Herida de muerte a las revistas culturales

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El ministro de Cultura, José Ignacio Wert (izda.), y José María Lasalle, durante la toma de posesión de éste como subsecretario de Estado de Cultura. / Emilio Naranjo (Efe)

Durante casi tres años, desde el 1989 al 1992, me hice cargo de la revista El Urogallo ya que su director, José Antonio Gabriel y Galán, debido al tratamiento de una leucemia, no estaba en condiciones de hacerlo. En aquel entonces la publicidad era ingente, si la comparamos con ahora, y entre los anuncios de editoriales y los de instituciones y empresas punteras muchos nos hicimos la ilusión de que, a pesar de la precariedad, se podían hacer en España revistas culturales de cierto fuste entre otras razones porque notábamos una voluntad para que así fuera.La Expo de Sevilla cambió la mentalidad de manera casi radical: hubo subrepticiamente un cambio en la forma de servir a lo público y la afluencia de dinero hizo que se afianzase lo que se llamó “la cultura del pelotazo” pero, sobre todo, un abandono paulatino de esa voluntad a que me refería antes a favor de los intereses de la concentración de las empresas editoras y de los intereses de mercado inherentes a éstas.

Sé de lo que hablo. Por eso, con el transcurso de los años desde aquel lejano 92, mi sorpresa ha ido en aumento mientras me preguntaba de qué manera subsistían las revistas culturales en un país que era la quinta potencia editorial del mundo pero cuyo índice de lectura podía ser calificado como medio y con un interés por la alta cultura prácticamente nulo, residual, mientras a su alrededor pululaban empresas de contenidos dudosos que conseguían beneficios enormes, que desafiaban el sentido común. Me estoy refiriendo a unos años en que la publicidad iba decayendo pero la implantación de las nuevas tecnologías no se había afianzado. Bastó que éstas despegaran con cierto aire implacable y se dieran los primeros síntomas de la crisis económica para que la sorpresa ante el modo en que subsistían las revistas culturales se trocara en una actitud tendente a creer en el milagro. Sólo la buena labor del director de ARCE, la Asociación de Revistas Culturales de España, Manuel Ortuño, las ayudas concedidas por la Administración y el modo heroico de los responsables de muchas de esas revistas han hecho que al tercer año oficial del estallido de la crisis, con un retraimiento brutal en la publicidad, con enormes problemas de distribución en los kioscos y el despiste que ha generado la incorporación de lo digital, incorporación obligada pero que sólo genera gastos y no otorga beneficios, ARCE y las revistas culturales siguieran, con algunas bajas en medio, ofreciendo unos productos en la mayoría de los casos no sólo dignos sino insólitos si lo comparamos con lo que demanda la mayoría del público por estos pagos, y lo que se entiende por cultura. La clave de esta subsistencia, precaria, sí, pero que se paliaba en la Asociación con las cuotas que pagaban, y pagan, los socios, unas cotas nada baratas, por otro lado, y las dietas que pagaba la Administración para Ferias del Libro, asistencias de representación a eventos, gastos en boletines… consistía en unas suscripciones que las bibliotecas públicas tenían concertadas con las revistas a través de ARCE y que variaban de doscientas a ochocientas por número dependiendo de la antigüedad de la revista, la temática a que se dedicaba… en un baremo que no viene al caso detallar aquí. De esta manera las bibliotecas públicas ofrecían al ciudadano una colección de revistas culturales en muchos casos imposibles o muy difíciles de encontrar en otros ámbitos que no fueran las de ellas.

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Pues bien, recién nombrado José Ignacio Wert, ministro de Educación, Cultura y Deporte, y José María Lassalle, subsecretario de Estado de Cultura, las bibliotecas españolas han recibido una notificación de la subdirección general de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas en la que se advierte que todavía no conocen el importe de la ayuda concedida el año que viene, por éste en el que ya estamos, pero que en cualquier caso habrá un cambio sustancial en su planteamiento. Ese cambio sustancial, que no se especifica, podría consistir en otorgar la subvención  a la edición de la revista sin la contrapartida de suscripciones que tradicionalmente recibían las bibliotecas. De ser así colecciones enteras de revistas se quedarían sin continuidad en las bibliotecas, se perdería un patrimonio cultural esencial del que debería hacerse cargo el Estado y se mermaría enormemente la oferta que las bibliotecas ofrecen a sus ciudadanos. Pero hay más: sin estas suscripciones peligra la supervivencia de muchas de estas revistas. Por poner un caso, Ritmo, una revista de música clásica que comenzó  a publicarse hace 83 años, donde han escrito compositores como  Joaquín Rodrigo, Salazar, Anglés o Béla Bartók y sin la cual a  cualquier estudioso de lo que ha sido la música clásica en España durante el siglo XX le sería imposible hacerse una idea de la misma.

Por ahora todo son especulaciones con el atisbo de certezas, negativas, claro. Hasta que no se concreten las medidas, o la falta de ellas, la incertidumbre hace que la espera sea lacerante, dolorosa, aunque todo apunta a lo peor. Sobre todo si comparamos las ayudas recibidas en el sector con las otorgadas a otros, porque habría que recordar que en España casi todo, desde el automóvil al queso de denominación de origen, desde el papel al cine, todo se subvenciona: en el blog @ntinomias libro, en el post titulado Sin subvenciones no hay paraíso, su autor, Manuel Gil, ofrece datos de ayudas de la Administración a diversos sectores y se pregunta la razón del encarnizamiento con lo que es a todas luces es el chocolate del loro. No da respuestas rotundas porque el artículo es sutil y lleno de complejidad pero apunta a la indiferencia por parte de la Administración y de algunas Comunidades a este tipo de manifestaciones, necesarias, sí, pero que no son de rentabilidad rápida y que, sobre todo, no son mediáticas, que es otra manera de ser rentable.

Que hay que redefinir el mundo de las subvenciones y clarificar el modo en que éstas se otorguen no ofrece duda alguna. El problema no consiste en esto sino en la indiferencia ante el fenómeno. Cuando se redefinen fines y medios subsiste la racionalidad y el buen hacer público, cuando se es indiferente, nadie puede ocultar la mala fe. Veremos.

3 Comments
  1. Luisa Pallarés says

    La cara de guiñol que tiene Lasalle en la foto al lado del ministro que parece que acaba de comerse una ballena,ya nos va diciendo por donde van a ir las cosas .

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