Huérfanos de maestros

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He descubierto una fuga de agua en la vieja casa en la que vivo. No debería suponer mucho problema, ya que, excepcionalmente, el contratiempo ha ocurrido en lunes: casi siempre suceden en fin de semana estos desastres domésticos que de pequeños nada tienen, a juzgar por el sentimiento de abandono e indefensión que producen.

La solución no es sencilla porque el origen del problema parece venir del interior de la pared, hundido entre el yeso y la piedra y el cemento y el ladrillo y vaya usted a saber qué más materiales de que está hecha.

Inmediatamente pienso en la chapuza que hizo el fontanero cuando se construyó la casa, hace más de cien años. O, más bien, del fontanero que la arregló, hace menos tiempo. O la del siguiente operario que trató de subsanar errores anteriores. Y se me cae el alma a los pies. Me acordé de cuando leía Pepe Gotera y Otilio (chapuzas a domicilio), del celebrado Francisco Ibáñez.

Acompañado mi ánimo por la grisura del cielo de la víspera del Día de la Hispanidad, se me acumulan las imágenes de las calles de Madrid y de Barcelona que no solamente están sucias, es que dan la impresión de que nunca las limpie nadie, que dependan del buen corazón de la gente, de su repugnancia a tirar basura a la vía pública.

Con ser desagradable el espectáculo de papeles, plásticos, botellas de alcohol rotas y otras porquerías sembradas por todas partes, es aún más desoladora la imagen de las obras públicas que más que arreglar o dignificar las calles parecen vandalizarlas, como si un ejército de jenízaros terminators hubiera sido contratado por la municipalidad.

En este descenso vertiginoso al infierno me hallaba cuando caí en la cuenta de la razón auténtica de mi abatimiento: acababa de escuchar por la radio un programa en el que se hablaba de las razones por las que hay tantos españoles repartidos por el mundo, a semejanza de todos esos programas de TV.

Si en los años cincuenta y sesenta muchos españoles salieron a buscarse la vida honradamente, heroicamente en muchos casos, en la actualidad está pasando lo mismo con una pequeña diferencia: aquellas eran pobres gentes sin educación, los de ahora son universitarios y profesionales preparadísimos que ejercen sus carreras en Alemania, Holanda, Gran Bretaña, Australia, Estados Unidos y hasta en Jordania. Físicos, ingenieros (“mi mujer es una ingeniera muy competente, listísima –decía uno de los oyentes del programa desde Amberes- pero en España no tiene la menor oportunidad y aquí está muy bien considerada”), profesores de matemáticas, médicos… Más de mil médicos españoles salen cada año a trabajar fuera: hasta en Portugal, donde se supone que tienen las mismas dificultades o más que en España, los acogen con más respeto.

En paralelo, masas de adolescentes sucumben al menosprecio del conocimiento en el caldo de cultivo de una sociedad cada vez más ajena a la inteligencia y más pendiente de la zafiedad televisada, que cifra su felicidad en una comilona bien regada más que en el aprecio de la belleza de un jardín, por ejemplo. No digo que no puedan ser alegrías compatibles, entiéndanme.

Cuando el conductor del programa pregunta qué le gusta de la ciudad en la que vive, Munich, a otro español,  éste responde que “los paseos están limpios, la gente es educada y amable, los precios son como en España pero los sueldos, no”. Ya imaginarán ustedes en qué sentido no son iguales.

Hace más de 70 años, médicos, filósofos, poetas, escritores, políticos, militares, historiadores, músicos, pintores… dejaron su patria, por la guerra civil, para vivir en países de América, México y Puerto Rico, especialmente, en busca de futuro. Juan Marichal, Jorge Guillén, Luis Buñuel, Remedios Varo, Rodolfo Halffter, Juan Ramón Jiménez y tantos excelentes españoles se beneficiaron de la abundancia de esas tierras y pagaron con su trabajo y su inteligencia. Pero en España, generaciones enteras se vieron privadas de su magisterio. Costó tiempo y esfuerzo recuperar algo de lo perdido.

España tiene una larga historia de emigrantes por exilio forzado que empieza incluso antes de la expulsión de judíos y moriscos, los afrancesados en 1810, los liberales y románticos de 1823. La sangría había cesado cuando la crisis de 1973, en que España se hizo más receptora: nunca ha dejado de serlo, en realidad.

Lo que resulta nuevo es este fenómeno que se multiplica geométricamente de la salida de gente joven y universitaria, preparadísima y muy aceptada –hasta ahí podríamos llegar– fuera de nuestras fronteras. Si envejecieran entre nosotros, desarrollando sus carreras y ejerciendo sus profesiones, enseñando a las nuevas generaciones, no habría esta sensación de orfandad y de desánimo al contemplar las calles de Madrid y Barcelona, sucias y maltratadas, llenas de gente mendicante, vendedores ambulantes, turistas embrutecidos, y vacías de cortesía y conocimiento.

En fin. Amenazaba tormenta pero acaba de salir un rayo de sol, tímido, de detrás de las montañas. El fontanero ha dado con la avería: un codo de hierro de la vieja tubería, picado y herrumbroso. Es un buen operario y un hombre honrado. Cuando se marcha, pienso que quizás no esté todo perdido, que merezca la pena conservar la esperanza y las ganas de cambiar las cosas a mejor.

2 Comments
  1. estrella says

    Que razón llevas con lo de la fuga de gente valiosa. En Boston, en estos últimos años, ha aumentado el número de españoles de una forma sorprendente. Lugar idóneo por las muchas universidades y centros médicos que hay. Lo que oigo de ellos es que aquí les dan todo tipo de facilidades para realizar su investigación. De los resultados de ésta se favorecerá el resto del mundo, por lo cual les da igual donde vivan con tal que les faciliten el trabajo.

  2. Orientadora says

    Elvira: Me gusta que nada más llegar de tus viajes te sientas inspirada. Y que una avería en las cañerías te encamine a expresarte y a reflexionar sobre nuestras pequeñas miserias españolas. Todos estos males y estos fenómenos laborales provienen sobre todo de que la formación profesional nunca fue bien vista en España. En Alemania se alternó siempre el trabajo con el estudio. Nostros siempre les hemos dado más mérito a los trabajos de «cuello blanco». No es demasiado realista y sostenible que todo el mundo estudie en la universidad. Al final, los graduados, por lógica, deberán trabajar como subempleados. Habría que recomponer el sistema educativo y eliminar falsas creencias. Un abrazo de Luisa

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