El escritor ‘ceniciento’

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A propósito del estreno de Conocerás al hombre de tus sueños, hace no mucho recomendábamos en este blog al viejo Woody un descanso para que intentase recuperar su genialidad, difuminada en películas inanes de humor melifluo, o directamente ausente, y alejadas de los arrebatos de cinismo y mala uva con los que nos enganchó a sus historias cosmopolitas de amores complicados, crisis existenciales y soledades variadas.

No nos ha hecho caso en lo de descansar, pero parece que en su periplo de anteriores rodajes en ciudades europeas hubiese estado esperando llegar a la orilla del Sena para inspirarse con su brisa húmeda y el pasado glamuroso de la ciudad de la luz y nos ha entregado un entrañable cuento de hadas que nos recuerda lejanamente en su esencia adelgazada a éxitos como La rosa púrpura de El Cairo o Balas sobre Broadway.

Woody Allen, como en cierta manera le pasa a todos los cineastas cuando superan la madurez creativa, piénsese en Clint Eastwood y no en Manoel de Oliveira, esquematizan su narración volviendo sobre los temas que han marcado su carrera. A veces les salen cosas insoportables, soporíferas o tibias, y otras se acercan a la genialidad de la que un día disfrutamos.

En Medianoche en París Allen ha bordeado el brillo de otras épocas y mientras nos inyecta una buena dosis de buen rollo y nos hace reír con satisfacción, hace que nos acordemos de quién fue un día -el que tuvo, retuvo- con una historia que empieza como casi todas las suyas: un guionista en crisis creativa viaja con su prometida y sus suegros a París para encontrar inspiración para la novela que está escribiendo…

Pero que continúa de otra manera: allí se dará cuenta de la distancia que le separa de su chica y su entorno y del aburrido futuro que se avecina y se refugia en la ensoñación del París de los años 20, cuando el arte, la literatura, la pintura, la escultura, la música y todas las vanguardias artísticas florecían en un París irrepetible que reunió a algunos genios del siglo XX como Picasso, Buñuel, Dali, Hemingway, Scott Fiztgerald, Ezra Pound, Cole Porter… y todas las grandes mujeres y gruppies que estaban o pululaban a su alrededor.

Allen conserva intacta su sensibilidad para dirigir actores, y obtiene una gran interpretación del protagonista, Owen Wilson, conocido por películas bastante olvidables como Starsky y Hutch o Los padres de él, y de todos los secundarios, incluida Rachel McAdams (El diario de Noa), Adrien Brody y Kathy Bates y excluida la Primera Dama de Francia, la cantante de voz suave, piernas largas y nula capacidad interpretativa, Carla Bruni.

Y también mantiene su extraordinaria habilidad narrativa para entrelazar la realidad y la ficción, el presente y el pasado, en sus historias. En esta ocasión añadiendo un asombroso giro de guión para plantearnos hacia el final la tesis de la película sobre las evasiones imaginativas.

Con una luz cuidada, una ambientación perfecta, un ritmo ágil y una asombrosa capacidad de mostrarnos la ciudad, después de ver Medianoche en París dan ganas de irse a París, asomarse al Pont Neuf y empezar a soñar bajo la lluvia en haber nacido a principios del siglo pasado, ser un escritor en ciernes, y entrar en el círculo de amistades de Gertrude Stein…, vamos como la película misma.

3 Comments
  1. celine says

    Se le echaba de menos, Pascual; de Allen hace tiempo que desconfío, pero me ha animado su crítica a ver esta película. Gracias, pues.

  2. Noa says

    A mi Allen no me suele decepcionar en el terreno puramente cinematográfico, pero es cierto que en esta película se ha lucido soberanamente, en mi opinión. Siempre se agradece cuando el cine, mágicamente, nos transporta a una atmósfera de «cuento de hadas», para así poder evadirnos unos instantes del mundanal ruido.

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