La muerte y la frontera: por qué no hay que reírse

Un hombre sostiene en alto un cartel en la 'zona cero' de Nueva York, durante las celebraciones por la muerte de Bin Laden, este lunes. / Andrew Gombert (Efe)

Las imágenes televisivas de miles de neoyorquinos gritando y saltando de alegría por la muerte de Bin Laden a manos de un comando norteamericano me resultaron muy desagradables. Por casualidad, me topé en una calle de Barcelona con Félix de Azúa, quien me comentó que las vio con el sonido de la tele silenciado y que pensó que se trataba de musulmanes enardecidos que clamaban contra los Cruzados. Sorpresa, cuando vio que era justo lo contrario.

La siguiente imagen del gabinete de Obama asistiendo a las operaciones de la acción militar en directo, vía satélite, me preocupó aún más. Veo en esa fotografía a importantes responsables del país que manda en el mundo conteniendo la respiración como ante la jugada peligrosa del equipo contrario frente al guardameta propio. El resultado, que conocemos, fue favorable: en consonancia con los carteles que exhibían algunos manifestantes: Osama 0, Obama, 1.

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Se repite la historia del simplismo: Hitler era malo porque era un monstruo, como Sadam Husein, como Bin Laden. Y los monstruos no son humanos, no hay que tratarles como a humanos, por tanto. No me tomen por ingenua, no voy a decir que siento la desaparición del individuo en cuestión, lo que me afecta es el método, la asunción de que el fin justifique los medios, un método de pensamiento que tanto mal ha causado –y sigue haciéndolo- en el mundo. Un modo de pensar que anima al uso de la tortura, máxima indecencia humana, con la pretensión de obtener información.

Claudio Magris, a quien la Universidad de Barcelona acaba de nombrar doctor Honoris Causa, dijo en alguna ocasión: “A la civilización occidental le compete, culturalmente, la tarea de renovar la conciencia y defensa del principio de valor, esa exigencia de principios universales que constituye, desde hace ya más de dos milenios, la esencia de su civilización. Son las «leyes no escritas de los dioses», como las llama Antígona, o sea los mandamientos morales que – a diferencia de aquellos histórica y socialmente condicionados – se presentan como absolutos y que no pueden ser violados a ningún precio. Esta universalidad – amenazada por la nivelación de las diversidades o por su terrible atomización – es el fundamento de la civilización europea que, en este sentido, no es sólo europea y también llama a enjuiciar las maldades de Europa y de Occidente”.

El presidente de los Estados Unidos quería vengar la muerte de sus conciudadanos asesinados por Bin Laden en septiembre de 2001 y ya lo ha hecho, al estilo americano, de manera parecida a como sus antepasados conquistaron las tierras del oeste. Sólo digo que se podrían haber evitado las escenas de júbilo desatado, se podría haber dado un ejemplo digno, que respondiera a los fundamentos morales de Occidente, algo que ha costado siglos construir y que sigue costando esfuerzos ímprobos conservar.

En cuanto a las supuestas torturas inflingidas a un preso de Guantánamo que, se supone, dieron con la localización del terrorista, mucho, y muy grave, hay escrito sobre la condición de quienes las ejecutan y las mentiras que se esgrimen para justificarlas. Decir esto no es defender a terroristas sino recordar que el monstruo lo llevamos todos a cuestas y que se despierta a la que nos descuidemos.

Sigue Magris: “Cuando un Dios le habla a nuestro corazón – como dice la Ifigenia de Goethe, expresión de la más pura humanidad – hay que estar dispuesto a seguirlo a toda costa, pero sólo después de haberse preguntado con la máxima lucidez posible si quien nos habla es un Dios universal o un ídolo de nuestros oscuros remolinos interiores”.

Los norteamericanos han sabido contar su historia muy bien. La conquista del Oeste, su gran saga, es un relato fronterizo en un país donde la frontera es ya sólo una reliquia. En Europa, la historia que contar es múltiple y compleja y las fronteras menudean en un entramado que se complica cada vez más. Quizá esta diferencia entre continentes haya esculpido las mentes de americanos y europeos de otra manera. En las fronteras hay que saber dialogar y evitar la violencia. Evitar también la exhibición del placer por el mal ajeno. Es una tarea de héroes en la que Europa, por supuesto, ha fracasado muchas veces.

Otra vez, la literatura viene en ayuda de quien quiera entender mejor las noticias recientes. Dostoievsky, por ejemplo: Crimen y castigo, si quieren.