Las joyas de la corona de la Biblioteca Nacional

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Algunas de las piezas que forman parte de la exposición "Biblioteca Nacional de España. 300 años haciendo historia". Kote Rodríguez (Efe).

Todos, en cierta forma, participamos de ese imaginario formado desde hace siglos de tomar la biblioteca como un laberinto que correspondería punto por punto a una metáfora de los vericuetos del saber y de los recodos necesarios para descubrir los secretos del mundo. En nuestros tiempos Jorge Luís Borges, haciéndose eco de su ceguera y de las ensoñaciones de Mallarmé,  y Umberto Eco en su inteligente El nombre de la rosa, actualizaron el laberinto de los libros en una espiral tendente al infinito. No se equivocaban. Al fin y al cabo ellos son hombres que conocían, que conocen, el dédalo de callejuelas secretas de que constan las bibliotecas modernas. Sin ir más lejos, nuestra Biblioteca Nacional es un laberinto formado por  250 kilómetros de estanterías lineales y que arropa 28 millones de documentos almacenados, algunos de los cuales son joyas únicas, y eso de tal manera que puede decirse que tras la Biblioteca del Congreso de Washington, la Nacional de Francia y la British Library, nuestra Biblioteca Nacional es la más importante del mundo respecto al valor del patrimonio acumulado, atesorando, es un ejemplo significativo, 3.500 incunables.

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Esos laberintos son discretos y poseen un halo de secretismo propicios a disparar fantasías poco domadas. De ahí que sea muy difícil hoy día, en una sociedad movida en exclusiva por el espectáculo, dar a conocer con la suficiente expectación una muestra significativa de lo que guarda nuestra primera biblioteca. La oportunidad de festejar los trescientos años de la fundación de la Biblioteca Nacional por Felipe V en 1711, la Real Librería Pública, como se llamó al principio y hasta 1836 que se cambió por la denominación actual, en realidad nuestra primera y más antigua institución cultural, en una magna exposición que pudiera llevar a cabo tal alarde, con la excusa de presentar las joyas de la corona de la institución, ha venido a la casa como agua de mayo. El trabajo ha sido arduo: dos años de intensa labor donde se han sacado a  la luz 240 obras, según ha explicado el comisario de la muestra, el catedrático de filología José Manuel Lucía, lamentándose a continuación de que era imposible abarcar todas las secciones que contiene una biblioteca como ésta, vale decir, mapas, litografías, material sonoro, archivo fotográfico, cartelería, códices…, pero el resultado está ahí: desde el martes 13 de diciembre, inaugurada por los Reyes con gran profusión de los medios de comunicación, el asunto Urdangarín ayudó a la cosa, y hasta el 15 de abril, podemos disfrutar de la exposición Biblioteca Nacional: trescientos años haciendo historia, el primer evento de los muchos programados para celebrar el tercer siglo de existencia de la institución, una muestra que pretende competir con las magnas exposiciones de arte, lo que no deja de ser un reto de largo alcance: para los interesados en la cosa y los que suponen que nada puede hacerse ante una exposición de artes plásticas por aquello del espectáculo habría que informar que sólo el primer día de apertura de la muestra visitaron las salas 7.000 personas. Algo insólito en una exposición de este género y de lo que hay que felicitarse aunque muchos pensemos que ese éxito no puede desligarse de la importancia que se le ha dado en los medios de comunicación.

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Resulta curioso saber lo que al público más le llama la atención de los objetos expuestos. Un signo de los tiempos y metáfora del modo de valorar lo viejo en la hora actual: el que más mueve  a curiosidad lo constituye el primer ordenador portátil usado en la Biblioteca Nacional, un ordenador que la institución se procuró en el antediluviano año de 1996 y que costó la friolera de un millón de pesetas. Lo dicho: antediluviano.

Pero vayamos a objetos menos dados a la sorpresa y que envejecen más lentamente, que se conservan  a una temperatura de 20 grados centígrados y con una humedad relativa del 45%, las condiciones en las que peor arden. Así, una primera edición del Quijote que donó a la Biblioteca un estudiante turolés que se llamaba Justo Zapater y Jareño, justo es recordar su nombre; así, el Comentario al Apocalipsis del Beato de Liébana, un códice perteneciente a Fernando I y doña Sancha que Felipe V requisó cuando la guerra de Sucesión; así, la Cosmographia de Ptolomeo, ocho libros divididos en tres libros de inusitada belleza; así, los llamados Códices Madrid I y II, de Leonardo da Vinci, unos manuscritos autógrafos donde Leonardo expone puntos de vista sobre mecánica y extática, además de describir técnicas de reproducción de medallas en bronce y notas respecto a la fundición del caballo con que se remataría la figura ecuestre de Francesco Sforza, que no logró llevarse a cabo; las Cantigas de Santa María, de Alfonso X el Sabio, una manifestación magnífica de las corrientes marianas del tiempo del rey, una joya de la literatura galaico-portuguesa y de la música medieval, que peteneció a los fondos de la Catedral Primada de Toledo y que la Biblioteca Nacional adquirió cuando la desamortización; así, un manuscrito de la Divina Comedia, de Dante, que perteneció al Marqués de Santillana; así, el manuscrito de La dama boba, de Lope de Vega, uno de los escasos que se conservan de su autor, con más de cuatrocientas comedias creadas por él; en fin, ya más metidos en tiempos actuales, el texto autógrafo de El Aleph, de Jorge Luís Borges, que compró la Biblioteca Nacional en subasta en 1985, o el extraño manuscrito titulado Paloma por dentro, o sea, La mano de vidrio, de Pablo Neruda, que compuso en Buenos Aires el poeta chileno y que ilustró Federico García Lorca. Acabamos con un cartel curioso, Acontecimiento taurino de Señoritas toreras, fechado en Cartagena en 1897, con el anuncio de cuatro “toretes” y al precio de una peseta la entrada. Digno colofón a una exposición que se presenta con sus mejores galas. No había más que ver las caras de satisfacción el día de la inauguración de Gloria Pérez Salmerón, directora de la Biblioteca y de Charo Otegui, presidenta  de Acción Cultural Española, en su paseo junto a José Manuel Lucía. Los bibliófilos se lo agradecemos.

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