IGNACIO ECHEVARRíA | Publicado: - Actualizado: 19/6/2017 11:57

Cartel de la edición 2011 de Kosmópolis. / cccb.org

El jueves 24 arrancó en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) la VI edición de Kosmópolis, “fiesta internacional de la literatura”. Obedientemente, la prensa cultural de buena parte del país, pero sobre todo de Cataluña, se ha hecho portavoz del acontecimiento, que se proclama a sí mismo como la gran “fiesta de la literatura amplificada”. Produce un cierto apuro esta insistencia en asociar los términos fiesta y cultura, y en bautizar como festivales los encuentros literarios, connotando de antemano su resuelta voluntad de ecumenismo, de no resultar crispantes ni incomodadores, de no polemizar en modo alguno, de no preguntarse por nada verdaderamente concerniente como no sea la geometría particular del propio ombligo. Intriga, además, ese concepto pintoresco de “literatura amplificada”, que los responsables del evento envuelven con una bochornosa retórica tecnofuturista.

Durante la presentación de esta nueva edición del festival, Josep Ramoneda, director del CCCB, se jactaba de cómo, desde sus comienzos, Kosmópolis no ha dejado de apostar por las tendencias que supuestamente están marcando el futuro de la literatura. Y haciéndose eco de la fraseología de Juan Insúa, ideólogo y director del festival, advertía que Kosmópolis no solo presta atención a la palabra escrita «sino que también es testigo de una revalorización de la oralidad y, por supuesto, de la potente irrupción de la palabra electrónica, lo que incide en nuevas formas de lectura, de edición y de distribución».

El mismo Juan Insúa subrayaba que “la palabra impresa comienza a erosionarse para dar espacio al renacimiento de una oralidad plural”. Si bien (ocupado, al parecer, en acuñar su propia cháchara propagandística, en la que lucen expresiones como “nuevas cartografías”, “narrativas transmediáticas”, “fiesta solar”, “aventura del conocimiento”, “alegría de crear en un mundo abierto, mestizo y cambiante”) no se molestaba demasiado en explicar qué cosa sea esto de oralidad plural, ni en qué medida tiene que ver con la literatura.

En cuanto a lo de “literatura amplificada”, alude, creo deducir, al desarrollo de nuevos formatos y circuitos que desbordan los moldes convencionales. Esto sí: en el plano más concreto de las actividades del festival, el concepto se traduce, poco más o menos, en el esforzado disimulo de los formatos tradicionales (charlas magistrales, conferencias, mesas redondas, debates, recitales) en favor de otros más extravagantes o, por mejor decir, más “experimentales” (el festival se define a sí mismo como “una fiesta-laboratorio”). Por mucho que, en definitiva, lo que se ofrece sea, en más de un caso, lo mismo de siempre disfrazado con anglicismos –spoken word, bookcamp, poetry slam…– y servido con parafernalia tecnológica.

¿Y todo para qué? Pues para pasear a autores tan alternativos como Ian McEwan, Claudio Magris, Alessandro Baricco, Enrique Vila-Matas, Andrés Neumann, Joan Margarit y tantos otros (algunos de ellos, vaya por dónde, en plena ronda de promoción de sus últimos libros). También para que la muchachada se distraiga jugando a los disc jockey en las llamadas jam de escritura. Para que los conspicuos Eloy Fernández Porta y Agustín Fernández Mallo reediten por enésima vez su performance titulada Afterpop. Para escenificar un futurible que está muy lejos de ser real, ni siquiera inminente.

Lo chocante de todo esto es que, lejos de “cartografiar” las nuevas tendencias, éste y otros festivales similares parecen más bien postularlas y promoverlas, para después envanecerse de haber apostado por ellas. En cualquier caso, su concepto de la literatura, más que “amplificado”, es disolvente de aquello que, cualquiera sea o haya sido su soporte, en el pasado como en el presente, no ha dejado nunca de ser la seña distintiva de lo literario: la profundización en la palabra y el arte de hacerla fértil y memorable.

El discurso “universalista” que proclama un festival como Kosmópolis (“somos cuidadanos del cosmos, ciudadanos del universo”) es esencialmente ecuménico, celebratorio, manso y lúdico. Desactivador, al fin, del potencial subversivo y transformador que aún le cabe a la palabra, escrita o dicha, impresa o digitalizada. Lejos de resistirse a los tiempos, de enfrentarlos, de problematizarlos, se adapta gozosamente a ellos, y se adelanta a cumplir, como si de una fatalidad se tratase, los designios del presente, sin plantearse siquiera oponerle un horizonte de utopía.

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  • Jonatan

    Ha retratado usted magníficamente la pereza que me produce este tipo de acontecimientos culturales, destrás de los que creo que está parte de la responsabilidad de que en España la palabra “cultura” encierre un profundo tedio y apatía. Qué hartazgo de naderías.

  • anónimo

    ¿Está usted promocionando el ilustre idioma catalán por la cosmópolis globalizada? Le van a dar una cruz Jordi o algo, señor Etxevarría.

  • batman

    Estuve en el Kosmópolis y me pareció una buena propuesta, aunque no me entusiasmó. Esta crítica me parece acertada por cuanto me hace reflexionar sobre lo que he visto. Seamos serios, no critiquemos lo que desconocemos ni nos refugiemos detrás de grandes palabros: España, Cultura, Catalán. Hagamos un esfuerzo, por favor, también para hacer un simple comentario en Internet.

  • >*

    Totalmente de acuerdo. El show de Porta y Mallo, entre otras cosas, era infumable. Y la final de poetry slam ni te cuento. Lo demás, lo de siempre. Como dice Ignacio: literatura disolvente más que amplificada… Pura promoción.

  • El crítico amable

    El señor Echevarría ¿Aparte de ir a la conferencia de prensa o leerse las notas que publicaron los diarios, se pasó – o paseó – algún día por el lúdico festival?

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