Merienda de negros

Aspecto de una calle principal de Addis Abeba, en construcción. / Elvira Huelbes

Para curar los ataques de pesimismo que a veces sacuden los corazones que habitan los países desarrollados no hay como visitar Etiopía. Uno de los territorios más grandes de Africa, segundo en población tras Nigeria, la Isla Cristiana, ahora reforzada por Sudán del Sur, recién separado del resto musulmán sudanés, es un libro abierto surcado de líneas torcidas y otras que se salen de los márgenes.

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Sobre Etiopía hay libros antiguos que se van traduciendo poco a poco, no sin esfuerzo, como es el caso de la Historia de Etiopía, de Pedro Páez (1564-1622), el jesuita nacido cerca de Madrid y que estudió en Alcalá de Henares y Coimbra, cuando Portugal y España dormían juntas, bajo el rey más admirado por Montaigne y Goethe, Felipe II. Páez fue el primer hombre blanco en ver las fuentes del Nilo Azul, en 1618, y lo dejó escrito sin asomo de vanidad: “Confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver el rey Ciro, el gran Alejandro y Julio César”. Casi nada.

El curita escribió su libro en portugués siguiendo las instrucciones de la Compañía de Jesús, que exigía a sus miembros una minuciosa e incansable descripción y apunte de cuantos elementos ayudaran a comprender la realidad de los lugares y las gentes que iban conociendo.

Como saben los hispanistas, este registro notarial, que resulta tan moderno, es una característica exclusiva de la política imperial española, que se repite en la conquista de América o en la historia de la Inquisición, gracias a lo que se sabe tanto. Y con espíritu crítico. Bien, a lo que íbamos.

El caso es que la Fundación El Legado Andalusí ha publicado el primer tomo de este libro, en 2009, y promete seguir con el resto. A todo esto, el embajador español en Addis Abeba, Antonio Sánchez-Benedito, me asegura que andan en la traducción al inglés, para lo que se ha ofrecido una de esas sociedades geográficas inglesas que lleva años dando largas. Me da la tocina de que no desean que todo el mundo sepa que no fue su aventurero escocés, James Bruce, sino el viajero madrileño quien vio esas fuentes del Nilo por todos nosotros, siglo y medio antes.

¿Por qué no se ha traducido antes esta obra que dormía en los estantes de la Universidad de Coimbra? Misterio. Sobre Pedro Páez ha escrito una biografía Javier Reverte, Dios, el diablo y la aventura (Debolsillo, 2003), muy documentada y entusiasta.

El hotel Ras, donde se alojaba el escritor británico Evelyn Waugh. / E. H.

Hay libros elocuentes y divertidos, con toda la hiel del humor más preclaro de Evelyn Waugh, por ejemplo, When the Going was Good, The Coronation of Haile Selassie o Remote People (Gente remota, Debolsillo, 2009). Hasta escribió una novela, Black Mischief (Merienda de negros, Anagrama, 2007), en la que el autor de Retorno a Brideshead, usa elementos de sus reportajes anteriores para construir una trama de lo más verosímil y muy crítica con la fauna británica que poblaba la Etiopía del momento, ese elemento victoriano que tanto ha dado que escribir.

Y hay libros que marcaron época, justa o injustamente, como el de Ryschard Kapuschinski, El emperador (Anagrama, 2007), con su puntito de visión telón de acero. Confieso que, de todos los leídos, quien me encandila más es el impenitente Waugh. Alojada en un hotel de Harar, me fijé en su nombre, “Heartage” donde se quiso decir “Heritage”, muy del estilo de las bromas del periodista británico en sus novelas, en las que gusta de jugar con nombres polisémicos más o menos equívocos. Ahora veo de dónde procede la inspiración de EW.

Etiopía es casi un estado de ánimo y si no que se lo pregunten a Arthur RimbaudLivre fumant, monté des brumes violentes, moi qui trouvais le ciel rougeoyant comme un mur…– que la conoció bien. Precisamente en Harar, han encontrado una bonita casa de hacendado indio que atribuyen al poeta y traficante francés, en cuyas paredes han impreso versos. Una forma inocente de alegrarle el viaje al turista ilustrado.

Etiopía es la cita con la muerte, no sé porqué. Quizá por el recuerdo de mi visita anterior, hace una docena de años, cuando en la iglesia de Bete Mariam, en Lalibela, se toparon mis ojos con los pies de un esqueleto, acomodado en uno de los nichos de peregrinos, en los muros laterales frente a la iglesia, “ése quiso acabar sus días aquí y aquí está”, me dijeron. Sí, algo así debe de ser. Un estado de melancolía extrema.

Reconstrucción de Lucy, en el Museo de Historia Natural de Addis Abeba. / E. H.

Quizá lo sugiera también la contemplación de Lucy, la australopithecus afarensis, en el museo natural de Addis. Su sonrisa eterna de más de tres millones de años. Estando allí, leí sobre el reciente hallazgo de un metatarso de su pie izquierdo –como diría un comentarista de fútbol- que confirma que la pequeña Lucy ya andaba como nosotros y no como su abuela Ardi, encontrada a sesenta kilómetros, que aún tenía los pies como los de los chimpancés.

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Cavar en suelo etíope es exponerse a encontrar alguna sorpresa millonaria en años de antigüedad. Lo saben bien los alemanes que cooperan y trabajan en excavaciones de Aksum, ciudad fundacional. Pero el dinero se acaba y hay que dejar los agujeros en reposo durante quién sabe cuánto tiempo. Si han esperado tantos miles y millones de años pueden esperar otros tantos más. Es lo que parece leerse en las miradas de los pastores etíopes, de las mujeres que recogen cada día litros de agua de la piscina de la Reina de Saba para lavar la colada o de los niños que juegan con la basura derrochando alegría.

Por lo pronto, los chinos les están haciendo carreteras y por todas partes se elevan edificios nuevos en construcción. En 2010 han crecido un 11 por ciento aunque el analfabetismo afecta al 80 por ciento de la población femenina y a la mitad de los hombres. Nadie sabe cómo se escribirán las futuras líneas de su historia, pero ojalá que esa gente que le sonríe a la desgracia tenga buena suerte.