dijo:

—Me he cambiado de ropa.
—¿Qué has hecho con la ropa sucia?
—Está en mi cuarto. Quería que vieses que me he cambiado. Ahora voy a llevar la ropa sucia a la lavadora.

Ella se giró sobre la silla. Debajo del escritorio él vio los pies descalzos sobre el parqué. Eran grandes y sólidos y poco femeninos. Sugerían disciplina y robustez en las opiniones. Ella sacó unas gafas de un bolsillo del blusón y se las puso con un gesto frío y académico. Examinó a su hijo durante mucho rato.

—Mal —concluyó—. Deberías haber llevado la ropa sucia a la lavadora antes de venir a que yo te viese. Ahora haz el favor de ponerte algo decente. El modo como te has vestido me resulta irritante.

Él volvió a subir a la habitación. Se quitó esas prendas y miró la lluvia por la ventana. En la casa hacía calor incluso estando en calzoncillos. Pero en el jardín la lluvia era fresca. El resplandor húmedo de la hierba incitaba a revolcarse en ella. Ahora el sonido de la lluvia era continuo, monótono, de multitud tranquila. El agua caía como un juego, haciendo la tierra más oscura y la vegetación más jugosa y desordenándolo todo igual que un cachorro. Él sentía el fresco que se había impregnado en el cristal. Pegó la mejilla a la ventana. Notó el frío vivificante del otro lado. Luego se vistió tratando de elegir bien las prendas. Bajó al salón y se puso detrás del escritorio y dijo:

—Ya me he cambiado de ropa.
—Estoy demasiado ocupada para esta tontería —repuso ella sin darse la vuelta—. Tu padre va a venir de la universidad y después nos iremos los dos a la presentación de un libro de un amigo. Supongo que tienes que estudiar mucho. Así que hazme el favor de subir a tu cuarto.

Él fue al dormitorio. Sentado en la cama se mordió las uñas hasta que pudo notar el sabor de la sangre. Después se apretó lentamente el cartílago de la oreja entre el pulgar y el índice. Cuando la oreja se le calentó y empezó dolerle aflojó la presión. Luego probó otras cosas. Hizo fuerza con el nudillo del índice contra la encía; empezó a sentir un placer raro. Nunca se hacía daño de verdad. En resistir todo lo que pudiera ese primer dolor, en alargarlo hasta que no aguantase más, en eso consistía lo que estaba haciendo en el cuarto. Entonces venía el placer raro.

La lluvia era más fuerte y golpeaba el cristal de la ventana.

Él siguió disfrutando del placer raro hasta que oyó el portón del garaje y a su padre metiendo el coche bajo la lluvia. Su padre era catedrático de Filosofía. Solía frotarse los dientes con las servilletas de papel de los cafés y olfatearse las uñas cuando nadie le estaba mirando. Era alto y delgado. Llevaba gafas de alambre con los cristales redondos —detrás de las que sus ojos miopes, cómicos, doctorales giraban en busca de comentarios agudos— y tenía cierto aire desgarbado de adolescente que busca un lugar donde agacharse para atarse los cordones de los zapatos. Sus dedos eran largos y escrupulosos.

—Sucede que tenemos que irnos —dijo. Él podía oírlo desde la habitación—. Se da la circunstancia de que vamos a llegar tarde si no nos vamos concretamente ahora, mujer.
—Claro —oyó a su madre—. Sólo tengo que calzarme.
—Ocurre que eso es lo que deberías hacer de una vez. Calzarte. ¿Puede un padre saber dónde está su hijo?
—Desde luego que puede. Está en su habitación —dijo su madre—. Ha venido del colegio sucísimo. Me irrita que nuestro hijo no pueda sentarse a la mesa ni andar un rato bajo la lluvia sin acabar dando pena de lo sucio que está.
—¿En su habitación has dicho? —oyó a su padre—. Se da la circunstancia de que ahí es donde debe estar. Si se queda ahí metido hasta que volvamos juro que podré pasar un rato a gusto, precisamente el primer rato a gusto desde que tengo un hijo.
—Le diré que no salga —Luego su madre alzó la voz para asegurarse de que él la oía desde el cuarto—: Hijo, tu padre y yo nos vamos. Haz el favor de no salir de la habitación. He trabajado mucho y no quiero que la casa vuelva a estar hecha un asco. Así que quédate ahí. No salgas hasta que volvamos. Si no hemos vuelto a la hora de cenar tampoco salgas.

Él siguió oyendo la cháchara rebuscada y posdoctoral de su padre mientras los dos se metían en el garaje. Oyó cómo subían el portón y arrancaban el motor y salían a la calle. Después el ruido del coche alejándose bajo la lluvia hasta que la casa quedó en silencio. Él se sentó frente a la ventana y acarició con la mano la costra de vaho —la escarcha de grano fino— y sintió el fresco del exterior. Había anochecido. Pegó la mejilla y la frente al cristal. Estuvo un rato así dejando que el fresco entrase en su piel y luego puso la silla delante de la mesa y abrió el libro de Historia y leyó durante más o menos medio minuto. En el dormitorio reinaba el mismo orden austero, riguroso, que en el resto de la casa. Su madre había elegido las sobrias cortinas, el edredón severo, las estanterías de madera desnuda. La mesa perteneció a su bisabuela. Era una mesa de aspecto antiguo y melindroso y el tipo de mueble que uno asocia con los salones de las ancianas y los candelabros. Él agarró un bolígrafo y lo clavó. Volvió clavar el bolígrafo varias veces. Raspó el tablero con la punta del bolígrafo hasta que pudo verse la madera más clara bajo la capa de barniz. Luego salió de la habitación.

La bicicleta estaba en el cuarto trastero. Era una BH de hierro de segunda mano, sin guardabarros, con desconchones en la pintura del cuadro. Él sacó la bicicleta bajo la lluvia y notó el frío vivificante de las gotas en el cuello y cerró la puerta de la casa aunque no tenía llaves. Empezó a pedalear debajo del chaparrón. Estaba oscuro y las luces de las farolas resbalaban en la acera mojada. Luego salió a la carretera. Oía el ruido de los neumáticos de los coches sobre el asfalto encharcado. Los faros se deslizaban por la calzada y había charcos más profundos junto a los bordillos y él podía oír cómo la lluvia picaba con intensidad la calle. Cinco minutos después estaba empapado. Tenía que pasarse la mano por la cara para que el agua no le entrase en los ojos y el rostro se le había puesto negro por el aceite que salpicaba de la carretera y toda su ropa estaba sucia.

Tomó un camino de barro hacia el campo. Estaba oscuro pero se oía el chapoteo de las ruedas en el barro. Notaba el barro salpicándole en la cara y escupía los trozos que le saltaban a los labios y el barro se quedaba pegado a los pedales. También se oían las gotas que caían sobre los charcos del camino. Sentía el tacto blando y resbaladizo del camino bajo las ruedas y de vez en cuando tenía que quitarse el barro de los ojos. Entonces se cayó. El barro lo acogió con suavidad. Cayó sobre el barro y permaneció un rato en el suelo, la lluvia deslizándole por la cara, riéndose. Levantó la bicicleta con la ropa rebozada en barro, barro dentro de los zapatos, el agua aplastándole el pelo contra la frente, barro en los bolsillos, con una sonrisa en el rostro embarrado, y continuó pedaleando por el camino. No tenía intención de volver a casa.

(*) Daniel D. Carpintero es escritor.