Lulú

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Montero Glez *

Para el Alvite

Imagen: Flickr de Môsieur J.

Era de boca tirando a grande y besucona. Se llamaba Lulú o eso decía. La última vez que nos vimos fue de lejos, en el vestíbulo del hotel donde yo trabajaba por las noches.

Recuerdo que apareció a la hora prevista y que traía las ropas pegadas al cuerpo, igual que si hubiera estado bailando bajo el aguacero que a esas horas caía en Madrid. Era de esas mujeres que saben combinar con gusto la lluvia y el cristal de las medias, así como los tacones con el champán frío.

Aquella noche venía dispuesta a saltar sobre su próximo cliente, un mejicano cargado de plata y grueso revólver, cuyo nombre no voy a chistar. Tan sólo decir que dejaba buenas propinas y que era un tío de costumbres, de los de piñón fijo, vaya, pues cada vez que caía por Madrid se alojaba en la habitación de siempre, una suite en piso alto, achicharrada por los anuncios luminosos de los tejados.

Desde ahí arriba, el mejicano se dedicaba a entrenar su puntería o, por lo menos, eso daba a entender arrimado a la ventana, con el revólver por delante y los ojos de iguana puestos en algún punto fijo de la noche. Era su costumbre y como si le costase mucho cambiar de hábitos, aquella noche, al igual que todas las demás noches, había mandado poner a enfriar una botella de champán. Y que le llamase a Lulú.

- Que venga ahorita mismo -imperó, apuntándome con el  billete de cincuenta, directo a mi bolsillo. Entonces no pude evitar fijarme en sus manos. Eran tan finas y tan capaces para el crimen como para la caricia. - horita mismo - repitió.

Con el billete de cincuenta raspando mi bolsillo, terminé de servir el pedido. Fue al ir a dejar el botellero, con el champán y las dos copas, y como por casualidad, cuando advertí el maletín negro a los pies de la cama. Entonces el mejicano crujió los nudillos, haciéndolos sonar como el que parte nueces.

Cuando me volví, sus ojos de iguana escupieron la advertencia. Por si no hubiese quedado claro, se llevó la mano al sobaco, allí donde cargaba el grueso revólver. Su rostro era el rostro de un mariachi prieto y huesudo, dispuesto a tocar la trompeta. Alzando barbilla, me indicó la puerta. El rezongo de la lluvia sacudía los cristales y las luces de neón teñían su bigote de un rojo cardiaco.

Salí de la habitación apurado. Desde el mismo pasillo y desde mi propio teléfono, llamé a Lulú. Su insultante crudeza me confirmó que vendría pronto:

- Dile al mejicano que ya salgo y que, entre tanto, lo vaya disponiendo todo para que la muerte no le pille con la manicura sin hacer.

Lulú no tardaría en asomar. La muerte había hecho sus planes, la lluvia y el barro salpicaban el vestíbulo del hotel, y sus dos piernas relucieron como armas de fuego recién engrasadas. Con el pisar de mucho muslo, llegó hasta el ascensor. Antes de que se cerrasen las puertas, columpió su boca en el espejo para dirigirme una sonrisa. Esa fue la última vez que la vi. El recuerdo de aquello no es algo que se cure eliminando el café después de las cenas.

Lo habíamos tramado durante el verano, en la intimidad de su coche, un flamante deportivo abierto al cielo raso y con un motor que sonaba parecido al ronroneo de una gata. Lulú lo conducía hasta las afueras de Madrid y donde a ella le parecía bien, echaba el freno. Y con la noche de su boca se ponía a afilarme la bragueta. Terminada la tarea, me escupía la espuma del delito como si arrojase tiempo perdido y  volvía a recordarme la cantidad que el mejicano llevaba en aquel maletín. “Más de un millón, cariño”.

- Pero, Lulú, esos billetes estarán manchados de sangre - replicaba yo.

- Da igual, los cambiaremos en moneda.

En el asiento de su coche probé el sabor del infierno y por su boca supe que la ambición es la más sucia de todas las rameras. Me dejé enredar en su lengua y acabé empapado en la humedad de su aliento. Lulú era irresistible. Una mujer que reunía la belleza y la inteligencia necesarias para reducir un hombre a pellejo. Como yo no iba a ser menos que los demás, así fue que me dejé el pellejo en el asunto aunque en un principio me negase. No es agradable tener que romperle el cuello a alguien, y lo más que llego a partir es una barra de pan con las manos desnudas pero, ya digo, al final Lulú me convenció.

- Hay que asesinarle, cariño -me decía ella. No ves que si después de darle el palo, le dejamos vivo, estamos perdidos. Sería capaz es de encontrar las huellas de nuestras pisadas allí donde nunca hayamos puesto los zapatos.

- Mira Lulú, jamás he matado a un hombre –recalqué- y sólo pensar en la posibilidad de hacerlo, se me altera el sueño.

- Deja el café.

- No puedo, Lulú, me temblarían tanto las manos que, más que matar, parecería que me estuviera abanicando.

Entonces a Lulú le entraba la carcajada como si llevase la boca llena de risa y no pudiera contenerse.

Al final me vino a convencer de que repartiríamos el trabajo. Ella se encargaría de liquidar al mejicano y también de llevarse el  maletín. Una vez apiolao el mejicano, yo tenía que hacer desaparecer su cadáver. Meterlo en mi coche y enterrarlo, a poder ser en un sitio más callado que una tumba.

Un escalofrío me recorrió el lomo. Hasta entonces, el único cadáver que había llevado en el maletero era el de la rueda pinchada. Lulú advirtió mis temores y me los vino a tirar con una de sus sentencias:

- Haz cuentas, cariño. En este puto mundo, un hombre vale lo mismo que el siguiente.

Su boca era tan hábil para cometer delitos como para practicar la justicia. Con el fuego de la ambición iluminando el asiento del coche, yo recibía aquella boca hasta dejarme convencer. Y con los restos del encanto en la punta de su lengua, sellamos el pacto.

Lulú tenía estudiados los movimientos del mejicano. En los últimos tres años llevaba hechos más de una docena de servicios para él. Siempre en la misma habitación. Yo oficiaba de alcahuete y, según ella, al mejicano le gustaba largar.

- Es como pasa en la tele, para diez minutos de acción, antes tiene una que tragarse media hora de publicidad.

Así iba Lulú, sacándome las tiras del mejicano con el látigo de su lengua.

- Sabes, cariño, el mejicano es de esos que se va quedando sin hambre a medida que mastican. Y te piden que les azotes y que les metas las bragas en la boca hasta asfixiar su decencia. Así hacen la digestión.

Parece ser que el mejicano no corría las cortinas, dejaba que los relámpagos de neón achicharraran el cuarto. Servía el champán en pelota pero sin desprenderse de la cartuchera bajo el sobaco. Tampoco de los calcetines, siempre a la deriva. Con las copas servidas, empezaba la publicidad.

- Yo le dejo largar, sólo lo interrumpo cuando se me escapa un bostezo.

Seguía Lulú contándome que, una vez bebido el champán, daba comienzo el jolgorio. Los diez minutos se reducían al trámite de las bragas, culminando con una de las medias, o incluso las dos, alrededor de la garganta prieta del mariachi.  Entonces los ojos del mejicano se inflaban, como globos a punto de estallar.

- Y ahí se termina todo, cariño.

Lulú humedeció la sonrisa para darme a entender que, ahí, donde terminaba todo, empezaba lo mío. Ya dije que ella lo había calculado al dedillo, pues Lulú venía del fondo de una poza donde la mierda siempre había estado más limpia que ella. Tuvo que espabilar desde muy chica. De ahí la arena de sus ojos y el barro en la mirada.

Con el matiz peligroso que ponen las mujeres en la voz cuando retan a la muerte, Lulú me iba contando su plan.  Si no es por su agudeza, se me hubiesen pasado por alto detalles tan indiscutibles como los que hacían que el mejicano llegase solo al hotel y sin más compañía que su grueso revólver. Según Lulú, el mejicano actuaba así por razones de seguridad.

No sé si tengo dicho que el hotel donde yo andaba empleado está puesto justo encima del Museo de Cera, por donde Colón tiene su estatua. Y que la ubicación elegida por el mejicano era estratégica. Lulú me descubrió estos y más detalles que, hasta ese puto momento, habían pasado inadvertidos para mí.

- Tienen la zona rodeada de secretas, por un lado están cuidando a los jueces de la Audiencia que se sienten amenazados, ya sabes, cariño, temen que cualquier día de estos les metan una bomba que les ponga las piernas a cruzar solas el Paseo del Prado. Luego están los peces gordos de la calle Génova que siguen siendo los mandas de Madrid. Y cada uno lleva tres o cuatro policías detrás.

Todo indicaba que así era y que para no complicarse la vida, el mejicano se había buscado un sitio donde fuera tan difícil robarle, como imposible. Además, nunca pisaba la calle, cuando lo hacía era para coger el taxi de vuelta al aeropuerto. Se pasaba las horas pegado al cristal de la ventana, con el revólver por delante, dejándose teñir el bigote por los relámpagos del neón cercano. Ya dije que era cliente asiduo y que hacía reserva con antelación. A las dos o tres noches de llegar, pum, se largaba. Se iba como venía, sin más equipaje que su revólver bajo el sobaco y el maletín negro, cargado en la mano, caminando por el vestíbulo con el brazo separado del cuerpo, igual que si sufriese de golondrinos. Un taxi le recogía en la misma puerta del hotel. Y adiós muy buenas.

Pasados los calores, vinieron los fríos, las nubes cargadas de lluvia y los malos presagios. Y con nubes y lluvia, llegó la noche de autos y el champán frío. Lulú había dejado el deportivo en un aparcamiento que hay debajo del hotel y al que los empleados tenemos acceso por una puerta que comunica con el sótano. Después de llamar a Lulú por teléfono, me aseguré de que la tal puerta seguía abierta. Esto tenía su importancia pues por esa misma puerta, y después de terminar la faena, Lulú iba a escapar con el maletín. Y por esa misma puerta tenía que salir yo con el cadáver del mejicano. Por lo mismo atranqué las bisagras con ayuda de una cucharilla.

Cuanto más se acercaba la hora peor, pues mi cabeza atravesaba pasillos con horrores tan punzantes como navajas rasgando el papel pintado de mi cerebro. Pero se lo había prometido a Lulú. Además, no creo que un criminal lo sea menos por reconocer sus delitos. Si lo cuento ahora no es por otra cosa que por aligerarle peso a mi conciencia y que mi conciencia aparezca flotando como un cadáver sobre la sangre de estas páginas.

Por decir no quede que hasta que conocí a Lulú yo no había sido más que un borrón en los ojos de todas las mujeres. Un hombre de paso al que en los momentos más íntimos confundían con otro.  Ahora que tenía una mujer que confiaba en mí, no iba a dejarla más tirada que una colilla. La prueba de confianza no era otra que la alfombra en la que Lulú había envuelto el cadáver del mejicano.

-No puedo ver un cadáver, Lulú, me daría un vahído y echaríamos todo a perder -le dije el día de vísperas, mientras hacíamos preparativos y yo le daba el trozo de soga que acababa de comprar en la ferretería-. Ata bien la alfombra, Lulú -recalqué- date cuenta que tengo que arrastrarla hasta el montacargas, bajar hasta el sótano y de allí tirarla escaleras abajo. Hasta el garaje.

-Algo más, cariño -preguntó, cargando mucho la mirada en sus ojos, tanto como si aliñase una bala con veneno.

Desde que Lulú apareció en el vestíbulo del hotel, hasta que subí a la habitación del crimen, pasaron cuatro horas que parecieron durar cuatro años.  En todo ese tiempo no paró de llover. Y yo estuve contando las gotas de lluvia sobre la cristalera del  vestíbulo, así como el que cuenta los balazos que le quedan para morir.

Me hice el cuadro una montonera de veces, imaginándoles a los dos, en la intimidad cardiaca de la habitación, figurándome que el mejicano lamería las gotas de lluvia de los hombros de Lulú antes de probar el sabor de la muerte. También le supuse con las bragas en la boca y la media de cristal alrededor del cuello, abriendo y cerrando las mandíbulas con la misma fuerza de un cepo de caza.

Acabado mi turno, llegada la hora, subí a la habitación. Cuando abrí la puerta, no noté nada raro en apariencia, exceptuando que las cortinas estaban echadas y que por ello las luces del neón teñían la alfombra enrollada con un fulgor mortecino. Exceptuando este detalle, todo estaba igual que cuando el mejicano la dejaba libre. Con la misma peste de siempre a sobaco y herramienta.

Lo de disimular un cadáver envuelto en la alfombra también había sido invención de ella. Con mucho ojo, Lulú había observado el trajín continuo de muebles, colchones, alfombras y enseres que nos traíamos los del personal del hotel. Si te veían desocupado, enseguida te embaucaban para cambiar la neverita de la 450 por otra. Y de paso, pintar la habitación de al lado. O te ponían a llevar el colchón de la 569 al sótano, o traer el somier del entresuelo, o reponer botellitas, o renovar las alfombras. Por eso nadie sospechó de aquella alfombra que arrastré hasta el pasillo y rodé escaleras abajo, hasta el garaje. Fue todo un número llegar al coche, pues la luz se apagó un par de veces, convirtiéndose el garaje en una espesa negrura en la que tropecé, precipitándome de rodillas con todo el peso del cadáver sobre los charcos del suelo. Pero lo peor vino después.

Todo empezó saliendo de Madrid, allí donde la carretera se esfuma en el horizonte, cuando dos policías motorizados me hicieron la seña para que me echase a la cuneta. Con el estómago encogido de puro miedo y tres arcadas de resignación, así hice.

-No he rebasado el límite de velocidad -protesté, con la garganta atravesada por la espina de la ley.

-No le hemos parado por rebasar el límite de velocidad -me advirtió el más joven.

Agaché la cabeza, clavé la mirada en sus botas lustradas por la lluvia, en los neumáticos de la motocicleta.

-El piloto de atrás, el izquierdo, que no luce.

Tragué la espina de mi garganta, y resoplé por el esfuerzo -anda, pues no me había dado cuenta.

-Por eso le vamos a multar, por no darse cuenta. Cámbielo, por favor.

Fue en ese momento cuando supe que, si abría el maletero para coger el recambio,  estaba perdido. Así que dije que no llevaba bombillas, por si las flais.

-Las presté, ahora que me acuerdo.

Como si se lo supieran de memoria, me indicaron que no podía salir a la carretera.

-Imagínese usted que le confunden con una moto, y que van a adelantarle. Entonces, pumba -el poli más joven chocó sus manos- ya la tenemos liada.

Total, que después de todo me acabaron escoltando hasta la gasolinera más cercana. Allí renové la bombilla de mi piloto izquierdo. Una vez superado el trance y apoquinada la multa, los policías se marcharon.  Amanecía y el cielo presentaba el mismo color gris que la piel de una rata vieja.  Seguía lloviendo.

Al final de la carretera, donde el horizonte se muda en abismo, tomé un desvío. Con las ruedas pesadas de barro me puse en el sitio donde estaba cavada la fosa. Yo mismo la había abierto, la tarde de vísperas, dale que te pego con la pala.  Ahora, la lluvia la había convertido en un lodazal tan turbio como lo iba a ser mi suerte. Antes de arrojar la alfombra,  miré a un lado y a otro. Nadie a la vista, tan sólo un perro  al que tuve que ladrar para que no olisquease.  Sin más, dejé caer el peso a plomo y me puse a embarrar el agujero con ayuda de la pala. Golpeando la blanda tierra conseguí espesarla como si fueran unas gachas. Una vez cumplido el entierro, tragué aire para recuperarme del esfuerzo.

Sobre un mapa arrugado Lulú había hecho una cruz en el lugar donde íbamos a encontrarnos. Iba a ser en plena carretera, a la salida de Madrid, cerca del aeropuerto. “Ahí te espero”. Sin más tiempo que perder me puse en marcha.

Conduje a través de la lluvia, con la autopista borrosa al otro lado del cristal como en un sueño pasado por agua. Cogiendo los desvíos señalados, en diez minutos o así, llegué al lugar que ella había marcado con una cruz. Su deportivo esperaba bajo el aguacero. Movido por un impulso repentino frené allí mismo, saliendo del coche y cruzando la lluvia con el corazón en un puño, dispuesto a fundirme con Lulú en un beso húmedo y apasionado. Pero cual fue mi sorpresa cuando la puerta del deportivo se abrió y aparece el mejicano.

Vestía una gabardina igual a las que se ponen los hombres a la salida de los colegios para repartir caramelos.  Llevaba la solapa subida y la arrogancia también,  como si quisiera quedarse instalado en ella para siempre. De momento, yo no podía hacer nada por impedírselo. Se aproximó para ajustarme el cañón entre las cejas. He de confesar que las piernas no me respondieron, que hundí las rodillas en el charco de la cuneta y que rompí en un vómito caldoso y turbio como el barro en el que yo mismo había enterrado a Lulú.  Con los ojos cerrados sólo esperaba la explosión que terminase de una vez por todas con la pesadilla. Había probado con creces el sabor de la derrota y no me merecía un final tan largo. Parece ser que el mejicano me leyó el pensamiento pues dejó de taladrarme con el revólver. Entonces me cogió de las solapas y me levantó en vilo para decirme que en mi caso las balas son inútiles, que el plomo no mata a quien ya está muerto.

(*) Montero Glez. Escritor. Autor de las novelas Sed de Champán (Debolsillo, 1999) Cuando la noche obliga (Debolsillo, 2003), Manteca Colorá (Debolsillo, 2005) y Pólvora Negra (Planeta, 2009), galardonada con el premio Azorín de novela. Colabora semanalmente en El Cultural de El Mundo. Su última novela publicada es Pistola y cuchillo (El Aleph Editores, 2010).

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