Inoportuna manita de minio para Thatcher

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El momento en qué suceden las cosas a veces es tan importante como las cosas mismas. Qué relevancia tendría en los años de abundancia la conversación de “El Bigotes” con su amiguito del alma y su mujer o con el hermano de Costa. La misma que un reloj de oro para Berlusconi o 100 gramos de caviar para Putin. Nada. Ahora, cuando la crisis ha enseñado sus dientes, la cosa suena a tomadura de pelo, aunque en Valencia siempre hayan atado a los perros con longanizas, como decía con ironía hace poco Escudier en Público.

Que a estas alturas de la pesadilla neoliberal nos hagan una biografía meliflua de Margaret Thatcher y pretendan hacernos creer que la dama de hierro era de peluche es, como decía un viejo aragonés ya muerto, y ustedes me perdonen, “como para mear y no echar gota”.

Ni siquiera me vale como justificación la interpretación de Meryl Streep, pues tiene tanto valor el vestuario, el maquillaje y la peluquería como sus gestos medidos. Yo tan sólo destacaría en verdad su manera de hablar, igual que la de la Thatcher, si a esto se le considera interpretación y no imitación, pero es algo que sólo podrán apreciar quienes vayan a verla en versión original subtitulada y sean tan viejunos como para acordarse.

Si consiguen recuperase sin sobresaltos de la primera secuencia, en la que una anciana Margaret Thatcher compra una botella de leche y se sorprende luego por su elevado precio –ella, que suprimió las subvenciones en las escuelas públicas y la leche gratuita- puede que aguanten hasta la última por mera curiosidad. Yo me quedé estupefacto al intuir los ojos de Meryl Streep bajo la máscara de látex y los kilos de maquillaje, pues me parecía estar a viendo a Latre en Crónicas Marcianas, pero todavía no me he repuesto de su salida del 10 de Downing Street hacia el final de la cinta: la dama de hierro, derrotada, caminando con zapatos de tacón sobre pétalos de rosa roja ante el gesto emocionado de sus colaboradores y con los acordes de una música tan melosa como la de Pimpinela.

Una puesta en escena intensa e interesadamente melodramática y una incardinación confusa del tiempo presente de la película (cuando la anciana política, aquejada de cierta demencia, intenta aceptar la muerte de su marido) con los momentos más relevantes de su carrera política en el pasado (el escaño, la presidencia del partido, la presidencia del país, su enfrentamiento con los sindicatos, los problemas del Ulster, la guerra de las Malvinas, la reelección…) no ayudan nada a la asunción de esta historia superficial y anecdótica que aborda de manera esquemática cualquier tema conflictivo y destaca ante todo el feminismo de Thatcher, cuando ni siquiera ella se consideraba así.

Sus defensores podrán decir que la película pretende centrarse sobre todo en los años de vejez de la política conservadora y contarnos una historia personal. Aun así es insalvable. A mí no me interesa nada la relación de esta ancianita con el fantasma de su marido, sus conversaciones imaginarias mientras toma té ni sus recuerdos edulcorados. Y además no es cierto, porque repasa casi toda su vida pública, a diferencia de otras biografías relativamente recientes como El discurso del Rey o The Queen que se centraban en una parte.

Esta película parece en realidad una “biografía autorizada” de la política conservadora para redimirla de la Historia mediante una revisión interesada y superficial de su pasado personal y político y una exhibición aséptica de los titulares y crónicas de los telediarios de los años setenta y ochenta.

Considero un desatino, e imagino que cualquiera que tenga conciencia social y política también, hacer ahora La dama de hierro. Como decía al principio, el momento en que suceden las cosas es importante, y cuando el estado social está a punto de resquebrajarse por una crisis económica inducida por la liberalización y la especulación, me parece ofensivo dedicarle una película a quien impulsó las políticas privatizadoras y de derribo del estado protector en su país, que luego, junto con Reagan, extendió al mundo, y que en los años de esplendor económico sentaron las bases del dominio de los mercados, la banca de inversión y la ingeniería financiera que ahora nos están llevando a la ruina y al desamparo social y laboral.

Y todavía me sienta peor que una declarada demócrata se haya prestado a este esperpento, aunque le pueda suponer otro Oscar, que nosotros pensamos no se merece. Yo hubiera preferido para el papel de este personaje determinante en el siglo XX a Carlos Latre, Joaquín Reyes o José Mota, por lo menos me habría reído algo, que a estas alturas es lo único que se merece Margaret Thatcher, aparte del olvido.

P.S.: Con todo mi afecto, para Ignacio Echevarría y David Fincher.
6 Comments
  1. Jonatan says

    Así vienen dados los tiempos. El demonio se viste de Prada y a Thatcher la visten de corderico. Y vendrán tiempos peores que nos harán más malos.

  2. maria says

    efectivamente el tiempo en el que transcurre también tiene su importancia. Precisamente en la 2 estrenaron el otro día la película/documental La doctrina del shock que cuenta entre otras, las perrerías que hizo esta señora durante su mandato.

  3. Patricia says

    Lo del vaso de leche de los coles así fue. Esta señora era un demonio, y me importa un pito que sea una señora. Convenía verse antes «Agenda Oculta» de Ken Loach y luego está, seguro que parecería, el club de la comedia.

  4. hariclea says

    Ya te vale Pascual… Muchas «gracias» por estropearme la experiencia emocional.

  5. Ignacio Echevarría says

    «Gracias, Pascual», I.E.
    «Thank you, Pascual», D.F.

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