ELVIRA HUELBES | Publicado: - Actualizado: 7/1/2017 19:05

Jacques Tati en "Mon oncle"/ Wikimedia Commons

Para celebrar sus ¡veinte años, ya! en la calle –sinceras felicitaciones- Babelia ha publicado el prólogo del próximo libro de Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, un volumen que contendrá artículos ya publicados y conferencias dictadas, reunidos bajo el signo de su preocupación: cómo la cultura o lo que llamamos cultura ha ido transformándose en un conjunto bien orquestado de camelos productivos para sus actores, los artistas en cuestión y sus galeristas, editores, críticos mediáticos, marchantes, representantes, etc., y para nadie más. Un universo camelístico que está aplastando y ocultando a los agentes de la verdadera cultura, la de toda la vida, la que procuraba alimento espiritual a los pobres ignorantes que habitamos la Tierra.

Esta reflexión le llega al Nobel de Literatura tras numerosas experiencias como lector, espectador y oyente, a lo largo de los últimos años, en los que ha ido constatando la banalización de lo que se ofrece como hecho cultural. Estoy de acuerdo con esta observación y por eso me apoyo en su autoridad para animar mi comentario. Gran parte del aire que se respira en ella está en la página firmada por Antonio Muñoz Molina, con la de Vargas, lo mejor del número de celebración, me parece.

Tiene gracia que este estado de cosas coincida con el despliegue generalizado de fondos oficiales autonómicos, municipales y estatales dirigidos a la propaganda política de sus presuntos mecenas, siendo así que los productos que impulsan suelen ser infumables o nimios para tanto gasto. Mucho ruido y pocas nueces, para decirlo al estilo clásico e inteligible.

Hace ver el autor peruano que no hay que dejarse engañar por la sociedad del progreso: lo que algunos papanatas o listillos –si en algo les beneficia la feria- llaman la “sociedad del conocimiento”. Así que escuchamos afirmaciones tajantes como: la red de redes y los medios de masas  facilitan tal cantidad de información que ya nadie puede enmohecerse en la ignorancia. ¿Qué no puede nadie qué? O la que asegura que el libro electrónico va a facilitar la lectura y simplificarlo todo. Me regocija saber que Jacobo Siruela –listo y fino editor- discrepa de esto. Con lo fácil que es desempolvar un ejemplar dormido en la estantería para hundirse en sus páginas con gozo.

Y aquí viene la pena: ¿es acaso posible en medio del barullo de la modernidad, del estruendo de las ofertas culturales, de la masiva invasión de imágenes vacías y luminosas, encontrar el hueco silencioso, casi místico, que requiere –que exige- la aprehensión del alimento espiritual guardado celosamente en ese saco que se ha venido llamando cultura?

Vargas se cura en salud haciendo ver que la cultura de toda la vida, ha emanado de una élite, sí, pero para desbordar sus límites e inundar a todas las clases. Ese era el plan cuando accedió la izquierda al poder, ése era el anhelo, la ilusión, la esperanza. Pero, no sé porqué, las primeras colas interminables, a primeros de los 80, ante una exposición de Velázquez en El Prado (poseedor de la mitad de la producción del pintor, que puede verse cualquier día sin necesidad de guardar colas), o los cachés que Jehudi Menuhin, el gran violinista, confesó con perplejidad recibir del gobierno español por las mismas fechas, y otras cosas de las que ya no me acuerdo, me hicieron temer lo peor. No era eso. Y fíjense que pongo dos ejemplos extremos de calidad incuestionable. No era eso.

Pero, como recuerda Vargas, el fenómeno del torcimiento de la cultura no es exclusivo de España, ni mucho menos. En eso, como en tantas otras cosas, seguimos la corriente impuesta por el pelotón de cabeza de los países desarrollados. Ya en los años treinta del siglo XX, autores como Paul Valéry, T. S. Eliot y Aldous Huxley, por nombrar a tres importantes, escribían amargamente sobre la pérdida insoportable de valor en la cultura expuesta a la sociedad: en Francia, Estados Unidos e Inglaterra empezaba a notarse seriamente el cambalache.  Huxley, en concreto, ya denunció el aplanamiento del laborismo británico en sus políticas culturales, con el pretexto de que la cultura llegara a todos. Es decir, rebajar el nivel de la cultura en lugar de elevar el de las gentes menos pudientes. Buen negocio.

Hay una distancia entre criticar la inanidad de lo que se nos ofrece actualmente como “hecho cultural”, subvencionado o no, y la nostalgia del pasado. No se trata de ir para atrás, sino de avanzar de verdad, no dar vueltas caprichosas sólo productivas para sus protagonistas, como parece haberse impuesto. Esto lo suele ver bien el dramaturgo Ignacio García May, en su columna de El Cultural.

Sigo creyendo que el verdadero progreso consiste en que más gente, la mayoría, viva con la suficiente decencia como para poder disfrutar con la lectura de Quevedo, la escucha de los preludios de Chopin o las películas de Jacques Tati, sin tener que poner morritos de superintelectual de pacotilla por no avergonzarse de su ignorancia. Quizás tenga razón Mario Vargas cuando cavila que lo que él (y yo) añora “sea polvo y ceniza sin resurrección posible” pero también cabe esperar que el constructo cultural, el mamotreto artístico y libresco amontonado en los años de la modernidad y el progreso acabe teniendo pies de barro y se desmorone lenta y silenciosamente hasta su relegación al sitio que le corresponde, junto a los cubos de la basura. Justo castigo del tiempo a los que tan alegremente han derrochado , acaba Vargas, esa delicada materia que da sentido a lo que llamamos civilización.

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