Qué lejos, la ‘nouvelle vague’

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Chabrol, en 2009, con el galardón que le dio el Festival de Berlín. / Soeren Stache (Efe)

Ha muerto Claude Chabrol y, aunque su adscripción a la Nouvelle Vague fuera algo lateral, su desaparición no puede evitar que piense en ese movimiento artístico que tantos palos tocó en cine y en literatura, sobre todo en Francia.

Las películas de Chabrol siempre me han parecido incómodas y un tanto fastidiosas, pero eso no viene al caso. Aquí, de lo que se trata ahora es de recordar que hubo un tiempo en que en Europa se veía cine del bueno, todo lo intelectual que quieran, pero muy interesante. Los productos de Hollywood –algunos, excelentes– aparcaban en sitios aparte.

Hay que ponerse en situación: imaginar cómo un número de escritores, críticos de cine y periodistas van coincidiendo en un antro de papel cuya mención obligaba a arrodillarse por respeto: Cahiérs du cinema. Y leer un artículo firmado por un joven periodista, François Truffaut, en el que se refería a un cierto modo de hacer cine francés, ya en 1954.

Una cierta tendencia a intelectualizarlo todo, a veces hasta la exasperación, otras, sin embargo, rayando en lo sublime. Aunque en estos detalles no querría entrar; para eso ya está la Wiki. Y las enciclopedias del cine, claro.

Como ocurrió con la muerte de Eric Rohmer hace unos meses, en enero,  los ecos de sus trabajos me retrotraen a los años setenta cuando, aún sobre el fondo gris de la España en que vivíamos, se produjo el pequeño milagro de que se organizara un ciclo de cine francés de la nueva ola en Toledo. Sí, sí: lo han leído bien. Debió de ser el Instituto Francés y alguna otra alma bendita, pero recuerdo bien que mis amigos et moi pudimos ver una buena cantidad de películas inolvidables y otro grupito de pelis soporíferas e insoportables.

Fue un tiempo en que a las autoridades les dio por desviar actos culturales a Toledo, como, por ejemplo, la añorada Decena de la música, del Teatro Real, que inundaba los mejores centros toledanos de orquestas como I Musici, pianistas como Rafael Orozco, cantantes como Teresa Berganza y directores memorables de los que ahora no me acuerdo. Pero estábamos en otra cosa.

Aquel año me dí el gran atracón de películas singulares: L’Année dernière à Marienbad e Hiroshima, mon amour, de Alain Resnais; Au bout de souffle, de Jean Luc Goddard; Las ciervas y El carnicero, de Claude Chabrol ; La salamandra y Jonás que tendrá 25 años en el año 2000, de Alain Tanner; Le genou de Claire, L’Amour l’après-midi y Die Marquise von O, de Rohmer; Jules et Jim, de François Truffaut; El proceso de Juana de Arco, de Robert Bresson; El hombre que miente, de Alain Robbe-Grillet, y más. Fue una fiesta de la que acabé aprendiendo más francés que en todos los cursos del bachillerato.

No sé nada de cine, líbreme el diablo, para eso bien que escribe mi vecino de blog, y si les cuento esto es solamente por mi manía de acordarme de las cosas que han supuesto algo importante en mi vida. Simplemente, porque calculo que habrá alguien más de mi quinta a quien le haga gracia recordarlas.

Y también por rendir un homenaje a Chabrol y sus compinches. De gente así se nutre lo mejor de la historia humana.

Lo malo es que, con su muerte, Chabrol ha dejado plantados a los de la Seminci, que lo tenía de plato fuerte, para los días del 23 al 30 de octubre. Lejos del desánimo, Javier Angulo, mandamás del festival vallisoletano, ha dicho que mantendrán el homenaje y que proyectarán un montón de filmes en un ciclo llamado Universo Chabrol, desde El bello Sergio hasta Bellamy, inédita aún en España.

Prometo remirar a Chabrol y no perderme su última película a pesar de que trabaje en ella Gérard Depardieu. Pardiez.

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